16 de agosto de 2022

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Miguel Ángel Blanco

Todo el mundo debería hacer un ejercicio: encerrarse a solas con un mural de Blanco y mirarle a los ojos. ¿Se atreve usted, señor presidente?

El 13 de julio de 1997 yo tenía 26 años y ya era periodista y, pese a la juventud o por ella, dirigía el espléndido diario de mi pueblo. Aquella mañana, el Ayuntamiento de mi Alcalá de Henares me invitó a ponerle voz al comunicado que, en las principales ciudades de toda España, íbamos a leer a la vez distintas personalidades para exigirle a ETA la liberación de Miguel Ángel Blanco.
La imagen que vi al subir al quiosco de la música de la plaza de Cervantes fue sobrecogedora: miles, tal vez decenas de miles de personas, alzaron a la vez sus manos blancas y clamaron por la libertad del joven concejal, mientras yo traducía el grito de todos en unas líneas parecidas a las que tantos otros declamaban igual de sobrecogidos en aquella clamorosa España unida.
Nunca había hecho y nunca haré algo tan emotivo e importante. Ni tan inútil. Tras aguantar todos la respiración, horas después de aquella exigencia unánime de clemencia llegó el mazazo: Miguel Ángel, que era como cualquiera de nosotros, apareció moribundo con varios disparos en la cabeza.
Se han cumplido ahora 25 años de aquella fecha horrible que tuvo un extraño contrapunto maravilloso: por primera vez la gente se echó a la calle a gritarle a la cara a los terroristas, a sus socios batasunos y a los simpatizantes de todos ellos que no les teníamos miedo. Se escondían ellos, con capuchas de vergüenza y de temor.
Los padres de Miguel Ángel fueron nuestros padres esos días, y Miguel Ángel fuimos un poco todos para decir por él lo que él ya no podría decir nunca: mataron al chico, pero se suicidaron por fascículos terribles que concluyeron con su derrota política, moral y legal un tiempo después.
Ahora los niños no saben quién es Miguel Ángel Blanco y en ellos opera una inducción al olvido inversamente proporcional al esfuerzo dedicado a rescatar otros episodios más añejos: no sabían quién era Franco pero les sonaba el terrorismo, hasta que alguien decidió alterar el reloj histórico y dar saltos caprichosos en el tiempo.

Los ojos de Miguel Ángel son dos clavos en la conciencia colectiva para fijar una idea: los muertos solo siguen un poco vivos si su martirio deja un legado

La razón es evidente: refrescar a Franco, que nació en el siglo XIX y tiene la misma influencia en el presente que el Rey visigodo Chindasvinto, puede estimular el voto más cafetero de la izquierda epidérmica. Y enterrar a ETA, a la vez, blanquea la naturaleza de los pactos políticos del PSOE con la nueva Batasuna: si nadie recuerda un asesinato real, nadie repudiará ese crimen político.
A Blanco le llenaron de besos en un mural con su rostro que aún impacta: nos mira eternamente, con la inocencia rota por una bala y un mohín de incredulidad que le mantiene vivo para siempre.
Los ojos de Miguel Ángel son dos clavos en la conciencia colectiva para fijar una idea que nunca puede hacerse vieja ni pasarse de moda: los muertos solo siguen un poco vivos si su martirio deja un legado, activa un antídoto y fija las fronteras entre lo decente y lo impúdico.
Antes de que nadie llame «hombre de paz» a Otegi; reformule leyes para indultar a terroristas por la puerta de atrás o apruebe presupuestos e investiduras con sus herederos, convendría pedirles un pequeño ejercicio previo: pónganse delante de la foto de Miguel Ángel, a solas y en silencio, y escuchen lo que tiene que decirles sin mover los labios, quebrados de pena, pero inmunes al desaliento. ¿Se atreve usted, presidente?
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