Fundado en 1910

18 de mayo de 2024

Jorge Martín Frías, director de la Fundación Disenso

Jorge Martín Frías, director de la Fundación DisensoPaula Argüelles

Entrevista con Jorge Martín Frías, director de la Fundación Disenso

Jorge Martín Frías: «La progresía quiere ocultar la realidad, pero realidad y verdad son nuestras grandes aliadas»

La Fundación Disenso, ligada a Vox, nace para dar base intelectual a una batalla, la guerra cultural, que, según sus defensores, debe volver a lo básico: la libertad, la democracia y el Estado de Derecho

Jorge Martín Frías, licenciado en filosofía y experto en comunicación política e institucional, ex editor del think tank conservador Red Floridablanca (cercano al PP), tiene una ardua tarea por delante: no solo quiere dar la batalla cultural, sino que quiere ganarla. No solo quiere alertar sobre los peligros de una izquierda que, según sus análisis, busca acabar con las bases de Occidente, sino que quiere ponerse manos a la obra para combatirlos.
Por eso, tras trabajar en la elaboración de informes políticos y como responsable de formación de FAES, fundación vinculada al Partido Popular con José María Aznar como presidente, asumió en 2020 el encargo de Santiago Abascal de dirigir la Fundación Disenso, un laboratorio de ideas cuyo objetivo es dotar a Vox de musculatura intelectual para tratar de ser el partido mayoritario del conservadurismo español.
–¿Cómo nace la Fundación Disenso y con qué objetivos?
–Fue hace dos años, en un viaje que realizamos a Washington junto al hoy presidente de la Fundación, Santiago Abascal. Allí nos reunimos con distintos think tanks, así como con universidades y congresistas y senadores, y se comenzó a formar el embrión de lo que somos hoy. Disenso nace con el objetivo, por un lado, de ser un punto de encuentro y de conversación con distintas personas de la sociedad civil, tanto intelectuales como académicos; por otro lado, queremos comparecer ante la batalla cultural y dar la guerra cultural. En tercer lugar, acudir a las citas internacionales con el objetivo de recuperar el papel de España en la defensa de la libertad y la democracia en lo que nosotros denominamos la iberoesfera; es decir, de recuperar nuestro papel en el mundo.
–¿Hay un especial interés por influir en Iberoamérica?
–Efectivamente, es una de nuestras zonas de influencia. Hay una comunidad de hispanohablantes de más de 500 millones de personas. Si con el término «ibero» incluimos a Portugal, serían 700 millones de personas con las que España comparte un legado cultural, unos valores comunes. En cierto modo, esta iberoesfera es también un poco refugio de los propios valores de la civilización occidental. Y luego hay que tener en cuenta que, por ejemplo, Estados Unidos es el segundo país del mundo con más hispanohablantes después de México. Es algo que da fuerza a España, además de desde la perspectiva europea, desde la atlántica: España se convierte en el interlocutor con la región, porque además nos enfrentamos a unos retos y amenazas comunes.
–Precisamente España parece haber perdido su capacidad de influencia en Iberoamérica, especialmente debido al revisionismo histórico. ¿Es una consecuencia «lógica» de la separación entre antiguas colonias y metrópolis? ¿Se podía haber evitado, o ha sido planeado?
–En primer lugar, no es algo inevitable, o no lo era. En segundo, no es una cuestión meramente local. Este revisionismo histórico está teniendo lugar en muchas naciones. En España lo estamos viendo ahora con la denominada Ley de Memoria Democrática. La autodenominada izquierda progresista está llevando a cabo un revisionismo histórico a nivel global para romper con los lazos comunes y dividir a las sociedades. Sucede en España y en Europa, y lo estamos viendo en Estados Unidos también con el derribo de las estatuas de Colón. Es una estrategia del progresismo global para acabar con el orden de las sociedades de la civilización occidental y establecer unas nuevas sociedades basadas, por cierto, en la mentira. Porque en el caso concreto de la iberoesfera nadie puede dudar de la aportación de España; de hecho, la española ha sido la mayor gesta civilizacional de la historia universal.
–¿El problema es que no se conoce la Historia, o no se quiere conocer?
–Ambas. Hay que tener en cuenta que si desde la propia España se está estigmatizando y borrando esa parte de nuestra historia, presentándola totalmente tergiversada o incluso ocultándola, o, por qué no decirlo, incluso ni siquiera celebrando o conmemorando los grandes Episodios Nacionales, ¿cómo van a hacerlo el resto de naciones? Hay una operación para eliminar toda nuestra Historia.
–La misión de la Fundación establece que busca "llegar a un consenso en la defensa de la libertad, la prosperidad, la propiedad privada, la soberanía de la nación y la reivindicación de España”. ¿Por qué es necesario defender estos puntos, después del camino hecho el último siglo?
–Hay que volver a lo básico, porque nos encontramos en un momento tan sumamente enloquecido y endiablado que hemos perdido incluso el sentido común. Hemos llegado a aquello que decía Chesterton de «un día nos cortan la cabeza por decir que la hierba es verde». Y recuperar lo básico implica recuperar el imperio del derecho: la democracia, la libertad y las libertades, en su sentido más amplio. Todo eso nos ha sido arrebatado, y lo primero que tenemos que hacer es comparecer ante esta agenda que pretende destruir todo y plantarle cara, respondiendo con otra agenda cultural. Porque ya no nos enfrentamos, ya no estamos ni siquiera en una batalla cultural: nos encontramos ante una batalla civilizacional en la que la belleza, la verdad y el bien común están desapareciendo. No es una cuestión de publicar informes. Es también una cuestión de estar en el ámbito de la guerra cultural, en el teatro, en las plataformas digitales, en el cine... Nos hemos encontrado que la progresía quiere ocultar la realidad. Y precisamente nuestra gran aliada va a ser la realidad, que es la que se está imponiendo.

Ya no nos enfrentamos, ya no estamos ni siquiera en una batalla cultural: nos encontramos ante una batalla civilizacional en la que la belleza, la verdad y el bien común están desapareciendo

–Habla de que la libertad nos ha sido arrebata. ¿Nos la han arrebatado o la hemos entregado?
–Ha habido obviamente una claudicación, según la cual a la izquierda le tocaba mandar en el mundo o en el ámbito cultural (obviando que el ámbito cultural es todo, además de ser prepolítico). El enorme reto que tenemos es desandar todo ese camino: denunciar y alertar, para que la gente tome conciencia, y presentar alternativas basadas en el sentido común.
–Dice que la cultura es prepolítica. ¿Es la política la que posibilita un ambiente cultural, o es la musculatura cultural la que permite que crezcan y avancen los proyectos políticos? Porque la fundación nace para dar apoyo a Vox...
–Lo que tenemos en común con Vox, en primer lugar, es el presidente, Santiago Abascal, lo cual no es menor. Evidentemente, en la Fundación profundizamos en el propio ideario que defiende Vox y en muchos casos, la Fundación eleva cosas hacia el partido y el partido libremente decide qué quiere tomar y qué no, pero no determinamos en ningún caso cuestiones ni de partido ni de la política del partido. Disenso propone, pero está al servicio de su presidente, que casualmente es el del partido. Tanto Vox como su presidente son generosos al construir también alternativas como Foro Madrid, una iniciativa de la Fundación Disenso para unir a todos aquellos agentes, actores, políticos y miembros de la sociedad civil, sobre todo de Iberoamérica, en defensa de la libertad del Estado de Derecho y de la democracia. Y el propio Abascal ha dicho públicamente que no está al servicio del partido, sino de esta causa de la libertad.
–La Fundación Disenso nace también como oposición a otros foros parecidos?
–Nace para hacer frente a al Foro de Sao Paulo, al Grupo de Puebla y a su versión anglosajona, Internacional Progresista, algo a lo que hay que empezar a prestar más atención. Estos foros, como el de Sao Paulo, llevan operando desde hace décadas, interfiriendo en la soberanía de las naciones, apoyando y arropando a líderes bien corruptos, bien con vínculos con el narcotráfico. Y lo que hacen, sobre todo, es interferir en la soberanía de las naciones y desmontarla. Ahí tenemos el ejemplo de Venezuela: Venezuela no es una nación soberana. Su soberanía está repartida entre el propio régimen de Maduro, que como siempre llegó con el discurso a favor de los pobres para enriquecerse ellos y sus amigos; el narcotráfico, y hay otra parte que está controlada por Irán. En el Grupo de Puebla hay expresidentes del Gobierno y también ministros: Irene Montero y Zapatero. Y por cierto, una cosa muy grave: la actual Secretaria de Estado de Cooperación del Partido Socialista Obrero Español, lo cual habla también de la impunidad con la que este propio Gobierno actúa.
–¿En qué sentido la guerra cultural ha pasado a ser un choque de civilizaciones?
–La guerra cultural se produce entre visiones del mundo, por decirlo de algún modo. La civilizacional atenta directamente contra lo que somos, contra nuestra identidad y contra aquello sobre lo que nos hemos constituido. Un claro ejemplo es el de la Agenda 2030. Vemos cómo la mentira y el dominio del lenguaje se han convertido en herramientas de propaganda, como en 1984 de Orwell. Quien domina el lenguaje, domina el mundo. Quien domina el pasado, domina la historia.
Jorge Martín Frías, en un momento de la entrevista con El Debate

Jorge Martín Frías, en un momento de la entrevista con El DebatePaula Argüelles

–Hablar continuamente este lenguaje de «batalla», «guerra», «choque», «enfrentamiento»... ¿No imposibilita el diálogo? ¿No es posible un encuentro, tender puentes?
–Para que haya un diálogo siempre tiene que haber unos marcos comunes de acuerdo y de educación. Si cumplimos esos marcos comunes, siempre se puede mantener un diálogo. Dialogar con alguien que rompe las reglas no es posible. Y tampoco hay que tener miedo. Los consensos también se forman sobre el disenso, sobre debates previos y no sobre debates que se dan ya por por cerrados: son falsos consensos.
–¿De ahí el nombre de la fundación?
–Creemos que es necesario abrir debates cerrados con el objetivo de que de esos debates, esas discusiones, forjen nuevos consensos.
–También entran siempre en temas que causan polémica, que generan incomodidad, que son «políticamente incorrectos». ¿Es difícil luchar siempre desde la trinchera?
–En Bogotá tuvimos el primer Encuentro Regional de Formadores y fuimos recibidos con violencia: rompieron la azotea y los cristales del hotel, y tuvo que venir el ejército. Pero con todo y con eso, al final fue una satisfacción, porque pusimos el debate sobre la mesa, porque prestamos un servicio a la causa colombiana, porque logramos atraer a más de 400 personas, porque logramos también contar con más de 40 ponentes de otros países: intelectuales, congresistas de Perú, de Chile, de Estados Unidos... Cuando vuelves a tu casa, vuelves con la satisfacción de mirar atus hijos con la satisfacción del deber cumplido.
–Desde los presupuestos que manejan en la Fundación, cuáles son los los puntos de mayor preocupación, en los que más quieren focalizar la agenda?
–La Ley de Memoria Democrática –precisamente hicimos un informe, que además fue traducido al inglés y enviado a distintos grupos del Parlamento Europeo–, la Agenda 2030 y estamos muy centrados en La Gaceta y su nuevo suplemento cultural, Ideas. Tenemos un programa de jóvenes líderes de la Iberosfera a través del que becamos a diez personas que recorren Washington, Madrid, Roma, Varsovia y Budapest, en el cual se les da formación, encuentros institucionales y también tienen visitas culturales. Queremos dotarles de herramientas para que ellos aprendan y puedan volver a sus naciones a ponerlas en práctica. Además de todo esto, la Fundación hace una labor que no es pública, sino a nivel interno, con seminarios e informes, y estamos dando apoyo a Iberoamérica, especialmente en los procesos electorales.
–¿En qué consiste su apoyo en los procesos electorales?
–En Iberoamérica casi todos los observadores son de izquierdas. La única diferencia es el gradación de izquierdas. Hay socialdemócratas, hay comunistas... y si hay una elección ajustada, es necesario que haya una contraparte que ponga orden. Por eso nosotros en todas las elecciones mandamos personas de la Fundación. Por ejemplo, en la primera vuelta de las colombianas logramos conformar una delegación internacional de 14 personas de distintas nacionalidades y congresistas o senadores de otros países. Es muy importante, sobre todo para poder confrontar y garantizar que esos procesos democráticos no son manipulados. Pasó en Colombia, donde se creó un grupo formado por el PSOE, Bildu y Esquerra Republicana, que envió entre 30 y 40 observadores electorales; en ese mismo grupo iba una persona del Partido Popular. También fueron de parte de la Generalitat algunos separatistas. Porque todo lo que pasa en Iberoamérica, aunque no lo parezca, afecta mucho aquí, y de hecho la primera visita internacional en campaña electoral de Gustavo Petro fue en Barcelona con Juan Carlos Monedero.
–¿Por eso hablan de plurinacionalidad?

Hemos pasado de la lucha de clases a crear nuevas luchas, ya sea la lucha de sexos o de identidades: el objetivo es generar divisiones en víctimas y victimarios

–Exacto, porque todo lo que sucede en la región es de vital importancia aquí: muchos de los procesos al final acaban en España. El tema de la plurinacionalidad viene de Bolivia y ese debate se ha introducido en nuestro país. Por eso hay que estar muy presentes para garantizar la soberanía de las naciones y su prosperidad: no buscamos interferir, sino protegerlos.
–Si la izquierda no tiene una hegemonía real a nivel político, ¿por qué cree que domina la narrativa?
–Porque les entregan los medios de comunicación. Se les entregó la educación y se les han entregado las universidades e incluso se les ha entregado el discurso social, por lo que han liderado los presupuestos ideológicos de la izquierda. No puede haber sorpresa.
–¿Ha abandonado la izquierda la fábrica para ocupar la universidad?
–Es una izquierda, por decirlo de algún modo, que perdió, porque la lucha de clases cayó. Los obreros no estaban tan interesados por los presupuestos marxistas promovidos por la Escuela de Frankfurt, sino que querían comprarse una lavadora, vivir bien. Por eso hemos pasado de la lucha de clases a crear nuevas luchas, ya sea la lucha de sexos, ya sea la lucha de las identidades; en cualquier caso, el objetivo es generar divisiones en víctimas y victimarios.
–Como analista político, ¿cuándo cree que se produjo el inicio de este ocaso de Occidente sobre el que alerta?
–No puedo poner una fecha en concreto, pero sí puedo decir que uno de los grandes errores que se cometió fue pensar que con la caída del muro de Berlín ya estaba todo hecho. Caímos en el famoso fin de la historia de Fukuyama, creímos que la democracia liberal iba a vencer, que aquellas tiranías todavía hoy imperantes se transformarían en democracias a través de su incorporación al mercado, como pasó con China, con su incorporación en el año 2001 a la Organización Mundial del Comercio: se pensó que con su incorporación se democratizaría, y lo que ha pasado es justamente lo contrario. Uno de los grandes errores fue pensar que ya estaba todo ganado y que el mercado iba a poder resolver todo, que el mercado iba a lograr democratizar el mundo. E incluso pensar que a través del mercado se puede democratizar otro tipo de culturas o civilizaciones que son incompatibles con la democracia, porque su propia cultura responde a otro universo axiológico de valores.

Hay culturas y civilizaciones que son incompatibles con la democracia, porque su propia cultura responde a otro universo axiológico de valores

–Otro de los principales caballos de batalla actuales es el de la ideología de género. ¿A quién interesa políticamente librar esta batalla?
–La guerra civilizacional atenta contra la verdad, contra el conocimiento y, por tanto, contra el conocimiento científico. La consecuencia es que la ideología de género atenta contra la propia biología. ¿Quién gana? Por un lado, consiguen división social para así imponer un discurso o una narrativa que les proporciona beneficio electoral; por otro lado, hay beneficios económicos. En torno a esta ideología se construyen unas estructuras de poder, que no solo generan influencia, sino también dinero. Sólo hay que fijarse en todo el espacio que ocupa este discurso en los medios de comunicación. Desde que se aprobó la Ley de Violencia de Género, ¿cuántos másteres se han creado? El interés económico está muchas veces detrás de las decisiones políticas.
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