08 de diciembre de 2022

Perro come perroAntonio R. Naranjo

Adriana Lastra

La dirigente desaparecida por órdenes de Sánchez volverá a encabezar al PSOE de Asturias, que algo grave ha debido hacer para merecerse el castigo

Adriana Lastra, también conocida por Miss Asturias por su verbo grácil asentado en los lugares comunes más parvularios, va a encabezar al PSOE en las próximas elecciones generales, lo que dice poco de la cantera del partido o mucho de su deterioro sanchista: hace no tanto la proclamación del candidato a algo venía envuelta en un cierto misterio, como si de verdad el militante tuviera la última palabra y el escogido gozara de un inmenso predicamento.
Eso lo rompió del todo Sánchez, cuando engañó a los afiliados diciéndoles que todos menos él se habían pasado a las filas de Rajoy y que su «No es no» merecía el triunfo en las primarias para evitar que los peperos se quedaran con el partido: aquella fue la última vez que les consultó algo, y la primera que mintió con luz y taquígrafos.
Luego las trolas fueron más graves, e incluyeron su solemne anuncio de que jamás pactaría con el independentismo o con Podemos para ser presidente, y mucho menos con Bildu.
Todo lo dijo con esa solemnidad que le caracteriza, y su puntito de chulería: de las alianzas con la purria parlamentaria afirmó, muy zangolotino, que nunca haría algo que les provocara insomnio a los españoles. Y al ser preguntado por encamarse con Otegi, se hizo incluso el ofendido por dudar de sus intenciones.
Hoy Otegi, Belarra y Junqueras son las tres gracias de Rubens para Pedrito, que va a bajar el IVA a la vaselina y el colutorio para que le alcance el sueldo y pueda seguir negociando con todos ellos sin miedo a represalias venéreas.
Miss Asturias es un perfecto ejemplo del canon sanchista, que nunca trabajó ni estudió pero se acercó a las compañías correctas para labrarse un futuro en relación proporcional al deterioro que provoca su presencia: de ella solo se recuerdan insultos, brochazos, vulgaridad y un sectarismo que define a su generación política, la más huevona, funcionarial y gregaria que se recuerda, llena de casos como el de ella o el de la ministra portavoza Isabel Rodríguez, senadora y nini desde los 22 años.
Pero lo más definitorio de Adriana, que lo lleva todo en el apellido inclusivo, es su epílogo frugal: anunció que dejaba la política orgánica por estar embarazada, como si su estado fuera incompatible con una baja temporal o una excedencia, para no enfadar al jefe, que la quería lejos; pero se aferró al escaño retribuido como si fuera menos incompatible con la gestación.
Vendió su puesto por un puesto, y no le importó, tras dar la brasa como pocas sobre la conciliación, la igualdad y dos huevos duros, lanzar el mensaje de que una mujer encinta tiene difícil seguir en sus tareas e imposible darse un respiro hasta retomarlas.
Ahora vemos el premio, con la renovación de su candidatura por Asturias, que algo malo debió hacer en el pasado para merecerse ese infortunio: la tipa que se traga lo que haga falta para no enfadar al señorito, mientras habla de la paz en el mundo y da lecciones desde su inexistente autoridad moral, va a ganarse cuatro años más a la sopa boba.
Lo que haga falta por un churumbel, Adriana. Pero hay gente que lo alimenta con un trabajo digno aunque no le dé para comprarse un ático en Oviedo: invita el certamen organizador de Miss Asturias, claro, pero la factura corre a cargo de los pringaos que la creyeron.
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