¿Cuál es la ideología económica de Trump?
Este capitalismo de amiguetes no tiene nada que ver con la economía de mercado; es, más bien, una versión moderna del intervencionismo clásico
Donald Trump suele presentarse —y es percibido por parte de su electorado— como un defensor de la libre empresa, de los bajos impuestos y de una menor carga regulatoria sobre la actividad económica. Ese envoltorio liberal, sin embargo, se resquebraja cuando se analizan con cierto rigor sus propuestas y, sobre todo, sus políticas efectivamente aplicadas. El resultado es una ideología económica profundamente contradictoria, en la que el discurso pro-mercado convive con un intervencionismo intenso, un mercantilismo explícito y una preocupante despreocupación por la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Es cierto que una de las señas de identidad de Trump ha sido la bajada de impuestos, especialmente a las empresas. La reforma fiscal de 2017 redujo de forma significativa el impuesto de sociedades y simplificó algunos tramos del impuesto sobre la renta. Desde una óptica liberal, esta medida podía considerarse positiva: menores impuestos pueden incentivar la inversión, mejorar la competitividad y elevar el crecimiento potencial. Hasta aquí, el diagnóstico encajaría con una visión favorable al mercado.
Sin embargo, el problema surge cuando esa bajada de impuestos no viene acompañada de una reducción equivalente del gasto público. En el caso de Trump, ocurrió exactamente lo contrario. El gasto federal aumentó de forma sostenida, incluso en un contexto de expansión económica, lo que llevó a un fuerte incremento del déficit y de la deuda pública. Esta combinación —rebajas fiscales sin disciplina presupuestaria— no es liberalismo económico, sino simple populismo fiscal. Trasladar el coste al endeudamiento futuro no es una defensa de la libertad económica, sino una huida hacia adelante que compromete la estabilidad a largo plazo, en forma de impuestos diferidos.
La incoherencia se acentúa cuando se examina la política comercial. Trump abrazó sin complejos una visión proteccionista del comercio internacional, imponiendo aranceles, iniciando guerras comerciales y justificando estas medidas en nombre de una supuesta defensa de la industria nacional. El proteccionismo no solo encarece los productos para los consumidores, sino que distorsiona la asignación de recursos, castiga a sectores exportadores y debilita la competencia. Es, en esencia, una forma de intervención directa en el mercado que contradice frontalmente cualquier principio de libre comercio.
Este capitalismo de amiguetes no tiene nada que ver con la economía de mercado; es, más bien, una versión moderna del intervencionismo clásico
Más aún, este proteccionismo fue acompañado de un claro favoritismo mercantilista. Determinadas empresas y sectores recibieron un trato preferente, ya fuera mediante aranceles diseñados a medida, subsidios encubiertos o presiones políticas explícitas. El mercado dejó de ser el mecanismo de selección basado en eficiencia para convertirse en un espacio condicionado por la proximidad al poder. Este capitalismo de amiguetes no tiene nada que ver con la economía de mercado; es, más bien, una versión moderna del intervencionismo clásico.
Esta política mercantilista, rescatada ahora por Trump, ya trataron de aplicarla los arbitristas castellanos y los mercantilistas ingleses, como justificación ante la decadencia del poder del Imperio, en el caso de los primeros, y del perjudicial saldo de la balanza comercial, en el caso de los segundos. Ambos fracasaron hace cuatro siglos y el mercantilismo volverá a fracasar ahora, pero el impacto económico negativo que puede provocar en su intento de aplicación, puede ser muy intenso y perjudicial.
Aunque Trump defendía la desregulación, en la práctica sustituyó normas generales por decisiones discrecionales, muchas veces imprevisibles
También en el ámbito regulatorio se observa una contradicción similar. Aunque Trump defendía la desregulación, en la práctica sustituyó normas generales por decisiones discrecionales, muchas veces imprevisibles, que generaron inseguridad jurídica. La arbitrariedad es enemiga del mercado: las empresas no necesitan solo menos regulación, sino reglas claras, estables y neutrales. Cuando el Estado interviene de forma selectiva, la libertad empresarial se transforma en dependencia política.
Todo lo relativo a su política económica, también en la parte ligada a su política exterior, como digo, reviste muchas incongruencias y rezuma mercantilismo. Como decía Adam Smith, el mercantilismo quiere equilibrar la balanza comercial mediante aranceles, como el propio Trump ha dicho. Por otro lado, abraza los postulados de la escuela histórica alemana y de ciertos historiadores ingleses que defienden que el mercantilismo ha de aplicarse para engrandecer a la nación. Trump parece que ha elegido la vía del mercantilismo, al menos, de momento, para cumplir su Make America Grate Again, en lugar de ir por la senda de bajada desmontar el wokismo, bajar impuestos y reducir el gasto para ser más competitivos, que era la esperanza por la que se le eligió frente al horror de la política de Biden y Harris. Todavía puede rectificar, pero si Trump sigue por este camino, el daño que puede hacer a la economía es muy sustancial.
La incoherencia no es un accidente, sino el rasgo definitorio de un enfoque económico orientado más al impacto político inmediato que a la eficiencia
En definitiva, la ideología económica de Trump no puede calificarse de liberal en sentido estricto. Se trata de una mezcla de liberalismo retórico y mercantilismo práctico, de bajadas de impuestos sin responsabilidad fiscal, de elogios al mercado combinados con un intervencionismo agresivo y de un proteccionismo que empobrece al conjunto de la economía. La incoherencia no es un accidente, sino el rasgo definitorio de un enfoque económico orientado más al impacto político inmediato que a la eficiencia, la competencia y la prosperidad.
Desde una perspectiva económica rigurosa, defender la libertad de empresa exige coherencia: impuestos bajos, sí, pero también gasto contenido; mercado, sí, pero sin favoritismos; competencia, sí, pero abierta y global. Todo lo demás es, como demuestra el caso Trump, una contradicción que termina pasando factura.
Trump debería rectificar y retomar una agenda reformista, para acabar con el wokismo, bajar impuestos y reducir el gasto, y abandonar, para siempre, el proteccionismo empobrecedor y el mercantilismo.
- José María Rotellar es profesor de Economía y director del Observatorio Económico de la UFV