07 de diciembre de 2022

La inestabilidad del mercado laboral y la falta de acceso a la vivienda son las causas de que los jóvenes no se emancipen

La inestabilidad del mercado laboral y la falta de acceso a la vivienda son las causas de que los jóvenes no se emancipenPexels

Cuando los hijos no vuelan del nido: ¿por qué no se emancipan los jóvenes?

Los jóvenes españoles se van de casa a los 30 años. Algunos antes, o después –mucho después–. Otros nunca. Esta cifra se encuentra tres años por encima de la media europea, según los datos de Eurostat. Dice el Instituto Nacional de Estadística, en su última Encuesta Continua de Hogares, que el 55 % de los españoles de entre 25 y 29 años siguen viviendo en el hogar familiar.
Tienen muchas más y mejores oportunidades y facilidades de las que tuvieron sus padres y no lo ignoran, pero no todo es tan sencillo. Mientras que sus progenitores a su edad quizá tenían ya una casa en propiedad, un coche y un hijo, ellos han acumulado durante años un máster tras otro en busca de precarios contratos de prácticas, pulseras de festivales y Iphones.
En muchos casos no es que no quieran irse de casa, es que tampoco pueden. «En España el acceso a la vivienda y al mercado laboral es más complicado que en el resto de Europa», afirma el demógrafo Rafael Puyol. En este contexto, nada esperanzador para los jóvenes a largo plazo, el formar una pareja, casarse y tener hijos solo encuentra obstáculos en su camino.

El matiz cultural

Que la mejor política de natalidad se encuentra en el mercado laboral es algo de lo que Puyol es defensor. Y es que según un estudio de BBVA basado en Eurostat, España es uno de los países europeos con mayor tasa de paro juvenil, más temporalidad y menores salarios. Todo más a cambio de menos. Entre esto y que el acceso a la vivienda de los jóvenes se lleva a cabo mayoritariamente a través del alquiler, que no deja de subir, no deja margen de ahorro ni generación de riqueza para los jóvenes, que ante este panorama deciden seguir bajo el techo en el que se criaron.
Es algo económico, pero detrás se esconde también un matiz cultural. «En los países mediterráneos la familia ha tenido siempre una importancia grande», explica el demógrafo. Pero tiene mucho más peso el dinero. Si los salarios no se corresponden con el precio de los alquileres se desequilibra la situación para los treintañeros, que no tienen nada que poner en su parte de la balanza.
Hasta aquí el por qué. Pero, ¿qué sucede dentro de una casa en la que viven unos padres con su hijo ya adulto, al que no pueden castigar, ni ordenar? Los roles en la relación paterno-filial sufren unos cambios que pueden generar una tranquilidad por un lado, porque los padres saben que su hijo va a estar cuidado y protegido, pero que puede convertirse fácilmente en una fuente de frustración y conflicto.

Cambio de roles

El padre o la madre deja de ser una figura de autoridad para el niño que ya es un adulto pero tiene que seguir admitiendo ciertas normas. Al fin y al cabo, cuando seas padre comerás huevos y mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga. «En el ciclo vital, el joven que tiene 30 ya es un adulto. No le corresponde estar en una situación de dependencia económica por vivir en casa de sus padres», explica Cristina Noriega, psicóloga del Instituto CEU de Estudios de la Familia.
Esta situación se vuelve para los ya adultos jóvenes en una especie de adolescencia tardía, parecido al síndrome de Peter Pan. «Tienen todas las ventajas de estar en una casa con todo cubierto, pero sin independencia emocional. Desde el punto de vista psicológico, no se asumen las responsabilidades que tocarían», añade Noriega.
Las familias de manera innata tienden a que no haya cambios y dejar ir a los hijos es algo también complicado para los padres. El miedo a sentirse solos, a echar de menos, en otras palabras, a padecer el síndrome del nido vacío, hace que subconscientemente tampoco se fomente ese paso a la independencia total y el paso definitivo de la juventud a la adultez.
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