15 de agosto de 2022

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Sánchez, el Rey Sol… y Sombra

Nadie ha pisoteado tanto todas las normas, costumbres, consensos, leyes y convenciones como un presidente que se cree Luis XIV y no pasa de Ceaucescu

Sánchez solo va al Congreso o al Senado a faltarle el respeto a alguien: con frecuencia a la oposición; alguna vez, pocas, a sus socios; y las más de las veces a la ciudadanía, como Don Quijote con sus largos ratos libres.
Ayer volvió a hacerlo negándole a todos una explicación razonable de su personalísimo cambio de postura con el Sáhara, coincidente con la revelación de que alguien, probablemente Marruecos, le espió el teléfono móvil personal, donde aparte de selfies y aliporis varios, podría conservar secretos de Estado con su negligencia habitual.
Anteayer lo hizo también con Feijóo, quien cometió la sensata temeridad de pedirle al Rey Sol y Sombra que dejara de lucrarse con la miseria ajena y le devolviera a los siervos de la gleba una parte del excedente de 13.000 millones que está recaudando por tener la gasolina a precio de Macallan y hasta los garbanzos a tarifa de jamón del bueno.
Que un dirigente se vea legitimado para enriquecerse a costa de la pobreza del resto o para renunciar a un trozo anímico de España entre sospechas de chantaje denota la profunda regresión democrática que, tacita a tacita, padecemos desde que el pequeño sátrapa de Pozuelo aterrizara en Moncloa como una plaga de langostas en Badajoz.
La cuestión saharaui no es menor, pues supone la inexplicada bajada de pantalones ante un régimen tiránico que no reconoce la españolidad de Ceuta ni de Melilla y aspira a hacer con ambas lo mismo que sueña para Canarias: ocuparlas, cuanto antes mejor, por lo civil o por lo militar.
Y el desprecio a la oposición, que es la coartada del desprecio a la ciudadanía, agudiza la tendencia absolutista del presidente con menos diputados propios de la historia reciente española.
En apenas cuatro años de sanchismo, el deterioro de la calidad democrática de España, acelerado bajo el paraguas de aquel confinamiento inconstitucional que le permitió a Sánchez actuar a oscuras, ha sido tan profundo como la herida en el PIB y encuentra en la ruptura de consensos básicos el epicentro de su cuatrienio negro.
Porque Sánchez no quiere saber nada de la calle ni del Palacio, de Feijóo o de Rivera, del Senado o del Poder Judicial, del Congreso o del PSOE, de la Constitución o del Código Penal. Todo empieza en él y termina en él, con un bucle predemocrático eterno que ha conseguido anegar hasta el último rincón del Estado construido desde 1978.
El abuso sostenido de Sánchez, escasamente contestado por una sociedad civil extenuada y un ecosistema mediático genuflexo, se inserta en una deriva autoritaria del feudalizado poder político mundial en general, que ha descubierto con la crisis y la pandemia la utilidad del miedo y la pobreza como armas de control social.
Pero el caso del presidente español tiene unas particularidades que lo hacen único: nadie compensa su desprecio a las mayorías con pactos con las minorías salvajes; nadie regaña a la gente por tirar comida cuando tantos no tienen qué comer; nadie presume de perseguir la prostitución con un suegro enriquecido en el sector; nadie antepone el aborto a la maternidad en un país sin niños; nadie regala aprobados en la Meca europea del fracaso escolar y nadie tiene los santos genitales de fiscalizar las invitaciones a un Rey jubilado mientras él, en activo, no se baja del Falcon ni se marcha de las Marismillas rodeado de amigotes ocultos.
Sánchez se cree Luis XIV y cada mañana repite ante el espejo aquello de «L’état c’est moi», pero tiene todas las papeletas para acabar sus días políticos como un Ceaceuscu cualquiera.
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