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Luis E. Íñigo

Page, con P de 'Prieto'

Indalecio Prieto dijo una vez que él serviría «los intereses de España, sacrificando los intereses de partido». Pero no lo hizo. Ahora, Page se encuentra en una tesitura semejante: debe elegir entre España y su partido

No es baladí la disyuntiva que se le presenta hace un tiempo al presidente de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page. Ante sus ojos, cobrando perfiles cada vez más nítidos, se materializan dos opciones de esas que no admiten componendas ni caminos intermedios; hay que elegir una o la otra y, en ambos casos, las consecuencias serán decisivas.

En pocas palabras, Page, vamos a llamarlo así por abreviar, debe elegir entre España y su partido. Si elige la primera, los lacayos del omnímodo secretario general del PSOE, a estas alturas todos los que ocupan algún cargo de responsabilidad en ese movimiento autoritario y carismático que ya no merece siquiera el nombre de partido, se le echarán encima, escupiendo a coro sobre él acusaciones de traición al socialismo y complicidad con el fascismo, la extrema derecha y, si se tercia, los cuatro jinetes del Apocalipsis y las diez plagas de Egipto. Si elige su partido, nadie se lo agradecerá, pues es su obligación como socialista fiel acatar como si fuera la verdad revelada las cambiantes y contradictorias decisiones de su infalible líder, el hombre providencial enviado por el dios marxista de la Historia para salvar a España de la perversa derecha, enemiga jurada del progreso y fiel aliada de los ultrarricos que, Yolanda Díaz dixit, preparan su huida al espacio en naves espaciales.

No es el primero el compañero Emiliano en verse en una tesitura semejante. Ya pasó por algo parecido, en mayo de 1936, un ilustre predecesor suyo, referencia, como él, de la sensatez y el sentido común en el contexto de un socialismo español enloquecido por el culto a un personaje nimbado con los atributos del líder providencial y, como ahora Sánchez, dispuesto a cualquier cosa para alcanzar sus objetivos. Su nombre era Indalecio Prieto Tuero y su rival de entonces, dueño indiscutible del grupo parlamentario socialista y de las simpatías mayoritarias de su militancia, se llamaba Francisco Largo Caballero.

Prieto era un socialista convencido. No era, sin embargo, un fanático, aunque durante un tiempo se había dejado seducir por la tentación revolucionaria que llevó a su partido a preparar la sublevación de octubre de 1934. Y sabía que, en la primavera de 1936, seguir hablando de revolución a las masas obreras solo podía servir para atemorizar a las clases medias, ampliando con ello los apoyos sociales del golpe militar que por entonces ya se preparaba sin que el Gobierno del Frente Popular hiciera gran cosa por evitarlo, quizá porque sabía que podía necesitar a los militares si la revolución de la que Largo no cesaba de hablar finalmente se producía.

La Historia le dio su oportunidad. Elegido Manuel Azaña presidente de la República el 10 de mayo de 1936, enseguida llamó a Prieto y le ofreció la jefatura del Gobierno. El programa que llevaba bajo el brazo era el único que entonces podía ya apartar a España de un choque violento y suicida entre la revolución y la reacción: reformas sociales decididas y preservación del orden público y el imperio de la ley. Pero el bilbaíno se encontró con la oposición cerrada de la mayoría del grupo parlamentario socialista, que rechazó la participación en el gabinete. Y fue entonces cuando hubo de enfrentarse a un dilema. Podía desestimar la propuesta de Azaña o seguir adelante, formando Gobierno y arriesgándose así a romper en dos el partido al que había dedicado su vida. Podría habérsela jugado, llevando la cuestión ante su Comité Nacional, en el que tenía mayoría, y apostarlo todo después a la posibilidad de que los caballeristas, colocados en la tesitura de apoyar a un socialista como presidente del Gobierno, no se atrevieran a oponerse en las Cortes a semejante oportunidad histórica.

Lo cierto es que no lo hizo. Aunque una vez dijo que él siempre pondría «…por encima de los intereses del partido socialista los intereses de España y si alguna vez, aunque no lo espero, estuvieran en pugna, yo serviré los intereses de España, sacrificando los intereses de partido», prefirió los del partido. El resultado fue un gabinete débil, el de Casares Quiroga, dirigido por un Azaña que no parecía saber muy bien lo que se estaba jugando la República en aquella primavera trágica entre ocupaciones de fincas, asaltos a círculos y casinos de derechas, quema de iglesias y enfrentamientos a tiros en las calles entre pistoleros de uno y otro signo que dejaron un saldo sangriento de cientos de muertos en unos meses.

Prieto sí lo sabía. Fue él, y no Azaña, el que tuvo que huir protegido por su Motorizada de un mitin en Écija el 31 de mayo para evitar ser tiroteado por las masas caballeristas, por gentes de su propio partido que veían ya en él a un traidor a la revolución; era él quien no se fiaba ya ni de su propia escolta, pues sabía que las fuerzas de seguridad del Estado estaban infiltradas de revolucionarios…

Lo que vino después ya lo sabemos. Odio, barbarie, sangre. Iniciada la guerra, escandalizado por los paseos que empezaban a proliferar en la capital, exigió los suyos que cesaran en su actitud de revancha y, en un discurso radiado desde el Ministerio de la Guerra, les recordó que aquella era una guerra civil, una guerra entre compatriotas, una guerra entre hermanos… Claridad, el órgano caballerista, le respondió: «No hay hermandad posible entre los verdugos y las víctimas».

Quizá lo que hoy está en juego no es una guerra civil. Pero sí lo está el futuro de España, la solidaridad entre las regiones, el consenso básico que ha asegurado nuestro progreso en el último medio siglo… con Sánchez en el poder mucho más tiempo, todo eso saltará por los aires… y quizá quien pudo hacer algo para evitarlo se arrepienta en el futuro de no haberlo hecho. Quiera el dios de la Historia que no sea Page quien tenga que hacerlo.

Luis E. Íñigo es historiador e inspector de Educación

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