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Desde la almenaAna Samboal

En casa del lobo

Otegi es el hombre que maneja los hilos de la marioneta. Tras él llegó el entendimiento con los Castro y los viajes de ida y vuelta a Caracas. Son todos ellos piezas de una historia que un presidente comenzó a escribir hace ya dos décadas. Con suerte, Ábalos y Koldo, resentidos y atemorizados, nos la cuentan

El rey de los relatos ha perdido el control de la trama. Los jueces marcan agenda. Los antaño amigos y quien sabe si también compañeros de juergas abren una pequeña ranura que permite que entre la luz en la caja de los secretos. Y, si el mensaje de Ábalos corroborando la reunión entre Sánchez y Otegi es solo una advertencia para tratar de disuadir al fiscal de que solicite su entrada en prisión, aterra pensar qué no habrán sido capaces de hacer para alcanzar y conservar el poder.

De bien poco servirá que Moncloa, todas sus terminales y todos sus estómagos agradecidos, que son legión, nieguen y renieguen de la cita en el caserío. No ya porque el día menos pensado pudiera aparecer una fotografía que les desmienta, que están acostumbrados de sobra a cabalgar contradicciones, sino porque son sus propios actos los que corroboran esa estrecha alianza. Aunque a más de un socialista de bien pueda ponerle los pelos de punta, no hay socio más leal con Ferraz que Arnaldo Otegi.

La entente viene de lejos. El etarra preguntó por Conde Pumpido, entonces en funciones de fiscal general del Estado, pero siempre al servicio de los mismos, cuando un juez le mandó a prisión. Y fue José Luis Rodríguez Zapatero el que legitimó su actividad política, blanqueando sus candidaturas en el Tribunal Constitucional y proclamándole públicamente «hombre de paz». Hoy, Pedro Sánchez, heredero de ese legado, que ha asumido como propio para convertirse en presidente, mantiene viva la alianza.

La deslealtad con el espíritu de la Transición y la Constitución, la reivindicación de la España plurinacional no es suya, es el proyecto de terroristas y separatistas, bien organizados en una suerte de carrera de relevos. Primero fue la ETA, después fueron ERC y Puigdemont. Siempre, a cara descubierta o entre las sombras, ha sido Arnaldo Otegi. Es el hombre que maneja los hilos de la marioneta. Tras él llegó el entendimiento con los hombres de Castro y los viajes de ida y vuelta a Caracas. Son todos ellos piezas de una historia que un presidente comenzó a escribir hace ya dos décadas. Con suerte, Ábalos y Koldo, resentidos y atemorizados, nos la cuentan.

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