04 de diciembre de 2021

Detalle de portada. «La tarde de un escritor y otros relatos» de Scott Fitzgerald

Detalle de portada. «La tarde de un escritor y otros relatos» de Scott Fitzgerald

Clásicos / Narrativa

Nunca sobrarán antologías de Fitzgerald

Los cuentos de Scott Fitzgerald, reunidos esta vez por Cátedra, son mucho más que meras anécdotas con un fogonazo de ingenio
Detalle de portada. «La tarde de un escritor y otros relatos» de Scott Fitzgerald

cátedra / 400 págs.

La tarde de un escritor y otros relatos

Francis Scott Fitzgerald

La editorial Cátedra recoge en La tarde de un escritor y otros relatos doce títulos de la producción cuentística de Scott Fitgerald. Escritor genial y arrollador, fue al mismo tiempo adalid y víctima del clima espiritual de su tiempo, los «Felices Años Veinte», cuyas tendencias disolventes constituyen la trama sobre las cuales tejió sus relatos y a las que entregó parte de su vida.
Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940) ha sido considerado la mayor voz de la «Era del jazz» o, como él la definió, «la mayor y más ostentosa juerga de la historia». Su primera novela –A este lado del paraíso– alcanzó un éxito fulgurante, que ninguna de sus siguientes novelas volvería a tener. La historia mil veces contada de sus deudas, su intemperancia, su difícil matrimonio con Zelda Sayre o su talento desperdiciado en Hollywood, ya casi ha entrado en el terreno del mito. Es de justicia recordarlo por una vez como el trabajador infatigable, el escritor de oficio, que fue. 
Escribió cinco novelas deslumbrantes, como El gran Gatsby, Suave es la noche o El último magnate, de la que se dice que hubiera sido su mejor novela de no haber muerto a los 44 años de un ataque al corazón, dejándola inconclusa. También publicó casi doscientos relatos en revistas y periódicos. No es de extrañar que cada cierto tiempo surjan nuevas recopilaciones de estos escritos dispersos.
Estos ocupan un papel muy relevante en el canon de su obra, aunque él mismo, en ocasiones, los despreciara. Comenzó a publicar relatos en 1909, once años antes de la aparición de su primera novela, y continuó escribiéndolos hasta el mismo mes que murió, en diciembre de 1940. Los cuentos que publicó en revistas de gran tirada – Esquire, Vanity Fair o Saturday Evening Post – le generaron muchos más réditos que las novelas. En ocasiones, Fitzgerald tuvo que dejar de lado l'art pour l'art para conferir a su literatura una dimensión crematística, lo que le metió de lleno en el circuito de la cultura de masas. Fitzgerald, que se confesaba incapaz de escribir deprisa y era, en palabras de su editor Max Perkins, un «perfeccionista redomado», nunca rebajó la calidad de su escritura. Aun cuando las deudas apretaban, no podía dejar de «contar la vida con la mayor elegancia de la que era capaz». Todas sus obras debían partir de una emoción y una experiencia singulares y todas ellas debían ser expresadas con palabras coloreadas y deslumbrantes.

Publicó casi doscientos relatos en revistas y periódicos. No es de extrañar que surjan nuevas recopilaciones de estos escritos

Su producción discurrió en paralelo a los cambios culturales de las primeras décadas del siglo XX norteamericano, aquellos que supusieron el paso de la Gran Promesa Americana al naufragio de la Gran Depresión. Como todos los escritores, Fitzgerald no tenía más remedio que repetirse: los sueños y aspiraciones generacionales; el glamour; la prisa juvenil; la lasitud de las costumbres; el florecimiento de la bolsa; y, por encima de todo, la intuición de que la vida «aunque rara vez aniquila, siempre desgasta», como sostenía Gloria en Hermosos y malditos.

Doce relatos

Los doce relatos que conforman la antología de Cátedra sirven como puerta de entrada a su maravilloso mundo. Están precedidos de un sustancioso prólogo general y breves introducciones a cada uno, junto a útiles notas. El editor ha dejado intencionadamente fuera aquellos más conocidos –El curioso caso de Benjamin Button, El diamante tan grande como el Ritz– para ofrecer una muestra variada que abarca desde la efervescencia juvenil del autor a sus últimos y desengañados años.
Incluso en aquellas obras –como Cabezas y hombro o Benice se corta el pelo– en las que se pliega a las fórmulas que le imponían los medios más convencionales, el escritor demuestra su encanto. La mayoría de estos cuentos serían considerados buenos por cualquier crítico responsable. El protagonista de El joven rico se dimensiona como un personaje de carne y hueso que acaba padeciendo una terrible soledad impuesta por su propio orgullo y suficiencia. A tu edad es un cuento simple y perfecto, cuyo protagonista pretende recuperar su juventud casándose con una chica mucho más joven que él. Aunque logra recuperar su voluntad de seducción, finalmente preferirá el fantasma del tormento al del ridículo personal.
Regreso a Babilonia y La tarde de un escritor son las piezas más autobiográficas de la antología y, por ello, las más amargas. En la primera de ellas encontramos la estela de Fitzgerald con su hija Scottie, pues es la historia de un hombre arrepentido que, después de tocar fondo, pretende recuperar a su hija, que ahora vive con su cuñada y su marido. Una de sus últimas piezas, La tarde de un escritor describe un día de la vida de un autor hastiado que ve cómo se seca la fuente de su imaginación. En esta obra, Fitzgerald evoca pasajes de su propio pasado, se burla de sí mismo y se venga de la crítica que lo presentó como un juerguista infatigable que escribía con una facilidad fatal. ¡Él, que como Flaubert, tanto sudó los tormentos del estilo, los esfuerzos del detalle!                      
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