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Cosas que pasanAlfonso Ussía

Lo antiguo

Antiguas son las cajas de música, el «póngame a los pies de su señora», y antiguos, aunque se crean modernos, los separatistas uniformados de juventudes mussolinianas o locutores de la SER. Antiguos son los chinos, miles de años inventando torturas malvadas. Antiguos y corruptos, los sindicatos

Mi cuñado, el doctor Javier Hornedo, humanista especializado en enfermedades oncológicas, jefe de Oncología durante muchos años en La Quirón Pozuelo y en el Ruber, después de formarse en Baltimore y una mediana estancia en Barcelona, tiene un problema grave. Desde que se ha jubilado le dan más la tostada –yo, el primero–, que cuando estaba en activo. Es el sabio certero que abusa de su humildad y su ingente sabiduría, humanidad y simpatía, aunque si le da por la sequedad corta el curso del Manzanares. Un paciente lo llama todos los días. Tiene un problema grave. Los sustitutos no cuentan con su confianza, y aunque tiene una salud primaveral, como la de Karina en el desván de los recuerdos, uy uy uy uy, no se siente a gusto con los que han heredado su tratamiento. Su expaciente es tan antiguo, que es de los pocos que quedan que se planta en Telefónica y pone conferencias. «Te he llamado por conferencia y siempre estás comunicando…» Lo último ha sido por culpa de un oncólogo peruano. No confía en el Nuevo Mundo. «Me han encomendado a un médico indígena que desea vengarse de mis antepasados». Y es tan antiguo que nadie es capaz de aliviar sus temores, no sus tumores que ya los tiene aliviadísimos.

Cela decía que los sarasas pierden las formas cuando se detienen ante un escaparate o llevan a los toros un abanico para airearse. Se llevaba fatal con el antepenúltimo duque de Alba consorte, Jesús Aguirre. Hacía calor en Las Ventas y el consorte sacó un abanico morado con reflejos rosas y comenzó a abanicarse. En la siguiente reunión de la RAE, se fue directo al duque. –Oye, querido, por decir algo, en la RAE hay ocho homosexuales, pero no presumen de ello. Lo antiguo y lo correcto es llevar las pasiones escondidas. Yo tampoco presumo de lo contrario.

La Reina María Cristina, Doña Virtudes, era austríaca y no excesivamente entregada al júbilo. Era Sagasta, el que terminaba de sustituir a Cánovas, que a su vez ya tenía previsto dimitir a favor de Sagasta. Sagasta era riojano, y para dedicarle con su nuevo Gobierno unas palabras a la viuda de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII, empleó un formulario antiquísimo, como un álbum de firmas. «A los Reales Pies de Vuestra Majestad». La Reina era una mujer poco dada a las bromas, y cuando Sagasta llevaba varios minutos de perorata, Doña Cristina le interrumpió, rompiendo los cánones del protocolo. «Señor presidente, se ha puesto Vuestra Excelencia a mis Reales Pies. Llevamos más de cinco minutos y todavía no se ha dignado ni mirarlos. Están muy desanimados». Cánovas, que se hallaba presente comentó: «No se preocupe Vuestra Majestad. Ya se está preparando su futuro.».

El gran político, el ingenio más cortante de Madrid lo llevaba en su sentido del humor don Francisco Silvela, autor, junto a Santiago Liniers, de La Filocalia, el primer tratado de la cursilería –«cursería» según los coetáneos. Todavía no volaban los aviones en desplazamientos habituales, pero sí rodaban los primeros coches y traqueteaban los trenes sobre las vías. Y decía Silvela: «Lo más detestable que puede hacer un hombre es hablar de automóviles y no de coches, y de ferrocarriles refiriéndose a los trenes». Aborrecía la polka El Ferrocarril de uno de los Strauss, que cuya interpretación cerraba las fiestas de tronío. A ellos se uniría posteriormente el «automóvil». Silvela era brutal al respecto. «El que diga automóvil, ferrocarril, aeródromo a menos de tres pasos de mi ser, ya sabe lo que le espera. Parque del Oeste y duelo con pistola.»

Antiguas son las cajas de música, el «póngame a los pies de su señora», y antiguos, aunque se crean modernos, los separatistas uniformados de juventudes mussolinianas o locutores de la SER. Antiguos son los chinos, miles de años inventando torturas malvadas. Antiguos y corruptos, los sindicatos. Antiguas las fotografías de novios cuando parten la tarta que posteriormente intoxicarán a los invitados a la boda. Pero nada más antiguo que «poner conferencias».

Y atreverse a ello.

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