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TribunaJuan Alfredo Obarrio Moreno

Pedro Sánchez o el lado equivocado de la Historia

Sabemos que este hombre de alma de metal ha traspasado todos los límites de la decencia política, a la que ha desdibujado y mancillado sin pesadumbre alguna

En un alarde de retórica vacía, propia de un narcisista sin límite alguno, nuestro querido presidente cree que ha situado a España en el lado correcto de la historia. Que un socialista hable en estos términos solo se debe a que o bien desconoce su pasado o bien miente a sabiendas. En este caso, intuimos que se ajusta a ambos supuestos. Le pregunto, sin acritud alguna, que diría F. González: ¿Cuándo ha estado el PSOE en el lado correcto? ¿Lo estuvo con las amenazas de muerte de su fundador, con los discursos gerracivilistas de Largo Caballero (desde 1933), durante los cuarenta años en los que se dedicaron a tomar copas en los guateques de la gente chic, con la chapuza de los GAL, con los famosos brotes verdes (cinco millones de parados) o con quien nos miente sin amargura y sin desaliento? Al igual que le sucede a Dorian Gray, el espejo de la historia les retrata, y, al hacerlo, les recuerda, con Faulkner, que «el pasado no pasa nunca, ni siquiera es pasado; el pasado es sólo una dimensión del presente», un presente tan inquietante como lo es el personaje que preside nuestra nación. Por esta razón, le recuerdo que la memoria, esa que tanto reivindican, tiene sus servidumbres y sus gabelas, y estas les delatan sin piedad alguna.

Que nadie se engañe. Pedro Sánchez dista mucho de ser ese líder interplanetario que sus amanuenses nos quieren trasladar. Carece de grandeza histórica, de coherencia social, de moral, de lealtad y de verdad política. Pero cuenta con una baza a su favor: sabe de la falta de memoria del pueblo español, y éste es un recurso infalible del que se vale una y otra vez. Esta realidad, con ser preocupante, no es la peor. Lo que realmente nos debería inquietar es hacia a dónde está llevando el destino de nuestra nación.

Sabemos que este hombre de alma de metal ha traspasado todos los límites de la decencia política, a la que ha desdibujado y mancillado sin pesadumbre alguna. Saberlo no nos exime de asumir nuestras obligaciones. Saberlo no nos permite vivir en un permanente muro de las lamentaciones ni en una laxa quietud. Saberlo nos obliga a alzar nuestra voz y a ponderar nuestro voto. Saberlo nos exige reprobar a unos gobernantes que no respetan el Estado de derecho, que no garantizan la integridad de la nación (seguramente porque la palabra patria les resulte malsonante), o que se permiten el lujo de calificar de anomalía, cuando no de demencia colectiva, a quienes nos atrevemos a censurar sus tropelías. Lo que no saben es que nosotros nos limitamos a situarlos frente al implacable espejo de sus palabras y de sus actos.

No cabe duda de que nos encontramos ante un momento crítico. Éste nos plantea un desafío ético y político, tan profundo que condicionará el futuro de nuestras vidas. Éste nos exige valentía, coherencia y sentido del deber. Diría más: nos obliga a permanecer en estado de constante vigilancia frente a las continuas injerencias y corruptelas de un político y de un partido que amenaza con erosionar nuestros derechos y libertades.

Como se desprende de nuestras palabras, éste no es tiempo para entregarse a un socorrido, pero inerme victimismo. El momento que vivimos requiere de una decidida defensa de nuestra condición de ciudadanos. El riesgo de que ésta se convierta en una mera quimera no es teórico. Lo vemos con la ley de nietos. Lo vemos con las amenazas físicas y verbales a los jueces, a los que se vilipendia sin decoro alguno. Lo vemos con las coacciones, nada veladas, al futuro tribunal popular que ha de juzgar a una tal Begoña Gómez. Lo vemos con los dosieres sobre periodistas que ha elaborado el Ministerio de Marlaska. En ellos se señala a los que son afines. A ellos, las prebendas. A los que comenten la herejía de tener un espíritu crítico, el insulto más rastrero posible. Ante estos hechos, tan sectarios como irracionales, solo podemos preguntarnos, no sin cierta tristeza: ¿en qué fosa séptica han sepultado las sacrosantas garantías constitucionales? Respondemos: en ese cajón del olvido donde guardan la decencia.

Lo reiteraremos cuantas veces sea necesario: no podemos silenciar nuestra voz. Nuestra quietud constituiría no solo un acto de cobardía, sino un imperdonable suicidio moral. De él darán buena cuenta las futuras generaciones, quienes nos reprocharán, y no sin razón, nuestra pérdida de voluntad, y con ella, de autonomía.

Escribió Machado: «Ni está el mañana –ni el ayer– escrito». Es cierto. No lo está. A nosotros nos toca el coraje de escribirlo. Nos toca auscultar, y sentir, como propia, la gastada piel de nuestra nación. Si lo hacemos, el reverso de la medalla empezará a verse claro, tanto que nos impedirá que otros nos suplanten nuestro futuro. Mientras tanto, nos queda el consuelo que nos dejó la sabiduría de los clásicos: Dum spiro, spero. «Mientras respiro, tengo esperanza». Tengo la esperanza, que no la certeza, de que el fúnebre paisaje al que nos ha llevado un enfermo que desconoce su enfermedad sea extirpado de nuestras vidas. Es mi alegato contra la resignación. El único que me queda.

Juan Alfredo Obarrio Moreno es catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Valencia
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