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TribunaJosep Maria Aguiló

Leer malas noticias nos hace engordar

Tras este breve paréntesis demoscópico, cuyo resultado sólo habrá sorprendido quizás a José Félix Tezanos, me resulta mucho más fácil poder entender el porqué de mi recurrente inflamación intestinal –sólo intestinal– a lo largo de estos últimos años

Hasta hace poco, yo creía, en mi ingenuidad, que los seres humanos engordábamos esencialmente por un consumo excesivo de azúcares y de hidratos de carbono. Pero no. O al menos no del todo, pues hace ya algún tiempo descubrí que también nos engorda consumir noticias negativas. Sí, sí, así como lo leen, aunque espero que esta mala noticia que les acabo de dar ahora mismo no les haga ganar ni un solo gramo de grasa, o a lo sumo sólo uno o dos miligramos.

Ese singular hallazgo lo hice meses atrás al leer en la revista Telva un excelente reportaje de la periodista María Fernández de Córdova, quien reproducía en dicha publicación fragmentos de una entrevista con la doctora Lisa Feldman Barret, profesora en Harvard y una de las mayores especialistas mundiales en neurociencia.

Según esta reconocida experta, el clima de sobreinformación negativa que hay hoy en los medios de comunicación puede llegar a dejarnos exhaustos y con una creciente sensación de catástrofe inminente, lo que de manera indirecta acaba afectando también a nuestro metabolismo y a nuestra capacidad de absorción intestinal. Si a ello le añadimos, en el caso concreto de nuestro querido país, el tono entre apocalíptico y lapidario de la mayoría de tertulias y de columnas de opinión, lo raro es que aún podamos levantarnos cada día de la cama, sobre todo últimamente.

Aquí deberíamos quizás puntualizar que a veces no resulta del todo fácil poder dilucidar de manera objetiva si una noticia es realmente positiva o negativa, pues dependiendo de nuestra propia ideología, de a quién solemos votar normalmente o de cuáles son nuestros periodistas de referencia, podemos considerar tal vez como malo algo que empíricamente quizás no lo sea. O viceversa. Por ese motivo, me gustaría hacer ahora un pequeño experimento de interactuación digital con ustedes para ver cuál podría ser el resultado.

Que levanten, por favor, la mano derecha los posibles lectores de este artículo que crean que es una noticia mayormente negativa que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, esté decidido a agotar la actual legislatura y a volver a presentarse dentro de un año. Ajá. Veo que hay decenas de manos levantadas ahora mismo, incluidas las de antiguos y fieles votantes socialistas. Ya pueden bajarlas, muchas gracias. Y ahora, por favor, que levanten la mano izquierda quienes crean que la continuidad de Sánchez es una buena noticia para el conjunto de España. Vaya, veo que sólo hay levantadas cuatro manos, las dos del propio presidente –por favor, no haga trampas–, la de Patxi López y la de Francina Armengol. Pueden bajarlas también, muchas gracias igualmente.

Tras este breve paréntesis demoscópico, cuyo resultado sólo habrá sorprendido quizás a José Félix Tezanos, me resulta mucho más fácil poder entender el porqué de mi recurrente inflamación intestinal –sólo intestinal– a lo largo de estos últimos años.

Esa constatación me permite volver de nuevo a la muy sabia doctora Feldman Barret, quien, como les decía, fue pionera a la hora de descubrir con sus investigaciones que las noticias negativas cambian nuestra percepción de la realidad y nos hacen vivir en una alerta constante. «El solo hecho de imaginar un evento desagradable puede provocar –en nuestro interior– una tormenta electroquímica», advierte. Así que si hoy, o mañana, o pasado, o cualquier otro día de la actual legislatura se notan algo más nerviosos o estresados de lo habitual, ya saben que seguramente será por culpa de esa tormenta electroquímica.

Cuando eso suceda, tal vez lo más importante sea tener confianza en que esa situación tan poco placentera pasará en algún momento, pues ya saben ustedes que no hay mal que cien años dure y que después de la tormenta suele venir casi siempre la calma, incluso en un país a veces tan poco calmado como el nuestro.

«La incertidumbre da lugar a un estado de excitación fisiológica desagradable, lo que la mayoría de las personas, particularmente en culturas occidentales, etiquetan como ansiedad», recalca Feldman Barret. Si esto es así, que lo es, imagínense cómo deben de afectar a nuestro cerebro y a nuestro cuerpo la inquietud o el desasosiego que, como españoles, percibimos cada vez con mayor intensidad a nuestro alrededor o en nuestro día a día.

Si, pese a todo lo dicho hasta ahora, algunos de ustedes quieren de manera heroica seguir viendo, leyendo o escuchando diariamente las noticias que tratan sobre nuestro país, seguramente deberían saber que, según nuestra experta de Harvard, es mejor que no lo hagan mientras comen o beben, pues «sufrir estrés en las dos horas posteriores a una comida hace que el cerebro y el cuerpo metabolicen lo que se come de una manera que suma el equivalente a 104 calorías a la comida».

O dicho de otro modo, eso significa que podemos acabar engordando casi medio kilo cada mes. O incluso algo más, si esas comidas las celebramos con familiares o con amigos que tengan la irrefrenable tendencia de reconvertir esos almuerzos o esas cenas en sendos debates sobre el estado de la nación, enumerando las supuestas o reales calamidades del Gobierno central o de los partidos de la oposición.

Sea como sea, gracias a la doctora Feldman Barret ahora ya sé que si últimamente he ganado unos cuantos kilillos en la zona abdominal no ha sido por haberme excedido quizás un poco con los dulces o con los risottos, que también, sino por haber dedicado demasiado tiempo a la política en lugar de haber disfrutado un poco más de la vida y de todo lo que esta tiene siempre de bello y de hermoso.

  • Josep María Aguiló es periodista
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