25 de septiembre de 2022

Mazzini haciendo un discurso en la Joven Italia, ilustración de Pierre Méjanel

Mazzini haciendo un discurso en la Joven Italia, ilustración de Pierre Méjanel

Marx y Mazanni: la guerra de los profetas

Marx asoció su nombre al socialismo, o al comunismo. Mazzini lo hizo con el nacionalismo. Ambos vislumbraron que un nuevo mundo iba a aparecer inminentemente

Es raro que una persona con una mínima cultura no conozca el nombre de Karl Marx (1818-1883). En cambio, es difícil que identifique a Giuseppe Mazzini (1805-1872). Cualquiera diría que las profecías que lanzó Marx (el colapso del capitalismo, el triunfo del proletariado) se han cumplido, mientras que las de Mazzini (la afirmación de que los estados nacionales serían la base de la organización política) fracasaron.
Los dos fueron grandes revolucionarios: teóricos de alto nivel, pero implicados en actividades políticas directas. Ambos proponían acabar con un mundo viejo que detestaban, buscaron la movilización de las masas, y por ello tuvieron que exiliarse en Londres. Marx, de manera permanente desde 1849. Y Mazzini durante varios periodos cortos (que se inician en 1837, 1849 y 1860), porque siempre regresaba a la lucha en Italia.
En el gran ciclo revolucionario de 1848, que sacudió Europa, ambos vislumbraron que un nuevo mundo iba a aparecer inminentemente. Alguien supondrá que, dadas estas similitudes, habría entre ellos colaboración o entendimiento. Ocurrió lo contrario.
La profecía de Marx, ya la conocemos: toda la historia ha sido lucha de clases, y la última batalla de este conflicto sería entre el proletariado y la burguesía propietaria de los medios de producción e intercambio. El triunfo proletario era inevitable, sostenía Marx, y con esa victoria se impondría el comunismo; la abolición de la propiedad privada daría paso a una prosperidad sin límites, y el fin de toda privación permitiría al hombre un desarrollo pleno de sus cualidades y capacidades.

Las dos teorías, por muy revolucionarias que fueran frente a las realidades existentes, eran opuestas

La profecía de Mazzini era menos grandiosa. Su obsesión era acabar con las viejas monarquías, con un mundo donde los derechos dinásticos permitían situaciones para él aberrantes, como la existencia de grandes Estados multinacionales (como el imperio de los Habsburgo), o que una misma nación estuviera dividida entre varios Estados. Esa doble situación se daba en Italia: una parte importante del norte era gobernada por los Habsburgo, y el resto del país, estaba dividido entre varias dinastías. Frente a ese modelo, Mazzini se imaginaba un mundo compuesto por un mosaico de Estados nacionales. Cada uno de ellos sería republicano y democrático, pero sin fomentar en su seno la lucha de clases, sino la colaboración.
La organización que Mazzini creó para expandir sus ideas fue La Joven Italia. Pero como creía que el modelo era de aplicación general, también creó La Joven Europa. Estaba convencido, en resumen, de que sería posible dibujar un nuevo mapa, donde la ciudadanía (los deberes y derechos del individuo como miembro de una sociedad política) coincidiría con la etnicidad, definida en términos culturales y por ello vinculada a la lengua. Cada «Estado» se acomodaría a los límites de una «Nación».
Si Marx asoció su nombre al socialismo, o –más exactamente- al comunismo, Mazzini lo hizo con el nacionalismo. Y socialismo y nacionalismo se convertirían, sin duda, en las dos ideas con más capacidad para sugestionar a las masas, y lanzarlas a la lucha: las «religiones políticas» de la modernidad. Para quienes seguían a Marx, los seres humanos se agrupaban en clases, enfrentadas entre sí, y los sentimientos religiosos, o patrióticos, eran creaciones de los explotadores para alienar a los explotados. Los seguidores de Mazzini, por el contrario, veían en la identidad nacional el rasgo definitorio de los seres humanos que, en el marco del estado nacional, pasarían de súbditos a ciudadanos. Las dos teorías, por muy revolucionarias que fueran frente a las realidades existentes, eran opuestas. Y Marx y Mazzini intercambiaron entre sí duras descalificaciones. Una mezcla de desprecio y odio impregna las palabras que se dirigieron mutuamente, en escritos y discursos.

Las profecías de Mazzini han tenido un grado de cumplimiento infinitamente superior a las de Marx

Mientras que el comunismo siempre fue la izquierda del arco político, el nacionalismo –pese a sus indudables orígenes revolucionarios– fue asumido en buena medida por la derecha y, de forma simplificada, se afirma que es exactamente eso: la ideología que ha asumido la derecha desde el momento histórico en que asumió que ya no se podía prescindir de la movilización de las masas, para sustituir con ella a las ya obsoletas creencias religiosas, estamentales y dinásticas.
La figura de Marx gozó de un prestigio intelectual que llega hasta hoy día. Sin embargo, ni una sola de sus profecías se cumplió. El capitalismo no se ha desmoronado, y los regímenes comunistas han sido un fracaso monumental. O bien colapsaron como un cataclismo (la URSS), o bien están regresando a un modelo social absolutamente capitalista, aunque manteniendo la dictadura del Partido Comunista (China).
Por el contrario, en Europa y en todo el mundo, el modelo de Estado nacional goza de mucho vigor. No debemos engañarnos sin embargo: en ningún lugar del mundo coinciden los límites de una ciudadanía y una cultura nacional basada en la lengua. Es imposible que eso ocurra nunca. La identidad nacional, que Mazzini imaginaba como un hecho objetivo, en realidad no lo es. Y la armoniosa coexistencia de estados nacionales que Mazzini imaginó, jamás se ha producido. Las dos Guerras Mundiales e infinidad de conflictos menores nos ilustran sobre los peligros del nacionalismo.
Pero las profecías de Mazzini han tenido un grado de cumplimiento infinitamente superior a las de Marx. Incluso el organismo que, a día de hoy, actúa a modo de «gobierno mundial», se llama así: Organización de las Naciones Unidas. Si Mazzini pudiera contemplar el mundo actual, estaría orgulloso. Comprobaría que hasta movimientos que se proclaman socialistas y defensores de las «clases oprimidas», han adoptado los ropajes del nacionalismo, y se presentan como defensores de naciones amenazadas por el imperialismo (el caso de la Venezuela chavista), o como adalides de pequeñas naciones que aún no han logrado su independencia (en España, los casos de ERC o Bildu). Marx, en cambio, no vería ni el más mínimo atisbo de una sociedad comunista, y contemplaría con horror que quienes hoy le siguen han abandonado el internacionalismo y se han anclado en posiciones nacionalistas e incluso indigenistas.
Como profeta, Marx ha sido el mayor fracaso de la historia, nada extraño dadas las falacias que constituyen todo su pensamiento. Pese a contener también muchas falacias, las profecías de Mazzini son más útiles para entender el mundo actual, en el que los seres humanos se identifican con una nación, más que con una clase social.
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