07 de octubre de 2022

Recreación de la entrada de Apio Claudio el Ciego en el Senado

Recreación de la entrada de Apio Claudio el Ciego en el Senado

Picotazos de Historia

Los feroces espartanos se ablandaron con la presencia de un anciano

En toda la Grecia clásica se respetaba la figura del anciano, pero en Esparta era ley

Hace muchos años compré en Inglaterra un libro que recoge hechos y dichos sobre Esparta y los espartanos, recopilados de las obras de Plutarco. La anécdota que les relataré la saqué de allí y, hace muy poco la encontré, casi descrita palabra por palabra en Los deberes del hombre de Silvio Pellico, autor italiano del siglo XIX.
En toda la Grecia clásica se respetaba la figura del anciano, pero en Esparta era ley. Durante los Juegos Olímpicos los asientos se ocupaban con rapidez por el publico deseoso de presenciarlos. Había sitios especialmente reservados para las delegaciones de las ciudades más importantes, cuyos miembros se apiñaban en el siempre escaso espacio. Durante una de estas celebraciones se vio a un anciano que, infructuosamente, buscaba un lugar desde donde presenciar los juegos con un mínimo de comodidad. Unos jóvenes atenienses le hicieron señas mas, al acercarse al lugar, se encontró con risas o que le ignoraban. Esta broma se repitió un par de veces más hasta que el anciano, meneando tristemente la cabeza, desistió.
La escena había sido presenciada por todos, pero la delegación espartana no se hizo eco de ninguna de las risas, al contrario, el silencio de los laconios era cada vez más pesado y sus ceños más fruncidos. Viendo que el anciano se resignaba irse, y así dejar de ser blanco de bromas de los más jóvenes, toda la delegación espartana se puso en pie para cederle su sitio. El anciano, agradecido, fue hacia ellos, pero no aceptó dejar a nadie de pie. Ningún problema: todos los espartanos se apiñaron más con tal de que el anciano tuviera sitio de sobra.
El público, que había sido testigo de todo lo sucedido, aplaudió el comportamiento de la gente de Esparta. Hoy en día seguimos actuando igual: sabemos lo que es lo correcto, pero preferimos que lo haga otro.
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