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23 de julio de 2024

en primera líneaAndrés Muñoz Machado

El gran derroche

El uso correcto de los alimentos es uno de los grandes retos de nuestra época, muy relacionado con el hambre, con el cambio climático, con los problemas energéticos

Actualizada 01:30

El «Quijote» recoge la descripción de las bodas de Camacho, donde la comida preparada para los invitados era tan abundante que causa el estupor de Sancho, que, cautivado, se dispuso a participar en el banquete y a reponer sus alforjas. Semejante demasía mostraba la riqueza de los novios, a la vez que daba lugar a una enorme cantidad de sobras, que se distribuirían entre los más necesitados y que, por unos días, contribuirían a paliar su hambre.

El planeta de nuestros días, mucho más habitado que el del Ingenioso Hidalgo, con muchas personas acosadas por el hambre y con una gran preocupación por la eficiencia, debería mostrar una faz bastante diferente de la de las bodas de Camacho. Sin embargo, no parece que ello sea así.

No hace mucho se comenzaron a aplicar en muchas entidades, entre ellas instalaciones turísticas y de salud, las técnicas de logística inversa. Consisten en tratar de juzgar la gestión de sus directivos partiendo del análisis de los objetos depositados en los cubos de la basura. Muchos desechos podían mostrar una mala gestión de compras, por ejemplo. Los resultados fueron realmente excelentes y permitieron identificar bastantes prácticas deficientes de gestión. Pensando, desde el punto de vista de la logística inversa, hay que preguntarse que encontraríamos si, en lo que se refiere a la alimentación, examináramos un enorme cubo de basura que recogiera todos los desperdicios alimenticios de nuestro Mundo y qué conclusiones podríamos obtener de su análisis.

Las estadísticas de los últimos años muestran la existencia de un inmenso derroche en el aprovechamiento de los recursos alimenticios de nuestro planeta. Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), semejante cubo de la basura mostraría que alrededor de la mitad o un tercio de los alimentos disponibles se desechan, unos mil trecientos millones de toneladas al año, con un valor de unos 936.000 miles de millones de dólares.

Las Naciones Unidas, ante hecho tan escandaloso, incluyeron, entre sus Objetivos de Desarrollo Sostenible, el Objetivo «Hambre Cero»: «Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible». Su propuesta era hacer desaparecer el hambre en 2030. Otras instituciones, como la UE, se propusieron reducir los desperdicios alimenticios en un 30 por ciento para 2025 y un 50 por ciento en 2030.

Un hecho divulgado por economistas de relieve es que las grandes hambrunas no han sido causadas por falta de alimentos sino por la dificultad de hacer llegar los existentes a quienes los necesitan. Se estima que unos 690 millones de personas están alimentadas de modo deficiente. Una comparación de esta cifra con las de desperdicios de alimentos parece dar la razón a los autores citados. Nuestras instituciones no parecen saber como redistribuir, reutilizar y reciclar los productos disponibles.

Ilustración: desperdicio

Paula Andrade

El despilfarro de alimentos tiene consecuencias sobre el bienestar y el cambio climático. Así, la industria agroalimentaria mundial consume un 30 por ciento de la energía producida y emite un 22 por ciento de los gases de efecto invernadero. A ello ha de sumarse el empobrecimiento del suelo y la degradación de los medios marinos, cuando sufren una explotación excesiva.

Se han creado programas y entidades que tratan de mejorar la situación. Sirvan de ejemplo los bancos de alimentos que, en Europa, han llegado a distribuir hasta ochocientas mil toneladas de alimentos a unos diez millones de personas; o la estrategia de las Naciones Unidas «Hambre cero», la europea «de la granja a la mesa» o la española «más alimento, menos desperdicio».

Se estima que la población mundial alcanzará los nueve mil millones de personas en 2050 y que, para entonces, la producción de alimentos deberá haber aumentado en un 70 por ciento. (FAO «Cómo alimentar el Mundo en 2050»). Ello supondrá un aumento importante de las inversiones en agricultura y un perfeccionamiento de todas las actividades que forman parte del sistema agroalimentario, es decir, de la producción, procesado, distribución y consumo de alimentos. Las técnicas foodtech, que incluyen la Inteligencia Artificial y sus aplicaciones a la producción agrícola, a la alimentación animal, a la fabricación de compost, al abonado eficiente, la fabricación de biocombustibles, el uso de drones contribuirán también a ello.

La sociedad de comienzos del siglo XXI parece querer desarrollar unas costumbres que se alejan de lo que Cervantes mostraba en las bodas de Camacho. Algunas emisoras chinas televisan programas en los que se muestra cómo se cumplen sus leyes de «residuo alimenticio cero» en sus restaurantes. En nuestra Europa no era común, hace solo unos años, que los clientes de un restaurante retirasen al irse la comida sobrante. Parecía algo propio de americanos o de chinos y no de la elegancia europea. Hoy va siendo cada vez más frecuente hacerlo.

La FAO dice, en alguna de sus publicaciones: «El mundo cuenta con los recursos y la tecnología necesarios para erradicar el hambre y garantizar la seguridad alimentaria a largo plazo, a pesar de los múltiples desafíos y riesgos que existen. Habrá que movilizar la voluntad política y crear las instituciones necesarias para garantizar que las decisiones clave sobre las inversiones y las políticas para erradicar el hambre se tomen y se pongan en práctica de manera eficaz».

El uso correcto de los alimentos es uno de los grandes retos de nuestra época, muy relacionado con el hambre, con el cambio climático, con los problemas energéticos. Su solución pasa por la educación en el uso de los recursos, intentando salvar las importantes barreras económicas y sociales existentes y apoyando la colaboración y la solidaridad. También, quizás, con que entre los regalos navideños se incluyan libros, tan enraizados en la cultura de Occidente, como la Canción de Navidad, de Dickens, o El espíritu de la Navidad de Chesterton.

  • Andrés Muñoz Machado es doctor ingeniero industrial
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