La realidad estructural frente al espejismo coyuntural
La economía puede aguantar todavía un tiempo sin mostrar toda la dureza de la potencial crisis que encierra
Aparentemente, la economía española se comporta de manera dinámica. Ojalá fuese así. Sin embargo, a la hora de formar las expectativas económicas, debemos tener mucho cuidado para no confundir elementos que pueden transmitirnos un falso espejismo coyuntural sobre la economía en el corto plazo y hemos de ver todos los datos en el contexto estructural de un horizonte más amplio, analizando expectativas empresariales, así como la futura evolución de la renta disponible y del poder adquisitivo de las familias, en un entorno de una inflación que no termina de bajar y que la subida de precios acumulada en los dos últimos años y medio ha dejado mermada la capacidad de compra de las familias.
Es cierto como digo, que la economía resiste en el corto plazo, pero apoyada, como he dicho, en el subsidio y en la eventualidad. Nunca se han firmado más contratos indefinidos que han concluido a los pocos días; nunca ha habido más contratos a tiempo parcial; nunca el nivel del gasto ha sido más alto; nunca, desde la guerra de Cuba, la deuda sobre el PIB ha sido tan alta que en este período.
La economía española no deja de perder productividad y competitividad, y el cambio de modelo económico no está girando hacia una economía más productiva, especializada en productos y servicios de alto valor añadido, sino que marcha en sentido contrario, hacia una economía de bajo valor añadido, con crecientes subsidios y pérdida de capacitación profesional.
Eso provoca que el crecimiento español, además de ser cortoplacista, se impulsa, en gran parte por crecimiento de población, pero con pérdida de prosperidad, como muestra la evolución de PIB per cápita en paridad del poder de compra, donde España ha dejado de converger y ha retrocedido respecto de la media de la UE, quedando en el 90 % de la media de la UE, y si no estamos por debajo se debe a la revisión extraordinaria del PIB, que lo ha elevado dos puntos para el mismo año, volviendo a ser potencial receptor de fondos de cohesión a los que optan los países más pobres de la UE.
Por tanto, nos encontramos con una crisis de medio y largo plazo larvada, como lo estuvo en 2007-2008, con una mejoría cortoplacista, pero con un grave problema estructural. Entonces, los mismos que ahora niegan que haya problemas, negaban la crisis de entonces, y llamaban agoreros a quienes lo señalábamos. Ahora, hablan de catastrofismo y de exageración cuando se alerta de los graves desequilibrios, pero sólo ven una foto muy parcial y del instante, no el largo plazo.
La economía puede aguantar todavía un tiempo sin mostrar toda la dureza de la potencial crisis que encierra
La economía puede aguantar todavía un tiempo sin mostrar toda la dureza de la potencial crisis que encierra, puede prolongar el espejismo coyuntural, pero si no se hace nada el problema puede hacerse de una magnitud todavía mayor, para lo que se requerirán medidas más profundas que si se ataja a tiempo.
Ahora que vamos a comenzar este nuevo año 2026 –aprovecho para desear un gran año a todos los lectores y a los profesionales de este periódico que me acoge en sus páginas– hay que recordar que se necesitan reformas profundas que agilicen la economía. Hay que flexibilizar el mercado laboral para incentivar la contratación. Hay que derogar la perversa ley de vivienda y hay que liberalizar el suelo y acabar con la burocracia y el fundamentalismo medioambiental que eleva el precio de las viviendas. Hay que recuperar la energía nuclear. Hay que reformar el sistema de pensiones para garantizar su viabilidad y evitar su colapso. Hay que realizar un presupuesto base cero y reducir todo el gasto innecesario. Hay que bajar impuestos y devolver la confianza a los agentes económicos.
Todo ello, es imprescindible si queremos una economía sana, que crezca por sí misma, no una economía subsidiada que nos empobrece.