08 de diciembre de 2022

Portada de «Ojos de gato» de Margaret Atwood

Portada de «Ojos de gato» de Margaret AtwoodSalamandra

'Ojos de gato': no lea este libro si tiene hijas pequeñas, o sí

Un libro sobre la reconciliación con los demás y con uno mismo, sobre la importancia de la memoria y una alerta sobre sus trampas

En el mundo editorial, cuando una novela no pertenece a ningún género suele denominarse «literaria» a falta de un término más adecuado. Me parece que da pie al error, pues da a entender que las novelas de género no son literarias, o peor aún, que las novelas de corte realista-contemporáneo han de ser por definición literarias.
Margaret Atwood es conocida por sus narraciones de género distópico. La célebre El cuento de la criada, su continuación en Los testamentos y la trilogía Madaddam se han convertido en clásicos. Ojos de gato es, por el contrario, una novela «literaria» y además de excelente calidad. Nos sirve, ya de paso, para desclasificar a la autora y mirarla, de acuerdo con el título, con otros ojos.
Portada de «Ojos de gato» de Margaret Atwood

salamandra / 506 págs.

Ojos de gato

Margaret Atwood

A pesar de ser una novela realista, los amantes de la Atwood distópica pueden, no obstante, disfrutar mucho de este libro. En cierta manera, las distopías son germen y consecuencia de la cosmovisión del creador y en esta novela la autora, oculta bajo la mirada de su personaje, describe la realidad tal y como la ve. Podemos decir que estamos ante una distopía de la cotidianidad, pues aunque no habla del futuro sino del pasado, el ambiente opresivo y la experiencia de la manipulación llega a cotas similares a la de sus mejores libros.
La artista plástica Elaine Risley vuelve a Toronto tras llevar media vida viviendo en el extremo del país, Vancouver. El motivo del viaje es una retrospectiva de su obra pictórica, pero esa revisión se convierte en una reconstrucción de su vida casi desde sus orígenes. En capítulos sucesivos la vemos revisitar su pasado mientras descubre una ciudad que no tiene nada que ver con la de su niñez y adolescencia. En sucesivas oleadas y enfrentamientos personales, vemos cómo la protagonista cura las heridas del pasado y se reconcilia consigo misma y con los demás hasta llegar a un final catártico.
Hay quien ha llamado a esta novela «de formación» (que está muy de moda) y, como no, de inspiración autobiográfica (o autoficción, aún más de moda). Cierto que la protagonista evoluciona, y que su vida tiene mucho en común con la de Atwood, pero el contrapunto constante de la protagonista adulta la acercaría a lo que podría llamarse novela de reconciliación o de purificación. También se puede utilizar el término griego de katabasis, o descenso a los infiernos. La protagonista indaga en su memoria olvidada para sanar sus heridas invisibles pero aun abiertas. El descenso físico al barranco tiene ese sentido de purificación y perdón.
Me parecen especialmente logrados, y en consecuencia terribles, los momentos en los que la joven Elaine se relaciona con sus amigas, entre los diez y los doce años. Los juegos de manipulación, crueldad y violencia encubierta que transmite en un mundo tan aparentemente inocente son sobrecogedores. Pueden ser escenas tan inquietantes que no las recomendaría a lectores con hijas pequeñas. Aunque precisamente por eso, tal vez sea recomendable su lectura. Atwood opina que no es peor la violencia física de los abusos infantiles entre niños que la violencia psicológica entre niñas, al menos la primera es explícita. Un año antes de Ojos de gato escribió El cuento de la criada, y en este aspecto se ven muchos paralelos.
La parte más biográfica aparece en el padre de la protagonista: profesor de biología como el de Atwood. La niña está en contacto con todo tipo de animales y tiene un conocimiento profundo de sus mecanismos biológicos. Quince años después (este libro apareció en 1988), la escritora desarrolló muchas de las ideas germinales que aquí aparecen en la magnífica distopía biotecnológica que se inaugura con Oryx y Crake.
La editorial Salamandra se ha empeñado en traernos renovada a la autora canadiense de la que hace años apenas quedaba algún libro en catálogo. Con una traducción nueva, los lectores en español podemos tener de nuevo acceso a una gran novela que ha demostrado envejecer, como la propia Margaret Atwood, extraordinariamente bien.
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