10 de diciembre de 2022

TribunaJosep Maria Aguiló

Estos días azules...

Deberíamos intentar disfrutar más de la belleza que hay en el mundo, tener más esperanza, amar más la vida. Deberíamos ser, en general, mucho más tolerantes y respetuosos, querernos todos un poco más, ser más conscientes de la fragilidad extrema de la existencia humana

La mayoría de seres humanos solemos tener una recurrente y casi siempre disculpable tendencia a aplazar en el tiempo decisiones o actuaciones que, de haberse llevado a cabo en el momento oportuno, podrían haber cambiado quizás para siempre nuestras vidas, presumiblemente para bien.
Y así, desmarcándonos de uno de nuestros refranes más queridos, dejamos para mañana, o incluso para pasado, lo que podríamos o deberíamos haber hecho hoy. Dejamos para mañana, pese a nuestra hipocondría, llamar al médico de cabecera. Dejamos para mañana, pese a nuestros sentimientos, escribir a la persona de la cual estamos enamorados. Dejamos para mañana, pese a nuestro indisimulable exceso de peso, empezar el régimen –esta vez sí– definitivo.
Dejamos también para más adelante, para un periodo de tiempo seguramente no del todo definido aún, iniciar la lectura de aquel libro que tanto nos ilusionó al comprarlo, quedar con una persona amiga para pasear y charlar tranquilamente en un café o realizar el viaje largamente soñado a Nueva York, París, Venecia o Praga. A veces nos falta voluntad. A veces nos falta tiempo. A veces nos faltan recursos. A veces nos faltan esos tres requisitos a la vez.
En ocasiones, un hecho inesperado o imprevisto, normalmente de carácter dramático, nos hace replantearnos por un breve espacio de tiempo el sentido o la lógica de nuestras propias vidas en el momento presente. Decidimos entonces que no podemos seguir como hasta ahora, aplazando o demorando la realización de nuestros proyectos y anhelos más personales, y nos convencemos de que debemos lograr tener más tiempo para nosotros mismos o luchar con nuevos bríos por esos viejos sueños tantas veces postergados. Pero pasado ese primer impulso anímico, normalmente volvemos a nuestras rutinas cotidianas. En el fondo, quizás no siempre sea posible el cambio.
Casi nunca sabemos o intuimos cuándo será la última vez que hablaremos con una persona querida, o que pasearemos por nuestra ciudad, o que veremos llegar un nuevo amanecer. Cuando somos jóvenes, solemos vivir como si siempre tuviéramos una nueva oportunidad para poder repetir una hermosa experiencia o vivencia anterior, pero a partir de cierta edad poco a poco vamos asumiendo ya que en algún momento dejará de ser así.
Pese a ello, hay también personas que incluso en las peores circunstancias no dejan de aferrarse de algún modo a la belleza, a la esperanza y a la vida. En ese sentido, siempre me ha conmovido de una forma muy especial el último verso que escribió el gran poeta Antonio Machado días antes de su muerte, acaecida el 22 de febrero de 1939, en la ciudad francesa de Colliure. «Estos días azules y este sol de la infancia», escribió. Cansado, enfermo, derrotado y triste, es probable que al contemplar desde la humilde pensión en donde se alojaba un cielo claro y limpio, compusiese este nostálgico, sereno y melancólico verso, evocador de un pasado personal feliz, que ya nunca iba a volver, y anunciador de unos ya cercanos y cálidos días primaverales que, fuesen como fuesen, él y otros compatriotas de ambos bandos ya no iban a poder vivir.
Cada vez que rememoro ahora ese bellísimo verso, que suele ser muy a menudo, pienso que muchos de nosotros quizás deberíamos de mirar cada día un poco más el cielo y un poco menos la pantalla del móvil o del ordenador. Seguramente, deberíamos intentar dedicar también algo más de tiempo a hacer las cosas que de verdad nos gustan, como estar con la familia o las amistades, escuchar música, ver películas, leer, pasear o simplemente no hacer nada.
Es probable que a una cierta altura de la vida quizás ya no sea posible hacer realidad nuestros proyectos de juventud o nuestras vocaciones originarias –yo quería ser director de cine–, pero siempre es posible intentar aprovechar algo mejor el tiempo en el que vivimos, el tiempo que vendrá, el tiempo que nos queda, por ejemplo, destinando algunas horas menos al día a leer tuits y retuits, a escuchar declaraciones y contradeclaraciones políticas o a seguir noviazgos y rupturas de carácter más o menos amoroso que poco o nada nos aportan, salvo quizás angustiarnos, dejarnos más bien indiferentes o hacer que suba algo más nuestra tensión arterial o nuestra bilirrubina.
Deberíamos intentar disfrutar más de la belleza que hay en el mundo, tener más esperanza, amar más la vida. Deberíamos ser en general mucho más tolerantes y respetuosos –sobre todo con quien piensa distinto–, querernos todos un poco más, ser más conscientes de la fragilidad extrema de la existencia humana. Si así fuera, entenderíamos quizás mucho mejor el sentido último de aquel precioso verso de Antonio Machado, de aquellos lejanos días azules y de aquel lejano sol de la infancia.
  • Josep Maria Aguiló es periodista
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