01 de diciembre de 2022

Esperando al general Primo de Rivera

El general Primo de Rivera, durante un discurso de 1926

Esperando al general Primo de Rivera tras el supuesto golpe de Estado

El general se trasladó al cercano Palacio de Oriente, donde le esperaba Alfonso XIII que inmediatamente le encargó formar Gobierno

El capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, salió en tren para Madrid. Acaba de dar, o al menos así ha pasado a la historia, un golpe de Estado. Al llegar a la estación de Príncipe Pío, en el andén, le esperaba serenos pero con aire compungido el Gobierno de García Prieto en pleno. Desde allí Primo se trasladó al cercano Palacio de Oriente donde le esperaba Alfonso XIII que inmediatamente le encargó formar Gobierno. Se acaba de producir el golpe de Estado menos golpe de estado y más singular de la historia de España.
El próximo años 2023 será el centenario de la llegada de Primo de Rivera al poder. El sistema bipartidista español creado en 1875 con la llegada de Alfonso XII al trono, el turno pacífico de conservadores y liberales (Cánovas y Sagasta), se había diluido como un azucarillo en un vaso de agua, dando paso una larga lista de partidos, partidillos, facciones y 'partidetes' que hacían ingobernable a España por causa del juego de la aritmética parlamentaria. La crisis económica y la corrupción generalizada azotaban el país. Una guerra, fuera de nuestras fronteras, la de Marruecos, entristecía a los españoles y consumía los recursos de la nación. Gobiernos ineficaces asolaban el país. La opinión pública y el propio Rey, Alfonso XIII, esperaba ansiosa un cambio radical de la situación, viendo en el Ejército la única salida a los muchos problemas que azotaban a España.
La llegada de la Dictadura fue aplaudida por gran parte de la población. El futuro presidente de la II República Manuel Azaña escribiría en 1924: «No todo es bajeza, ni cobardía, ni apetitos egoístas, ni odios de casta, ni fanatismo antiliberal en la opinión que apoya al Directorio; no. Gentes honradas, de las que forman la masa neutral, han acogido con júbilo este escobazo. La razón es que el país no podía más, y estando paralítico, siendo incapaz de moverse por sí mismo, espera que los militares realicen el prodigio de la salvación nacional. La expulsión del personal gobernante y de los partidos políticos ha parecido muy bien. Gobernaban por la corrupción y la camaradería; ninguna ley se aplicaba; ninguna institución funcionaba a derechas; se encumbraban las clientelas familiares: el país estaba presidido por la impotencia y la imbecilidad. 'Bien barridos están' se dice la gente». El general Primo de Rivera, para Manuel Bueno, era el hombre que se había decidido a hablar en nombre de una muchedumbre de mudos y que se lanzaba a la acción, supliendo la invalidez de un país de paralíticos, afirmando Bueno que el movimiento militar no fue una vicalvarada vulgar, sino un hecho tan fatalmente inevitable, desde el punto de vista histórico, como la revolución de septiembre de 1868
Nada más llegar Primo de Rivera al poder comenzó con mano de hierro a cambiar las cosas. Imbuido de un espíritu racionalista, práctico, igualitario y en cierta forma singularmente democrático, se lanzó a la reforma total de las estructuras del estado. Disolvió la mancomunidad de Cataluña creada por Canalejas y Dato para implantar la igualdad entre todas las regiones de España, bajo el lema de , lo que le ganó la inquina de muchos de los catalanes que antes le habían alentado y apoyado.
La Dictadura suprimió las diputaciones provinciales, salvo en las 3 provincias vascas y Navarra, por carecer de utilidad. Decretó la perdida de los aforamientos y promulgó leyes de incompatibilidad, al tiempo que en las grandes empresas públicas se destituyó a sus presidentes y consejeros nombrado por y entre los políticos. En casi todos los municipios se descubrieron casos de corrupción. El 30 de septiembre del año 23 disolvía los ayuntamientos por ser siendo sustituidos por juntas asociadas y representantes de la autoridad militar.
Con Primo de Rivera la clase política sufrió un golpe de muerte, apartada del poder perdió su capacidad de influir, maniobrar, nombrar, dar y recibir por encima de la ley. Con la Dictadura se puso fin a las prácticas oligárquicas y caciquiles que no regresarían a España hasta los años 80 del siglo XX. La Dictadura apostó por un estado centralizado como el de Francia e Italia con el objetivo de que todos los españoles fueran iguales ante la ley.
La política social de la Dictadura hizo que el estado pasase de invertir en casas baratas 7´8 millones de pesetas anuales de media entre 1913 y 1923 a 261 millones de promedio entre 1923 y 1929. El mundo de los negocios criticó a la Dictadura por su costosa legislación social pues en su búsqueda de la paz y la justicia social. Los precios disminuyeron un 5,3%, provocando que el fantasma de la inflación causado por la I Guerra Mundial no se produjese. Los salarios reales crecieron. La paz social fue una realidad con un número de huelgas insignificante. El PIB creció del 4,55 a 6,03 billones de pesetas (de 1986). La economía española experimentó una considerable expansión con notable impulso del empleo. Aumento el número de maestros de 3.000 de 1923 a 34.000 en 1927, pasando los profesores de clases primarias de 27.000 en 1922 a 32.000 en 1929.
España se convirtió en una de las naciones más proteccionistas del mundo, llegando incluso el Dictador a impulsar el incipiente negocio del cine. Pero esto éxitos materiales no lograron ganar el corazón de los españoles. Al final de su gobierno Primo intentó institucionalizar su régimen mediante la creación de una asamblea nacional que el Rey no aceptó, sin darse cuenta Alfonso XIII que con el fin de la Dictadura estaba firmando el fin de su reinado. En 1929 el conservador Sánchez Guerra monto una nueva conspiración de salón que sumada al pleito de los Artilleros, la inquina de intelectuales y de los elitistas señoritos que estudiaban en la minoritaria universidad central llevó al hastío al Dictador.
Primo se fue como llegó, sin violencia. Puso su cargo a disposición del Rey el 28 de enero de 1930, sabedor de la voluntad de Alfonso XIII. El Rey, igual que le había dado su confianza para formar gobierno, se la retiro y Primo de Rivera dejó el poder.
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