04 de julio de 2022

Carlos Marín-Blázquez
Radiaciones

Adanes soberbios

En el curso de un imparable proceso de degradación, hemos asistido a la eclosión de una clase dirigente que encarna los valores opuestos al bien común

Es curioso cómo ciertos fogonazos de la memoria iluminan el pasado con una vocación de exactitud que cifra en un solo retazo el espíritu íntegro de una época. Hay imágenes cuyo cariz retrospectivo estriba en esa capacidad, hasta cierto punto misteriosa, para, a través del escueto testimonio de su evocación, volver a ponernos ante los ojos el contorno preciso de un tiempo. Ahora, cuando cada día amanece rebosante de titulares que resuenan con un estruendo de apocalipsis, con la estridencia propia del tumulto de un tiempo desquiciado, yo me acuerdo –seguramente porque el escandaloso encarecimiento de la energía que padecemos provoca en mí esa conexión instantánea– de un anuncio de mi niñez en el que el gobierno de la época (eran los años de la Transición, si la memoria no me traiciona) nos instaba a no malgastar nuestros recursos.
El anuncio, en aquel blanco y negro de los televisores de mi infancia, era sobrio e inequívoco. En él se veía a una persona que recorría todas las estancias de una casa dejando a su paso un reguero de luces encendidas. El eslogan que culminaba la secuencia, después de que una voz en off nos recordase que el nuestro era un país de muy limitadas reservas energéticas, resultaba de una eficacia taxativa: «Aunque usted pueda pagarla, España no puede». Para quien desee constatar hasta qué extremos la mentalidad colectiva ha experimentado una transformación radical a lo largo de los último años, lo llamativo del mensaje residirá en las tres palabras con que se cerraba el anuncio. Para empezar, el hecho de que la mera pronunciación del término «España» se haya convertido en un expediente problemático para una parte significativa de nuestros compatriotas ya es indicio suficiente del modo en que el cáncer de la politización ha logrado corroer hasta las realidades más básicas sobre las que se asentaba la vida en común.

Se hace difícil negar el aire de prepotencia que emana de esta estirpe de nuevos adanes

Pero además estaba ese «no puede»; es decir, la confesión de una impotencia, la declaración pública de una penuria asumida nada menos que desde el poder y difundida desde un medio, el televisivo, al que hoy tendemos a identificar con la manipulación de la realidad y el ejercicio de una incesante ingeniería doctrinaria. Era aquel anuncio, pues, un testimonio no sólo de una voluntad de mostrar la verdad tangible de las cosas, lo que ya de por sí supone el mayor gesto de respeto que una clase gobernante puede brindarle a la sociedad a la que está llamada a servir. Además, en su escueta factura, contenía también una pincelada de humildad, el esbozo de un delicado trazo de modestia que apelaba a la necesidad de salvaguardar un bien común en detrimento del individualismo derrochador de quien podía permitirse dilapidar ese recurso escaso.
Ese aroma de mesura es algo que desde hace tiempo se viene echando de menos en el contexto de nuestra vida pública. En el curso de un imparable proceso de degradación, hemos asistido a la eclosión de una clase dirigente que encarna los valores opuestos. Son, parafraseando a Sloterdijk, los hijos terribles de un tiempo en descomposición. Son aquéllos en quienes produce sonrojo comprobar cómo, a medida que su ineptitud se vuelve más evidente, con mayor agresividad se deja sentir su engreimiento. Son los desvergonzados propagandistas de sí mismos, los que no tienen empacho en exhibir su ignorancia y su lamentable carencia de formación porque no han conocido otra vida distinta a la que transcurre en el interior de una cálida burbuja enmoquetada, a resguardo del contacto con la intemperie callejera y sin otra necesidad más acuciante que no sea la de perpetuar sus privilegios.
Aun a sabiendas de que toda generalización es injusta, lo cierto es que se hace difícil negar el aire de prepotencia que emana de esta estirpe de nuevos adanes. Malversadores del sentido común, desdeñan, porque ni lo conocen ni lo creen necesitar, el depósito de experiencia imprescindible para intentar escapar del abismo al que nos dirigimos, y enmascaran su falta de solvencia con marrullerías de mercachifle y sobredosis de verborrea ideológica. No se trata, sin embargo, de un fenómeno inédito. En Tocqueville encuentro este dictamen tremendo acerca de un político de su época: «No sé si he encontrado, en este mundo de ambiciones egoístas en cuyo seno he vivido, un espíritu más vacío de pensamiento sobre el bien público. Tampoco he conocido un espíritu menos sincero ni que mostrara por la verdad un desprecio tan grande». El drama para una sociedad empieza cuando con esa clase de palabras se deja de describir un hecho aislado y se pasa a retratar el ambiente enrarecido de una época infestada de cinismo y desfachatez. El tiempo, en fin, de la soberbia.
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