Autodestrucción
El libro se destruye desde su título. El catalán no forma parte de una raza diferente del resto de los españoles. No existe, pues, la raza catalana. Lo que sí existe es el imparable frenesí de los catalanes para dar el coñazo a sus compatriotas y a la Unión Europea
Hace diez años, más o menos, mi amigo Eduardo Escalada me regaló un precioso libro, que a su aparición secuestró la Generalidad de Cataluña. El título del libro no busca la armonía. La Inferioridad de la Raza Catalana, y su prólogo, corre a cuenta de José María Salaverría, que fue un notable escritor vasco y primo del pintor Elías Salaverría, el obsesionado por Íñigo de Loyola. En casa tuvimos un enorme lienzo, junto a la puerta principal, que siempre me pareció horroroso, pero estaba prohibido decirlo, como si fuera pecado de alta gravedad. Mató a muchos mensajeros y cobradores de mis pufos en mis bares y discotecas preferidas. Para más datos y si algún bibliófilo tiene la suerte de encontrar un ejemplar posterior a su incineración, el diputado a Cortes por Barcelona, Caballé Goyeneche, de nombre de pila, José. Editado por Casa Editorial y Librería De la viuda del Puerto, Arenal 5, Madrid, 1918, y con el subtítulo Lerroux, Cambó y la Autonomía de Cataluña. Consuela saber que a principios del siglo XX había un movimiento separatista lo suficientemente pesaroso para que fuera contestado por un representante catalán. Pero me recreo en el título, porque no hay en España nadie que se atreva a titular un libro con esa dureza tan divertida.
Lo malo es que el título del libro destruye al libro. Salaverría intenta hacer pinitos amistosos, y acaba reconociendo que muchas páginas y ejemplos sitúan al catalán en un escalón más modesto que el conjunto de España. Y Caballé Goyeneche se recrea regodeándose en la burla. El libro es como un matasuegras sin pito. Mi ejemplar, por supuesto, no está a la venta, y en los tiempos bonancibles Marhuenda me lo pidió prestado, y al día siguiente lo recuperé. Con el poder de las empresas editoriales de la Cataluña de hoy, cuyo exponente máximo es un genial sevillano siempre nostálgico del paisaje de su sierra, nadie en la España hoy se atrevería a editar un título así. Quizá Pimentel, al que recuerdo que los derechos de autor están sobradamente vencidos y puedo poner a su disposición el destartalado tesoro.
Salaverría inicia su prólogo con un amargo mensaje. El libro se destruye desde su título. El catalán no forma parte de una raza diferente del resto de los españoles. No existe, pues, la raza catalana. Lo que sí existe es el imparable frenesí de los catalanes para dar el coñazo a sus compatriotas y a la Unión Europea, que se resiste a incluir el catalán como idioma oficial de la Unión Europea. Una lengua que apenas hablan tres millones de personas que pueblan nuestro conflictivo planeta, pretenden equipararse al español, el inglés, el francés y el resto de las lenguas predominantes.
El libro es, pues, un delicioso fracaso. El propio Caballé lo titula con un gravísimo error que destruye su obra. La raza catalana no existe. Su lengua es limitada, y parece ser que los miles de millones de euros invertidos en su expansión han dado más de no que de sí. Pero ellos siguen en su isla –su Illa–, y así les va.