Vacaciones sanchistas en el palacio de Juan Carlos I
¿Puede un presidente sin presupuestos ni apoyos marcharse con su esposa imputada a la playa más de tres semanas con todo pagado?
Es tentador decir que Pedro Sánchez no tiene derecho a irse de vacaciones con la familia a un palacio, en Canarias, con el Falcon y todos los gastos pagados con el erario. Pero no lo haremos. Eso queda para los sanchistas, y otras hierbas populistas, que siempre acaban atrapados en su propia demagogia: se puede ser de izquierdas y rico, vivir en una buena casa, tener gustos elevados y disfrutar de los lujos sin caer en una contradicción. Lo que no se puede hacer es disfrutar de todo ello tras haber criticado a quienes lo hacen también, como si fuera todo consecuencia de un atraco al personal.
Pablo Iglesias empezó a cavar su tumba política cuando, poco después de criticar a los dueños de áticos y chalets mientras trotaba con Ana Rosa en una entrevista, se mudó a una dacha con piscina en Galapagar y hasta convocó un plebiscito para preguntarle a sus afiliados si debía dimitir por ello, junto a su Simone de Beauvoir de Hacendado.
Que un presidente descanse no tiene pega, pues, e incluso nos viene bien al resto descansar de él. Pero hay distintas maneras de hacerlo, y ahí sí hay debate. Puede irse uno con discreción o puede hacerlo por todo lo alto y Sánchez siempre elige la segunda opción: le gustan las demostraciones ostentosas de poder, como si fuera Isabel Pantoja sonriendo y enseñando dientes a sus detractores.
Y eso ha hecho: elegir un palacio donado por Jordania al desterrado Rey Juan Carlos; desplegar guardias civiles, buzos y escoltas como si estuviera amenazado de magnicidio y duplicar el perímetro de seguridad para convertir La Mareta en un búnker aislado de todo y de todos, salvo de Zapatero, que pasará por allí a conspirar y ver qué le dice a Puigdemont para calmarle.
Uno de cada tres españoles no puede marcharse de vacaciones ni una semana; el número de autónomos sin descanso crece año a año y la cifra de españoles que no pueden comer fruta de temporada ni pescado fresco alcanza ya cotas siderales, por mucho que la propaganda oficial esparza el bulo de la inexistente prosperidad económica de un país endeudado hasta las cejas y con cifras dopadas para esconder su deterioro.
En ese contexto, alguien cabal no se marcha a la playa 23 días y si lo hace, procura que no se note tanto el contraste entre sus posibles y los de quienes se los pagan, especialmente cuando la larga tregua estival le llega con un rotundo suspenso del curso: España se gobierna con presupuestos de otro Congreso y de otra legislatura y sin haber llevado a la Cámara las cuentas del ejercicio, en dos fraudes políticos sin precedentes que además probablemente sean una ilegalidad inconstitucional.
Que Sánchez se vaya con Begoña a Canarias sin haber podido aprobar la primera ley exigible a un Gobierno, sin haber explicado con un poco de detalle y respeto la epidemia de casos de corrupción que la acorrala y con la sensación de que utilizará el reposo para preparar con un lobista chino y venezolanas estrategias infames de acoso al Estado de derecho y de seducción para prófugos y delincuentes es, simplemente, un timo.
Perfectamente coherente con la trayectoria fraudulenta de un político cuyas indignidades son legendarias y nunca se toman descanso: ahí le tienen desde hace una década haciendo trampas, cogiendo atajos y saltándose controles para llegar a una meta que solo se puede alcanzar por apoyo popular y él alcanza siempre por intercambio mafioso.
Por mucho bronceador que le eche a la vida, Sánchez sigue siendo el presidente con menor número de escaños propios de la historia de la democracia que logró su espuria investidura en un cambalache obsceno con una coalición de delincuentes, de la peor especie, que solo le firma el cheque a cambio de que les ayude a atracar el banco. Y no hay perímetro de seguridad suficiente para esconder esa bellaquería.