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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Las niñas de Pedro y Begoña sí pueden ir a la privada

La compleja vida académica de la familia incluye tesis plagiadas, cátedras a dedo y matrículas en centros para 'pijos'

Las hijas de Pedro Sánchez y Begoña Gómez estudian, según parece, en sendas prestigiosas y caras instituciones académicas privadas. Una en Pozuelo, donde la pareja acumula patrimonio y jugosas rentas de alquiler sin topar gracias a los desvelos originales del proxeneta Sabiniano, y la otra en Londres, donde la mamá quiere acudir pese a tener retirado el pasaporte para participar en la entrañable graduación de la joven. El juez se lo ha permitido, no así a la cumbre de la OTAN donde pintaba igual de poco que su marido, en un alarde de generosidad: vaya usted a pedir el carné de conducir para irse de vacaciones, si se lo han retirado, a ver a qué lugar limítrofe con el quinto pino le envían.

En ambos casos sus estudios tienen oferta en el ámbito público, que solo puede haber sido desechado por dos razones: o los padres se fían más de la oferta privada o a las niñas no les da la nota para ingresar en la pública pero tienen esa alternativa gracias a la cuenta corriente de los progenitores, parcialmente deudora de la generosidad del abuelo.

Salvo la parte relativa al enriquecimiento por la prostitución, inhabilitante para haber emprendido siquiera una carrera política, todo lo demás sería impecable: que los padres decidan cómo y en qué gastan su dinero y qué consideran lo mejor para sus vástagos es irreprochable, pero con un poderoso matiz en este caso.

Porque Sánchez emprendió una cruzada contra las universidades privadas, a las que llamó «chiringuitos» cinco minutos después de que su entonces vicepresidenta, María Jesús Montero, perorara sobre ello y anunciara una nueva ley para restringir su existencia, por supuesto mirando a Isabel Díaz Ayuso: «Se extiende una alfombra roja a la creación de universidades que no buscan la excelencia ni la investigación, sino simplemente hacer caja emitiendo títulos sin exigencias reales».

¿Encaja esa definición en los centros elegidos para las niñas? ¿Es Sánchez quien decide qué institución privada es buena y cuál no? Y aún más, ¿cómo queda su supuesta apuesta por la «pública» con la evidencia de que en su casa no se apuesta por ella? ¿A otros padres puede negárseles o estigmatizar lo que deciden tan libremente como ellos? Si optar por servicios privados desmantela lo «público», como cacarean Sánchez y los suyos desde la noche de los tiempos, ¿los están entonces desmantelando ellos?

Todo el mundo tiene derecho a hacer con su dinero lo que le plazca, e incluso hay que agradecer que cientos de miles de familias financien lo que luego no utilizan y hagan un esfuerzo, con lo que les sobra tras pagar sus impuestos, para consumir lo que quieran, donde quieran y las veces que les parezca oportuno.

Pero esa máxima se rompe cuando quienes la criminalizan en público luego la aprovechan en privado: no se puede presumir de querer abolir la prostitución y luego haber vivido de ella, o seguir viviendo a tenor de las estupendas ganancias derivadas de arrendar a precio de oro inmuebles adquiridos gracias a la explotación sexual de hombres, mujeres y jóvenes.

Y no se puede estigmatizar la enseñanza privada, suponiéndole una perversa estrategia para desplazar recursos públicos en su beneficio, y luego matricular a las niñas en ella. Claro que nada sorprende en un doctor deudor de una tesis escandalosamente plagiada ni de una catedrática tetraimputada por crearse, ella sí, un chiringuito universitario con fines comerciales.

A ver si todo va a consistir en otro monumental fraude de este impostor de medio pelo: destrozan el sistema educativo público con leyes absurdas y una politización infame, se la dejan a los demás y ellos, cómo no, eligen lo mejor para los suyos mientras pontifican lo que deben hacer los demás: no se vayan ustedes de meretrices, so cerdos, que ya abriremos nosotros un lupanar.

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