Fundado en 1910
Cosas que pasanAlfonso Ussía

El cócker telefónico

Podvoriov —Baudilio Concho—, tenía un amigo propietario de un molino en las cercanías de Pedraza acondicionado de picadero. Y le ofreció el molino para llevar a cabo esa necesidad de amor mutuo y sincero. El ruso de mentira, le hizo saber a su víctima que el molino era suyo

Act. 26 may. 2025 - 08:14

El apuesto seductor Vladimir Podvoriov —un gran farsante por cuanto se llamaba en realidad Baudilio Concho—, engatusó a una chica con pretensiones y quedaron para pasar el fin de semana juntos. Al falso Vladimir se le escaparon unas lágrimas en una mesa de 'Richelieu' mientras narraba a la incauta y bastante fresca Sonia Chamizón, de profesión rara, su tragedia rusa. Que su padre se presentó sin aviso ni audiencia en el despacho de Stalin, y le tiró de las puntas de su bigote por haber rechazado su proyecto de urbanización de lujo en las afueras de Moscú. Stalin pulsó el timbre y ordenó que Podvoriov fuera fusilado inmediatamente. Sonia Chamizón se enterneció como un ecologista sandía cuando es informado de que en el Serengueti un elefantito se ha quedado sin madre, como le sucedió a Bambi.

Ilustración de Barca

Barca

Podvoriov —Baudilio Concho—, tenía un amigo propietario de un molino en las cercanías de Pedraza acondicionado de picadero. Y le ofreció el molino para llevar a cabo esa necesidad de amor mutuo y sincero. El ruso de mentira, le hizo saber a su víctima que el molino era suyo. Llegaron al lugar de los hechos, abrió la puerta con las llaves que le había proporcionado su amigo, encendió la calefacción y tomaron algunas copas al amparo de una chimenea. Un rato agradabilísimo. Posteriormente cenaron unos pinchos que compró en la confitería 'Mallorca' de la calle de Velázquez, y al unísono decidieron que el gran momento había llegado. El dueño del molino les había encomendado que cuidaran a su perro cócker «Mambrú», al que recogieron en la casa de un guarda que se ocupaba de él.

Todo lo que sobró de 'Mallorca', terminó en su estómago.

Sonia Chamizón y «Mambrú» hicieron buenas migas, y ella ascendió hacia el recinto de la travesura con «Mambrú» en sus brazos. Y se metió en la cama con «Mambrú» aguardando a Podvoriov que terminara de ducharse. Podvoriov —Concho—, rompía muy bien el hielo, y para hacer reir a su nueva aventurilla salió del cuarto de baño desnudo con los calzoncillos en la cabeza. Ella río alborozada, pero «Mambrú», después de ladrar, le dedicó un gruñido nada desdeñable. Y cuando se iba a introducir en el lecho, «Mambrú» le mostró los colmillos y el falso ruso reculó. Ella reía con más fuerza y él, tan apuesto y seductor, permanecía en porretas con los calzoncillos en la chochola. Para la chica, se convirtió en un ser ridículo.

En la mesilla de Concho estaba el teléfono. Un teléfono antiguo, modelo «Góndola» de color carmesí. Después de varios intentos, y aprovechando un descuido de «Mambrú», consiguió agarrarlo como pudo. Y marcó el teléfono de su amigo. Ella, además de la risa por el ridículo, aumentó su lejanía anímica al comprobar que el seductor no era el dueño del molino. Y habló con su amigo.

— Ernesto, tengo un problema-

— ¿Qué problema?

— Tu perro no me deja meterme en la cama. Gruñe y muestra los dientes.

— Dale una patada.

— No me atrevo.

— Entonces, pásamelo.

— ¿Y cómo hago?

— Muy fácil, le acercas el teléfono a una oreja hasta que él te lo permita.

Con mucho cuidado, Podvoriov, después de librarse de diferentes mutilaciones en la mano que sostenía el teléfono, le acercó el aparato a la oreja izquierda de Mambrú. Y se oyó, imperativa y firme la voz de Ernesto del otro lado del teléfono.

— Mambrú, ¡baja inmediatamente!

El cócker, sumiso y obediente, bajó de la cama y desapareció por la puerta.

Pero ella ya estaba vestida.

— Volvemos a Madrid. Tú no vales para nada-.

De vuelta a Madrid, Podvoriov —Concho—, fue detenido por exceso de velocidad y carecer de documentación. Eran tiempos de pesetas. Setenta y cinco mil del ala.

Y aquí finaliza la historieta, verídica, del farsante seductor.

Cuidado con los perros ajenos sin teléfono disponible.

comentarios

Más de Alfonso Ussía

  • Volvió, volvió

  • No soy gracioso

  • Groseros anónimos

  • Azteca gafe

  • El agobio de una desaparición

  • tracking

    Compartir

    Herramientas