01 de diciembre de 2022

Detalle del cuadro El almuerzo de Diego Velázquez

Detalle del cuadro El almuerzo de Diego Velázquez

España en el siglo XVII y XVIII

Los pícaros de Madrid: holgazanes, vividores y parásitos

Reproducimos las costumbres, los ocios y el estilo de vida de un pícaro del Madrid de los siglos XVII y XVIII

La picaresca madrileña con el Rey Felipe IV atrajo a muchas personas de diferentes procedencias y cataduras. Aquí teníamos unos dominios singulares para poder actuar gracias al cortesano esplendor de los vividores y parásitos. Esto es lo que éramos. Holgazanes y personas vinculadas al mundo del hampa.
El motivo eran las guerras y deben creérselo. Muchos de nosotros estábamos obligados a ir a luchar por nuestro país. En ese momento, con el uniforme calado, nos podían pasar dos cosas: o nos quedábamos en los campos de batalla o regresábamos. Los que tuvimos la suerte de regresar, éramos hombres perdidos para la vida civil. ¿Qué quiero decir con esto? Muchos se convertían en criados, en bandidos, en pretendientes, y, como yo, en aquellas profesiones en las que se ganaba dinero sin trabajar. Al ser hombres de armas se entraba para servir de escuderos perdonavidas a damas, galanes o a personajes de la Corte. Ese no fue mi destino. Me convertí en rufián, pero no en un rufián cualquiera. Este mundo daba muchas posibilidades y variadas. Cobrábamos el barato en los juegos, nos agregábamos como mosqueteros o aplaudidores en las diferentes compañías de comediantes.
Dibujo de El Rastro de Madrid

Dibujo de El Rastro de Madrid

Personalmente, puse mis esfuerzos en no hacer nada de todo eso. Ejercí un sinfín de oficios y ninguno de ellos estable. A las personas como yo se las llamaba vagos o alquilones. Trabajábamos cuando la necesidad me obligaba. La gente nos conocía y nos contrataba cuando les éramos necesarios. El resto del tiempo me lo pasaba descansando.
No éramos los únicos que decidíamos instalarnos en la Villa y Corte. Aquí también había gente de Alemania, Países Bajos, Francia e Italia. Venían para ejercer el pordiosero y las malas artes que iban ligadas a ello. Con lo cual, uno se podía cruzar con rufianes, vagos, mendigos, ciegos, estafadores, capeadores, gestes de oficios sospechosos y esportilleros. En definitiva, no es de extrañar que a Madrid la llamaran «Corte de los milagros».
Verbena de San Antón en Madrid

Verbena de San Antón en Madrid

Normalmente nos reuníamos en bodegones, tabernas, garitos, mancebías y calles poco recomendables para pasear. En estos sitios, diariamente, se producían lances, robos, cuchilladas, asaltos, baraterías, atropellos, heridas, muertes… Como ven, de todo un poco. En lo que hoy se conoce como Lavapiés, existían famosos bodegones, ventorrillos y tabernas que estaban situadas, en aquel tiempo, en los arrabales y extramuros. En los sitios que podemos llamar céntricos, encontrábamos los bodegones de puntapié. En lo alto de la calle Montera había uno de estos. El cliente tenía a su disposición panecillos, molletes, garrapiñas de chocolate, arenques, jalcas, mermeladas… y se bebía aguardiente y bebidas imperiales.
Estos establecimientos permanecían abiertos día y noche. Ahí encontrábamos a hidalgos, capigorrones, ex soldados de Flandes, barateros, rufianes… En estos lugares pasábamos las horas esperando encontrar al infeliz que nos salvaría el día. Advertirles que nuestra vida no era fácil. Existían las rondas de alguaciles, el alcalde de la noche y los soldados en activo. Todos estos personajes vigilaban que nosotros no pudiéramos actuar. Sin conseguirlo la mayoría de las veces. Éramos más espabilados que ellos.
Existía la costumbre de retraerse. Teníamos el derecho y muchos se o nos retraían o retraíamos. ¿Qué significa esto? Era el derecho de asilo en las iglesias. En el momento de retraerse la autoridad no nos podía detener. Estábamos en lugar sagrado y eso nos libraba de la cárcel. Uno de los sitios típicos para hacerlo era el pasadizo de San Ginés. Ahí nos lo pasábamos bien, pues nos visitaban rameras y mujeres de vida alegre para distraernos en aquellos difíciles momentos. Cuando pasaba el peligro regresábamos a nuestros hogares.
Fachada a la calle del Arenal de la iglesia San Ginés hacia 1872, después de la reforma

Fachada a la calle del Arenal de la iglesia San Ginés hacia 1872, después de la reforma

He nombrado antes el mundo del hampa. Dentro de este nombre había diferentes formas de actuar. El hampa es muy generalista. Debo explicarles las subdivisiones para que conozcan el pluriempleo al cual nos podíamos dedicar los rufianes y maleantes.
Estaban los valientes de mentira, que eran los fanfarrones, simuladores y explotadores del valor. Los estafadores eran los pesquisidores de toda suerte de hurto, fullería, trampa de juego, heridas y homicidio a sueldo. Después estaban los sufridos. Así llamábamos a los haraganes y enemigos del trabajo. Se reían de los pulidos y censuradores y tenían por ganancia ser amigo del prójimo. Los sufridos vanos eran aquellos que se juntaban con gente poderosa gracias a una boda y poco más hacían en su vida, sino vivir, jugar, comer y… Siguiendo con los sufridores estaban los estadistas; personajes que se acomodaban y vivían de los demás, sin levantar sospechas. Muchas veces conseguían vivir así gracias a casarse con mujeres con una cierta posición social. Esto les permitía tener alguna relación con la Corte.
Otros sufridores eran los rateros, que vivían de los amigos. Personajes comunes, gandules, sin ganas de trabajar, que conseguían sobrevivir ya no por la pena, sino por las buenas artes que tenían de convencer a sus amigos de su obligación de mantenerlo. Aquellos que vivían de las mujeres, educándolas y explotándolas para hacer la calle o para ofrecer sus servicios a personas importantes de la sociedad madrileña, incluso la Corte, los conocíamos como rufianes de invención o pagotes.
"Escena de taberna", de David Teniersclose

«Escena de taberna», de David Teniersclose

Finalmente estaban las alcahuetas, escribanos, honras rotuladas, maridos de anillo y madres que se comían sus hijas. Es decir, las prostituían.
No puedo olvidarme de la mendicidad. Estos eran los pícaros más holgazanes y menos valientes. Tenían la suerte que vivíamos en una sociedad muy religiosa. Dar limosna a esos pordioseros, servía para ejercer la cristiana virtud de la caridad. Con lo cual tenían suerte y sobrevivían. Acosaban a los transeúntes y gritaban a voces que necesitaban caridad. Todos ellos rondaban las iglesias de Madrid para que las almas caritativas hicieran el bien sin saber a quién.
Muchos de ellos eran falsos pobres que se disfrazaban de mendigos. Fingían lepra, llagas, hinchazón de piernas y brazos, que eran cojos, mancos, tullidos o ciegos. Incluso alquilaban a niños para dar más pena. Vivían organizados en cofradías y su oficio estaba reglamentado. Se vivía muy bien siendo mendigo. De los 3.300 que había en Madrid, solo 1.300 eran pobres de solemnidad.
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