28 de mayo de 2022

Lo escribí la última vez. A esos soldados del amor, soldados sin batalla (cultural), raudos a la hora de apreciar el `perdón´ de gente como Otegi y medianamente pelmazos con sus compañeros de pescante, les cuesta distinguir entre fines y medios. Si hay algo que transforma sus cuartos traseros en Calisay, por lo menos con la misma intensidad que eso del «diálogo», es la institución del `pacto´. De ahí los epítetos grandilocuentes que dedican algunos al acuerdo. Como si el mero hecho de transigir en un mercado persa, como es el que rodea al mundo de la política o las ideas, fuera algo digno de encomio. Pues depende.
No estamos en un juego de mesa y no se trata de saber ganar o perder, sino de practicar la prudencia. La Historia reciente, incluso la personal de cada uno, nos enseña que hacer ciertas concesiones, a la larga, trae más problemas de los que se pretendían resolver en un principio. En esto de terminar con ciertos conflictos o diferencias, lord Chesterfield aconsejaba a su hijo seguir la fórmula de Quintiliano: suaviter in modo, fortiter in re.
Ser suave en las formas no es fácil. Siempre hay margen de mejora. Sin embargo, ciertos principios están fuera del comercio de los hombres. Estos tienen que ver con la naturaleza de las cosas, con aquellos bienes jurídicos cuya protección hizo de nosotros una sociedad alejada de la selva o la tribu, que es donde nos quieren llevar más a menudo de lo que algunos quisiéramos. Por supuesto, en nombre de llamativos anzuelos conceptuales como `libertad´, `amor´, `tolerancia´, `diversidad´, `sostenibilidad´, `igualdad´, `democracia´ o `derecho´.

Mucho de la modernidad es una constante caída del hombre, cada vez más indefenso, en las garras de su propio endiosamiento

El diablo es el rey del engaño y ya sabemos que el infierno está empedrado de buenos sentimientos –y decorado con obras de arte de Marina Abramovic–. No se negocia el mal y tampoco se le premia. Hacerlo sería caer en una especie de pacto fáustico y de estos ya hemos tenido bastantes desde finales del siglo XVIII. De hecho, mucho de la modernidad es una constante caída del hombre, cada vez más indefenso, en las garras de su propio endiosamiento. Sin Dios, el exceso de luz sólo ciega y el sueño de la razón produce monstruos. Hasta tal punto que pueden conducirnos a la fabricación revolucionaria del `hombre nuevo´, fracaso burgués que trajo las columnas infernales de Turreau y otros muchos escenarios dantescos de los que la Humanidad ha sido testigo hasta hace no mucho. Y lo que podría quedarnos. Quizá no por la vía de la eliminación física, sino moral o espiritual.
El hombre de la «nueva normalidad», siervo de la gleba de los GAFA; caprino pastoreado por funcionarios bruselenses o instituciones supranacionales cuyos miembros nadie ha votado; carne de filántropo que nos promete nuevas distopías; circulante con salvoconducto sanitario entrampado en una deuda que nunca pidió y parte, sin desearlo, de una guerra en la que Warren Buffett dice que los suyos van ganando, no pinta bien. Pero no debe haber miedo, sino esperanza.
Ciertos intelectuales nos explican, de manera brillante, que el miedo al porvenir es la nueva nostalgia. Compro la tesis. Ahora, tampoco puedo culpar a aquellos que añoran una España con un nivel de convergencia del 83 % con la CEE, un tejido industrial que representaba el 36 % del PIB, 700.000 empleados públicos y unas cifras de paro y deuda insignificantes. Pero claro, no todo es macroeconomía.

Teorizada la nostalgia 2.0 como miedo al mañana, lo interesante sería saber cómo evitarla, cómo afrontar o perder el temor al futuro

Ahora vivimos mejor que nuestros padres. Podemos elegir a nuestros implantadores de agendas, aspirar a un trabajo regulero en el sector terciario, hipotecarnos hasta la camisa (de Inditex), ver carne sin necesidad de atravesar los Pirineos y, de momento, ir a Gotemburgo a pillarnos una buena y a no hacer prisioneros del sexo opuesto, como si fuéramos un regimiento de húsares en territorio conquistado. Esto último a mayor gloria de alguna beca europea o a los placeres de un viaje low cost que transforma el cielo en infierno. Dicho lo cual, creo que el destino más noble que puede darse a un viático de estudios llamado `Jean Monnet´ o `Robert Schuman´, si es que existe, es invertirlo en desarrollar nuestra europeidad. Es decir, en dar brillo a nuestro lado más imperial. Que no sepan si atacamos con la espada ropera o la daga vizcaína. No fiarse de quien no utiliza el aceite de oliva y bebe cubatas de dosificador (¡horror, el repliegue identitario!). Y, por supuesto, no rendirse.
La desesperanza es algo que gusta al príncipe de este mundo y no podemos permitírnosla. Sin embargo, teorizada la nostalgia 2.0 como miedo al mañana, lo interesante sería saber cómo evitarla, cómo afrontar o perder el temor al futuro.
Que los cristianos conozcamos el final del cuento no implica que podamos quedarnos como vacas que miran pasar el tren. Todavía hay muchas páginas por escribir y Dios ayuda a quien se ayuda. Una actitud indolente o la querencia por la victoria pírrica pueden acostumbrarnos a pasar por alto que lo innegociable no se pacta.
Y así, sin ingenuidades, conociendo la medida de las cosas, el futuro será ilusionante. No es nostalgia pero tampoco un secreto que el arraigo, la familia, o el trabajo digno han funcionado siempre como piedras de toque antropológicas. También como motores de progreso.

Esperanza Ruiz

Ilicitana valencianizada. Enredo en botica y escribo artículos. De la cantera de El Debate de Hoy. Muy responsable de mi sección literaria en Leer por Leer. Autora del libro Whiskas, Satisfyer y Lexatin en Ediciones Monóculo.
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