Simón, calienta que sales
Reconozco que esta semana, en un ejercicio perverso y de colmillo retorcido –mea culpa–, puse en la radio a algunos compañeros esa voz. La de Fernando Simón diciendo que el hantavirus no era cosa del otro jueves y las caras… ¡Qué caras! Las hay que lo dicen todo
Cuando el martes miraba al banquillo del Atleti de Madrid y veía cómo pintaba el asunto, reconozco que perdí toda esperanza. Budapest estaba tan cerca y tan lejos que un irrefrenable sentimiento de desazón se apoderó del que escribe. Solo un milagro podía hacer que el trasnochón mereciera la pena y he ahí que pensé en lo importante que es siempre tener banquillo. Al final, nada de nada. Ya sabrán, supongo.
El caso es que uno cree que cuando el titular falla, los suplentes son casi igual de importantes. Aunque ese término, suplente, denote cosa menor para algunos. ¡Al revés! El suplente, olvidado siempre, es el que gana partidos. El que sale al rescate. El que te echa un flotador en mitad de una marejada que no sabes bien cómo capear. Que le pregunten a Pedro, por ejemplo.
Veamos. ¿Qué puede venir bien para tapar que un ministro con once mil millones de presupuesto se gastaba los cuartos en señoras y señoritas que acababan haciéndole ghosting? ¿Qué puede desviar que se hable de que se llenó, presuntamente claro, los bolsillos vendiendo mascarillas que nos obligaron a llevar mientras prohibían ver y enterrar a familiares?
Pensemos, ¿qué puede ocultar que hayamos fiado tejemanejes a un corrupto, corruptor y corrompido como Víctor de Aldama hasta llegar a pasearse por los ministerios como el que alcanza metas volantes en etapa de montaña un mes de julio en Pirineos?
¿Habrá algo que camufle que quien organizaba las juergas fue portero de prostíbulo y acabó degenerando, como el banderillero de Belmonte que terminó de gobernador civil en Huelva, hasta ser custodio de avales, asesor, chico para todo y consejero en empresa pública?
Imposible, pensará alguno. No hay flotador que a uno le haga llegar a tierra con todo eso encima. No se puede desviar el foco. ¿Seguro que no?
Un barco, un virus y un portavoz. La tormenta perfecta. Con el recuerdo de hace seis años tan fresco, casi no hace falta ni detallarlo demasiado. Un par de revoloteos con comunidades autónomas, que siempre dan mucho juego y una voz. La voz. Una rasgada a lo Sergio Dalma que nos dijo hace seis años que bailar pegados era bailar, igual que baila el mar. Cien mil muertos oficiales después, ahí sigue, impasible en su puesto, pensando que, si aquí no dimite ni el apuntador, quién es nadie para pedirle cuentas a él.
Reconozco que esta semana, en un ejercicio perverso y de colmillo retorcido –mea culpa–, puse en la radio a algunos compañeros esa voz. La de Fernando Simón diciendo que el hantavirus no era cosa del otro jueves y las caras… ¡Qué caras! Las hay que lo dicen todo. Y la que ponían al escuchar a este hombre con tonillo de italoamericano de película de culto decir que estemos tranquilos era como para verla. Porque, aunque tenga razón, oírlo de nuevo es como para echarse a temblar. A todos se nos vinieron de golpe unos pocos meses horribles a la cabeza y nos olvidamos, aunque fuera por un momento, de toda la basura que llena hasta arriba el cubo de esta cocina empantanada que se llama España.
¿Qué más se puede pedir a una situación crítica? Pues lo mismo que con el Atleti, un buen suplente que asuma su rol y que, aunque lleve cinco años calentando banquillo, siempre esté presto y dispuesto a actuar cuando el que manda le diga: «Fernando, calienta, que sales». Y ahí que salió. Sin despeinarse –más todavía– a decirnos que todo va a ir bien. Y claro, el personal se puso en lo peor. Confiemos en que esta vez acierte, aunque sea de casualidad.