Yolanda Díaz y su hija Carmela
Exclusiva
El plan secreto de Yolanda Díaz vestida con un top de 225 euros y lencería a la vista
La vicepresidenta segunda asistió con su hija al Ballet Nacional en el Teatro Real, el pasado sábado
Resulta siempre revelador conocer cómo pasan su tiempo de ocio quienes gobiernan el país. Y, tal y como ha podido saber El Debate en exclusiva, el pasado sábado Yolanda Díaz asistió al Ballet Nacional en el Teatro Real acompañada de su hija, Carmela Meizoso, de 13 años. Fue un plan familiar, sí, pero también un retrato muy nítido del tipo de vida -y de códigos sociales- que rodean hoy a parte de la izquierda gobernante, muy lejos de la estética y la narrativa «popular» con la que se suele presentar ante las cámaras.
La vicepresidenta segunda acudió con una falda larga satinada azul y un jersey negro con aberturas frontales que dejaban ver con claridad el sujetador -también azul y de encaje, elegido a juego con la falda-, completando el conjunto con unos stiletto negros de tacón muy alto. La prenda superior pertenece a Claudie Pierlot, una marca francesa de «lujo accesible» nacida en París y dirigida a la burguesía urbana que compra elegancia cotidiana sin llegar a la alta costura. Su precio: 225 euros. Nada que ver con la imagen de «prendas corrientes» o compras en tiendas populares con la que ella misma se ha presentado en entrevistas públicas. El diseño, como tal, podía considerarse adecuado para una velada en el Real; lo discutible fue la elección de mostrar deliberadamente la lencería en un espacio cultural formal, donde tradicionalmente se espera sobriedad.
Yolanda Díaz y su hija Carmela
A su lado, su hija, fruto de su matrimonio con el delineante gallego Andrés Meizoso, con quien mantuvo dos décadas de relación antes de su separación en 2024. Vestía pantalón negro, blusa blanca y un corsé, combinado con un bolso The Canvas Large Tote Bag de Marc Jacobs. Ese modelo concreto no aparece ya en la web oficial, por lo que probablemente corresponda a una temporada anterior. Su versión actual -prácticamente idéntica en diseño- se vende a 275 euros.
Este episodio no es aislado: se encuadra en un conjunto de apariciones públicas madre-hija destinadas a proyectar una imagen cercana y contemporánea. Estuvieron juntas en el primer concierto de Taylor Swift en Madrid (mayo de 2024) -donde la ministra aseguró que la niña era «swiftie total»- y también participaron unidas en la manifestación del 1 de Mayo, donde la madre apareció tomada de su mano. Esa dimensión familiar cumple una función comunicativa evidente: suaviza el perfil político y lo traslada al terreno emocional. Pero cuando el entorno material (vivienda oficial de 445 metros cuadrados en la Castellana, consumo de marcas francesas y bolsos de diseñador) se acerca más al confort de élite que a la normalidad obrera, el contraste resulta visible.
El lugar elegido para este plan también es significativo. El Teatro Real no es un auditorio cualquiera, sino un símbolo cultural históricamente asociado a la élite ilustrada, la burguesía institucional y las capas altas del poder cultural madrileño. La platea funciona casi como espejo social: no se va solo a ver el ballet, sino a pertenecer al entorno que lo contiene.
Por eso el episodio trasciende lo textil. No se trata de criticar que alguien se vista con elegancia, sino de señalar la disonancia entre un discurso que finge austeridad y una vida que se despliega, sin pudor, en los códigos de la comodidad privilegiada. La estética no contradice sus palabras: las desmiente