¿Socialistas? Ni para la lotería
El follón del Gordo en el pequeño Villamanín vuelve a demostrar lo ya sabido: las personas se mueven por interés económico, no por altruismos comunistas
Villamanín, con 863 vecinos, era un pueblo en el que nadie se fijaba, de esos que cobran vida en verano cuando vuelven los que se fueron y pasa unos inviernos mortecinos, con un único bar y mucha calma. Enclavado a 1.133 metros de altura, en el linde de León y Asturias, ofrece espléndidas vistas de la cordillera Cantábrica y en su urbanismo combina casas nuevas no muy vistosas con otras antiguas, más gratas a la vista, pero ya sumidas en cierto abandono. La minería fue fuerte antaño allí, pero hoy viven sobre todo de los servicios y de una estación de esquí situada a 14 kilómetros. El tranquilo pueblo es bipartidista, y ahora mismo manda un alcalde del PP.
Los escasos jóvenes de Villamanín intentan insuflar al pueblo un cierto pulso vital a través de la comisión de festejos. Entre otras iniciativas, se encargan de comprar Lotería de Navidad y repartir las participaciones. Pero este año, los chavales se ha columpiado y hubo un taco de papeletas que no estaba respaldado por los preceptivos décimos. Vendieron 50 participaciones de más, un error que habría pasado desapercibido de no ser por una buena/mala suerte: a Villamanín le tocó el mismísimo Gordo. Compraron 80 décimos y recibieron una lluvia de 32 millones. Pero pasado el desparrame de euforia champanera, se descubrió el problemón: les faltaban cuatro millones para cumplir con todos los compradores de participaciones.
En Villamanín se intentó una amable solución socialista: los de la comisión de fiestas renunciarían a dos millones y los otros dos que faltaban saldrían de los vecinos agraciados, que renunciarían a un 10% de su premio, cobrando cada uno 72.000 euros en vez de 80.000. ¿Y qué pasó? Pues que la reunión para solventar el problema casi acaba en tangana por lo mucho que se calentó. Varios vecinos se plantaron y dijeron que nones, que de repartir, nada de nada, que ellos habían ganado lo suyo y no se les podía obligar a compartir su premio. El Gordo ha dividido al pueblo. El ambiente se ha enrarecido con el dinero y están asomando viejas rencillas endémicas de todo tipo. Podemos aceptar que la falible naturaleza humana es así, nos guste o no. O podemos jugar a impostar que todos somos ángeles.
El caso Villamanín prueba, una vez más, por qué el liberalismo, que sostiene que el hombre se mueve por su interés particular y la búsqueda del beneficio, resulta más realista que el utópico socialismo, que contempla al ser humano como una encantadora criatura solidaria, siempre capaz de anteponer el bien común a su conveniencia personal. Eso no ocurre en la práctica, y por eso el socialismo jamás ha funcionado allá donde se ha experimentado.
En su versión extrema, el comunismo, acaba en laminación de las libertades personales, cúpula partidista extractiva, economía tan planificada como ineficaz y reparto de miseria. En su versión socialista, lo que llaman «socialdemocracia», concluye en injusticia fiscal, con una hacienda voraz que te limita la libertad de disponer de tu propio dinero; subcultura del subsidio, que anestesia la iniciativa personal; igualación a la baja de la sociedad y trabas constantes a las empresas, con sus propietarios convertidos en los sospechosos habituales.
Los socialistas nunca fallan. Véase el caso actual del Reino Unido. En la campaña que llevó a los laboristas a su mayoría absoluta prometieron que no subirían los impuestos. Por supuesto ya lo han hecho, y con entusiasmo, amén de las cotizaciones. Con su gran visión«progresista» han provocado una fuga de grandes capitales, abrasando de paso a las clases medias y gripando la economía. El Reino Unido es hoy el país del G-7 con la más baja inversión privada. Los empresarios se han asustado.
Aquí padecemos algo todavía peor, el sanchismo, que consiste en una importación a Occidente del estrafalario socialismo caribeño. A la parrilla fiscal habitual, nosotros sumamos una corrupción descarnada y unos rasgos despóticos y autoritarios insólitos en un país del primer mundo.
Pero bueno, empieza 2026. Así que feliz año a todos y a ver si en 2026 dejamos de disfrutar de las emociones del socialcomunismo y volvemos a convertirnos en un aburrido país más o menos normal.