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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La España de los «escurrebultistas»

Uno de los problemas de nuestra nación es que sus teóricas élites no se mojan ni con agua caliente

Act. 17 nov. 2025 - 09:38

No han existido muchas personas más inteligentes y productivas que el inglés Isaac Newton, un austero solterón estajanovista que se murió en 1727, con 84 años. Todos lo recordamos por su Ley de la Gravitación Universal (bueno, todos no, la Generación TikTok pensará que se trata de un lateral del Manchester City). Pero Newton fue además teólogo, filósofo, alquimista y hasta un leal y muy eficaz servidor de la Corona.

En 1696, Newton comenzó a trabajar para la Royal Mint, la casa de la moneda del rey, con la misión de poner coto a una auténtica plaga de falsificaciones. No había forma de frenarlas, a pesar de que estaban castigadas en Inglaterra con la durísima pena de horca y descuartizamiento. Newton propició la detención de 28 falsificadores y asumió como un reto personal acabar con el mayor de ellos, William Chaloner, personaje de origen humilde que con su arte para ese delito se había comprado hasta una mansión en el elegante barrio de Knightsbridge.

Para cazar a Chaloner, el matemático tejió una red de espías e incluso él mismo llegó a desempeñar labores detectivescas en los tugurios del Londres más sórdido. Funcionó y el rey de los falsificadores fue detenido. Aunque se hizo el loco en la cárcel de Newgate para tratar de evitar el juicio, Newton aportó ocho testigos en la vista y al final Chaloner acabó danzando en marzo de 1699, a los 48 años, el llamado «baile de Tyburn», que era como llamaba el pueblo al ahorcamiento en los patíbulos de tal nombre. Se ubicaban donde ahora se levanta el Marble Arch, en el arranque de la siempre concurrida arteria comercial de Oxford Street. Todavía hoy, muy cerca de allí, unas monjas católicas rezan en vigilia perpetua por los ajusticiados en sus horcas, entre ellos muchos mártires de nuestra fe.

Como a muchas personas de una valía realmente extraordinaria, a Isaac Newton lo adornaba la mesura al hablar de sí mismo y de sus talentos: «No sé qué imagen proyectaré al mundo, pero me veo como un niño que ha estado jugando en la orilla del mar, divirtiéndose de vez en cuando al encontrar una piedra más lisa o una concha más bonita de lo normal, mientras el gran océano de la verdad permanecía ante mí sin descubrirse».

Pero si Newton, el genio que cazó a Chaloner, fuese un sabio español del tiempo presente, desdeñaría comprometerse en una misión como la que llevó a cabo al servicio de su país. «Menudo lío. Esto tiene su riesgo...», se diría espantado.

Leo la entrevista que publicó este fin de semana este periódico con el excelente filósofo Javier Gomá, siempre inteligente e interesante. En un momento de su conversación con Marisa Gallero, el pensador reconoce abiertamente que él escurre el bulto por sistema ante las cuestiones de actualidad: «Soy escurrebultista. Escurro el bulto y eso se me reprocha. Lo escurro sistemáticamente, porque pienso que la gente de cultura tenemos que rehuir del examen tipo test, en el que solamente hay una respuesta correcta y cuando das esa respuesta, el grupo político te aplaude».

Entiendo el razonamiento de Gomá. Pero me temo que la generalización del escurrebultismo entre nuestra clase dirigente y nuestros supuestos intelectuales se ha convertido en uno de los problemas de España, que va camino de que sus únicos referentes sean los cocineros, los figurones de Instagram y Rosalía.

Nuestros empresarios de bandera y muchos de nuestros grandes pensadores y creadores son plenamente conscientes de que la situación de deterioro político que sufre España es gravísima. Y por supuesto que en privado, en sus cenas y charlas, echan pestes contra el clima de podredumbre moral e institucional que nos ha traído eso que llamamos sanchismo. Ay, pero cuando toca significarse... Los mejores escapan de la política, que queda así en manos de los funcionarios y de los que buscan en ella una agencia de colocación. El debate público se degrada y la sociedad acaba prestando más atención a los influencers y a los chefs que a una clase dirigente que ha perdido peso debido a su medrosa abulia (y también por el vértigo digital, que ha provocado un grave déficit de atención).

No nos engañemos: la historia de las grandes naciones ha sido impulsada siempre por sus élites intelectuales y económicas. Pero aquí tienen más miedo que la defensa del Mollerusa en un partido contra el Barça.

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