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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Por qué Sánchez protege a todos los mafiosos, ladrones e inmorales

No hace falta ser un genio para deducirlo, pero si tiene dudas, lea estas líneas

Pedro Sánchez protege a la directora de la Guardia Civil y al ministro Marlaska como antes hizo con Ábalos y con Cerdán o, al mismo tiempo, con el fiscal general del Estado y con Zapatero: todos trabajaban para él, en sintonía con él, en beneficio de él y con los poderes cedidos por él.

Las cuestiones penales van por un lado, y en realidad ya no importan: las complicidades políticas ya son evidentes y nadie con algo parecido a un miligramo de decencia puede negarlas. Mercedes González se reunía con Leire Díez, a las órdenes de Cerdán, al mismo tiempo en que Leire Díez conspiraba para «matar a Balas», el heroico mando de la UCO. Y hacía lo posible para que otros como él se pusieran de perfil en las investigaciones más dañinas para Sánchez.

También es un hecho que Cerdán, negocios navarros aparte, lideró esa cloaca con el apoyo financiero de la gerente del PSOE, mientras ejercía de «arquitecto del Gobierno» y le arrendaba al nacionalismo vasco y al catalán sus escaños para investir a Sánchez, en el episodio más corrupto de la democracia en España.

Y lo es que Ábalos le hizo secretario general del PSOE y le engrasó su moción de censura, a la vez que penetraba con su trama en todos los ministerios y comunidades autónomas al alcance para que un sinfín de negocios prosperaran con la firma del propio Sánchez, también decisivo en la voraz carrera económica de Zapatero y dispuesto a alinear la diplomacia española con los intereses de un lobista sin escrúpulos.

La lista es interminable, pero a efectos de definir la identidad mafiosa del sanchismo, viene bien recordar un último caso, el de García Ortiz, condenado técnicamente por revelar secretos de la pareja de Ayuso, pero, en realidad, por utilizar la institución, a las órdenes de La Moncloa, para derribar con la peor guerra sucia imaginable a un adversario molesto.

Sánchez, en fin, no puede hacer otra cosa que protegerles a todos ellos porque todos ellos son él, y romper un solo eslabón acabaría con la cadena a cuyo frente siempre ha estado él mismo, beneficiario de cada andanza, cómplice de todas ellas, escudo de cada trama y cómplice, instigador y quizá ideólogo del marco en el que se han desarrollado.

En ningún país civilizado se gobierna sin ganar, sin mayoría parlamentaria, sin presupuestos y con decenas de imputados en casos que manchan instituciones clave de la democracia, sin necesidad de esperar a condenas. Pero España no lo es desde hace tiempo gracias a un tipo que, cuando le atropella la realidad, se levanta en el Congreso, se ríe, se aplaude a sí mismo, se va de fin de semana y deja como única respuesta otro ataque más a la separación de poderes y al ecosistema democrático en su conjunto.

Preguntarse qué más hará Sánchez para salvarse del cruel escrutinio de los ciudadanos, de las instituciones y probablemente de la Justicia es ocioso: ya lo ha estado haciendo todo. Solo hay que añadirle las secuencias coherentes con una trayectoria perfectamente conocida ya y añadirle la desesperación terminal de alguien que se siente, en su fuero interno, más cerca del Zapatero imputado que del liderazgo mundial progresista con el que había soñado.

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