Autoritarismos de antes, autoritarismos de ahora
La libertad de prensa, como forma de libertad de expresión, es un requisito para el control de los poderes públicos por entidades privadas, o al menos independientes, que son los medios de comunicación
Todo comenzó la mañana del 16 de mayo. Era una reunión del Politburó en Pekín, pero esta vez, en lugar del tradicional debate sobre políticas, se produjo una movilización en pro de la agenda política de Mao Zedong. La retórica política para conseguir este objetivo incidió en la demonización a los llamados «revisionistas contrarrevolucionarios», quienes presuntamente se hallaban en el partido, el gobierno, el ejército, entre los intelectuales, los medios de comunicación, o en esferas sociales como la cultura. En definitiva, para acabar con todo disidente con Mao. Así comenzaba la Revolución Cultural Proletaria y el «terror rojo» de manos de la Guardia Roja; la Policía que les hizo frente fue retirada. Lo más sorprendente del caso, es que Mao Zedong llevaba ocho años retirado del poder tras el estrepitoso fracaso de su «Gran Salto Adelante»; iniciativa que colectivizó el campo, retiró mano de obra masiva para una industrialización sin medios, provocó la hambruna de su pueblo y más de un millón de muertos, sumiendo a China en una situación de caos absoluto, sin orden, ni ley.
La toma de todos los resortes del Partido que hemos descrito le permitió volver a ser su líder indiscutible aunque no recuperara la más alta representación del país. A partir de este momento comenzó una campaña masiva para recobrar la reputación del amado líder. Quizá uno de los ejemplos más representativos de esta época y de la adulación superlativa, sea el protagonizado por un hecho irrelevante: la crisis del mango. Cuando Mao mandó a su equipo de propaganda unos mangos regalados al líder por el presidente de Pakistán, la exótica fruta pasó a convertirse casi en objeto de culto por proceder de quien procedía. Habida cuenta de las reminiscencias con algún caso muy reciente en estas latitudes de la piel de toro, merece la pena la transcripción literal del comunicado del receptor:
En la tarde del cinco, cuando las felices nuevas de que el presidente Mao envió un regalo de mangos al equipo de propaganda ideológica de trabajadores […] llegaron a la sede de la Universidad Tsinghua, la gente inmediatamente se arremolinó en torno al regalo enviado por el Gran Líder Presidente Mao. Un entusiasta clamor se elevó entre cánticos de irrestricto abandono. Lágrimas anegaron los ojos y una y otra vez resonaron los votos para que nuestro amado Gran Líder viva miles y miles de años sin fin... Todos hicieron llamadas a sus respectivas unidades de trabajo para difundir la grata noticia y también organizaron todo tipo de festejos celebratorios durante toda la noche, y se personaron en [la sede del liderazgo nacional] a pesar de la lluvia para informar de las buenas nuevas y para expresar su lealtad al Gran Líder Presidente Mao.
Es evidente (¿lo es?) que el modelo chino maoísta no puede ser pauta que guíe a una democracia occidental europea del siglo XXI. El poder siempre ha sido una tentación para sobrepasar los límites que garantizan la permanencia de un sistema democrático. Los contrapesos se sitúan en el Parlamento, en el poder judicial, en los medios de comunicación libres, y en un ejército fiel a la Constitución y a la patria por encima de consignas políticas.
Lo que ocurre cuando se quiere convertir a alguno o varios de estos poderes en un resorte más del poder, anulando su función original, ha sido descrito por Adam Przeworski como la mecánica del retroceso democrático; una erosión incremental en la que el filósofo distingue una serie de pasos que conviene identificar. Las más destacadas son las flagrantes violaciones de las normas establecidas; entre ellas, el recurso al referéndum para sortear barreras institucionales, o el control de los tribunales, principalmente del Tribunal Constitucional, para garantizar la «constitucionalidad» de cualquier decisión adoptada por el Ejecutivo. Pero antes de llegar a esto, encontramos medidas tan sutiles que pueden pasar desapercibidas por los ciudadanos, tales como la paulatina politización del aparato estatal y de los medios de comunicación, la extensión del derecho de voto a ciertas categorías de ciudadanos y la negación a otros dificultando el ejercicio del derecho de sufragio, o políticas culturales y educativas que eliminen la disidencia mental de cualquier sector de la población; algo que en la China de Mao, se conocía como la purga de «elementos impuros». Aunque legalmente adoptadas en nuestros días, estas medidas impactan negativamente en la democracia al modificar las mayorías que surgirían naturalmente de no haber sido adoptadas.
Todo ello produce una polarización creciente de la población, la incapacidad de la oposición de ganar las elecciones, que las medidas de control al Gobierno sean ineficaces, y que el debate o la protesta popular sean reprimidos. Desaparece, en consecuencia, la reflexión crítica y se amordaza la libre expresión, de cuya mano se evidenciaría a un Ejecutivo progresivamente iliberal.
La libertad de prensa, como forma de libertad de expresión, es un requisito para el control de los poderes públicos por entidades privadas, o al menos independientes, que son los medios de comunicación. Solo la independencia de estos, económica y política, y su pluralidad, permite constatar y denunciar los pasos de esta deriva, desenmascarar las retóricas que ocultan auténticas medidas antidemocráticas, y denunciar el culto a la personalidad del líder prevalente en los regímenes autoritarios, con cuyo ejemplo iniciábamos esta columna.
Solamente con gobiernos limitados por la separación de poderes que Montesquieu ensalzara se impide una «usurpación del poder» antidemocrática, aunque desde la democracia. En definitiva, se trata de conseguir democracias no solo nominales sino respetuosas con la igualdad, la libertad y la justicia, solo posibles dentro de las pautas de un Estado de derecho.