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Pecados capitalesMayte Alcaraz

La vileza contra el Rey

Para Sánchez, el cariño ciudadano hacia el Monarca y su prestigio es un doloroso recuerdo del rechazo que genera él

¿Cómo ha llegado Noruega a tener a Mette Marit de reina consorte? Pues por la misma razón por la que tenemos aquí a un acomplejado de presidente del Gobierno que solo vive ya para derrocar a nuestro Rey: degenerando. Solo así se puede llegar al nivel de inquina y falta de respeto institucional que destiló Pedro Sánchez en los micrófonos de la Ser, lo que culminaba un desapego labrado durante los ocho años que lleva en Moncloa. Sus palabras contra Felipe VI herían no tanto por su contenido sino por el tono desdeñoso y chulesco con el que las pronunció. Más allá de que ni siquiera supiera los años exactos de su Reinado, lo preocupante fue escucharle verbalizar lo que es una impugnación de nuestro modelo de Estado, una impugnación liderada desde el propio Gobierno de ese Estado. Mejórenlo.

Sánchez quiso dar otra vuelta de tuerca a la estrategia aventada este verano por Óscar Puente de manchar la imagen del Monarca para salvar la del Gobierno. Afeó que Don Felipe no haya viajado a Ceuta con la perversa intención de que creyéramos que no lo ha hecho, no porque los distintos presidentes (él, sobre todo) no le hayan refrendado, sino porque al Rey no le ha dado la real gana. Lo dice un presidente que, abusando de su prerrogativa constitucional, prohibió al jefe del Estado, para que no le estropeara su luna de miel con los separatistas catalanes, que viajara en 2020 a Barcelona para presidir la entrega de despachos a la promoción de jueces en la sede de la Escuela Judicial. Es tal su grado de vileza que ha cuadrado el círculo: entre un Rey constitucional y escrupulosamente democrático y el sultán feudal de una dictadura, prefiere a este segundo. De ahí que eche sapos y culebras desde que nuestro jefe de Estado manifestara en un mensaje, solo un día después de la avalancha, su apoyo a los ceutíes, recibiera a su alcalde-presidente en Marivent y no se aviniera a llamar a dar las gracias al invasor, como le pidió en su nombre un ministro.

Cuando infectaron con el sistema de espionaje Pegasus el móvil de Sánchez, volvió a repetirse la historia ya conocida de un presidente chantajeado por los malos de la película. Antes lo fue por los proetarras de Bildu, a los que había que pagar su apoyo parlamentario soltando terroristas a cascoporro o a los separatistas catalanes a los que amnistió, en la decisión más corrupta de la democracia, para evitar que el perdedor de las elecciones —él— tuviera que volver a su casa de Pozuelo de Alarcón. Desde hace cuatro años, el mismo inmoral ha tenido que alzar primar a un régimen dictatorial agresor, no vaya a ser que los 2,6 gigas de información que le clonaron terminen en la portada de cualquiera de los periódicos oficiales de Rabat. Ya pasó con la famosa carta que escribió en secreto al Palacio marroquí para romper con nuestra tradicional política en el Sáhara, sumándose al plan de Mohamed, como había hecho ya Trump en su primer mandato.

Si Zapatero ya desenterró todos los demonios de la guerra civil, quedaba que su hijo putativo acabara con el último dique de la democracia representativa, que es el Rey Felipe y la institución que encarna. Para Sánchez, el cariño ciudadano hacia el Monarca y su prestigio es un doloroso recuerdo del rechazo que genera él. Paiporta fue la demostración clara de ese tan diferente estado de ánimo ciudadano que provocan la primera y la segunda magistratura española. Si hiciera caso a Felipe González, se habría hecho cargo de él y habría dimitido.

Monarquía, prensa, justicia y clases medias han sido desde sus albores los cuatro pilares de nuestra democracia y contra ellos arremete el Gobierno socialista sin descanso. En su última escapada antes de los comicios generales, es La Zarzuela el objetivo. ¿Por qué? Porque el Rey es la única contrafigura poderosa que tiene Sánchez.

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