Ayer nació en Madrid Ana, una preciosa niña que tiene la suerte de estar arropada por tres hermanos más y cuya familia celebra con alborozo su llegada a este mundo. Como ella, ayer nacieron en España poco más de mil cien niños; es decir, muy pocos. Con esta tasa no hay relevo posible y nos vamos convirtiendo, poco a poco, año a año, mes a mes, en un país de viejos. Pasamos de celebrar 663.000 nacimientos en 1970, a medio siglo después tener tan solo 339.000. Los hijos son la aventura más hermosa de los seres humanos, el ancla que nos sujeta a esta tierra, la huella que dejamos, el recuerdo que seremos cuando nos vayamos. En definitiva, ellos son la nueva oportunidad que se nos ofrece para invitarles a ser lo que nosotros no pudimos, no supimos o no quisimos ser. Esa nueva ocasión de ofrecerle a alguien la lección de nuestros errores, aunque ellos, como nosotros, se equivocarán y serán cómplices, como nosotros, de sus fracasos. Y a pesar de todo, no hay acontecimiento más hermoso y trascendente que el nacimiento de un nuevo ser humano. Como ya empiezo a estar en el camino de vuelta, tras recorrer tantos y tantos senderos de la vida, yo me atrevo a animar a los más jóvenes a tener hijos. Ya no porque España los necesite, que por supuesto, sino porque vuestras vidas adquirirán un nuevo sentido y porque con ellos se vive más y cuando llegue el adiós, se muere menos.
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