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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

¿Hasta dónde, hasta cuándo, hasta cuántos, Señor Sánchez?

Sí, estamos gobernados por mafiosos. Sí, pero lo estamos porque nos da la gana. Electoral. Vuelvo al maravilloso Étienne de La Boétie. Siglo XVI: «Los hombres nada desean menos que la libertad. Si la deseasen, la tendrían».

No, al hermano del presidente del gobierno no vamos a verlo en la cárcel. Al menos, de momento. Al menos, no por esta condena. Por ahora, tan sólo, cae sobre él el oprobio de una inhabilitación. Nueve años de minusvalía moral y ciudadana para un prevaricador. No es poco. Lo peor, puede que ande aún de camino.

De momento, al ingenioso autor de la cosa de las chirimoyas se le condena sólo por minucias administrativas. Haberse hecho, sin más mérito que la fraternidad monclovita, con un puesto docente pagado por el erario público: habérselo, así, sustraído al resto de concursantes, cuyos méritos no admitían comparación con la que la sombra del marido de Begoña proyectaba sobre el Conservatorio de Badajoz. No haber cumplido con ninguna de sus tareas docentes. Haber cambiado la denominación de la plaza a su capricho. No saber siquiera en qué lugar físico se encontraba un puesto de trabajo que jamás pisó… Una joya, el hermano artista. Pero no, al menos por este asunto, no pisará la cárcel. Puede tranquilizarse el señor presidente. No es más que una cuestión de honor. Digo yo que, para gente de su altura, honor y prevaricación son muy poca cosa.

Puede que tampoco la esposa presidencial vaya a verse obligada a pisar el presidio. De momento, todo está en el aire. Será juzgada. Por un jurado popular. O sin él. Pero será juzgada: eso sí es ya materia irrecurrible. Los cargos son, esta vez, algo más contundentes que los que llevaron a la deshonra del «maestro Azagra». Ante la justicia, doña Begoña Gómez habrá de responder por delitos de tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida y malversación de fondos públicos. A la vista de la sentencia que acaba de caer sobre su cuñado, la perspectiva de la esposa de Pedro Sánchez parece anunciarse más que sombría. Lo de las chirimoyas es casi una travesura infantil, comparado con los cargos que se imputan a la inquilina de la Moncloa.

Sin comparación más sombrío que el de los dos parientes, se anuncia el horizonte de don José Luis Rodríguez Zapatero. Mentor y compinche del actual presidente. Hasta tal punto seguro de haber delinquido, que ni siquiera hace un esfuerzo por negarlo. Hasta tal punto cínico, que sólo persigue salvarse de la cárcel por la vieja técnica mafiosa de la prescripción: sí, cometí el delito, pero, como habéis sido demasiado lentos en enteraros, no podéis ya hacerme absolutamente nada. ¡Chincha rabiña! Corte de mangas procesal: me quedo con los joyones y hago lo que me dé la gana. Y, encima, los míos me felicitan por haber sido tan listo y barrer tan bien para casa… Veremos si los jueces se avienen a la jugarreta de las joyas prescritas. Veremos si el resto de los negocios sucios de Zapatero y su familia prescribieron también. Lo dudo. Y veremos –lo dudo todavía más– si el P. S. lo sigue defendiendo cuando sea condenado. Si es que ese día llega.

Y queda aún lo más grave. Queda el dinero venezolano que financiaba al PSOE y puede que a buena parte de la llamada Internacional Socialista. Quedan las cuentas en Dominicana. Los paraísos fiscales. Queda la SEPI, haciendo almoneda de bienes públicos cuyo valor se extinguía en los birlibirloques de mordidas oscuras entre partidos y mandamases… Queda el robo a lo bestia. Queda esa desvergüenza que, aparentemente, los electores toleran, porque el ladrón «es de los nuestros». Y porque, al cabo, «a la política se viene a robar, ¿quién va a quejarse de eso?».

Sí, estamos gobernados por mafiosos. Sí, pero lo estamos porque nos da la gana. Electoral. Vuelvo al maravilloso Étienne de La Boétie. Siglo XVI: «Los hombres nada desean menos que la libertad. Si la deseasen, la tendrían».

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