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TribunaAlfredo Liñán

De puente a puente

Nuestro pelangoche monclovita se pone como loco cada vez que Puente hace una de las suyas como proclamar, en plena hecatombe del transporte ferroviario, que Renfe está en el mejor momento de su historia

Dicen que el «Juego de la Oca» procede de un regalo que los Médici de Florencia hicieron a Felipe II hacia finales del siglo XVI. Bueno, eso dice el sabio Merlín actual, que ha cambiado el capirote estrellado y la bola por una tecla que, con solo rozarla, convoca a un tal ChatGPT, y te responde a todo como las viejas criadas, en refritos imposibles de información de rigor más que dudoso. O sea que vaya usted a saber. Mi recuerdo es de una mesa de camilla en tardes de lluvia y de lo malamente que me sentía cuando caía en el pozo en lugar de cantar el «de oca a oca y tiro porque me toca», o aún mejor el «de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente». ¿Médicis? ¡Anda ya! Geyper en todo caso, el mágico inventor de los «juegos reunidos», que eso sí que era un buen ejemplo inteligencia artificial.

Pero sea como fuere, hay que reconocer que nuestro pelangoche monclovita es un maestro en el asunto y se pone como loco cada vez que Puente, el ministro cafre que intenta apuntarse hasta el último pedo de la señora marquesa, hace una de las suyas como proclamar, en plena hecatombe del transporte ferroviario, que Renfe está en el mejor momento de su historia –la pobre mía– en lugar de explicar que hace decenas de años que los sucesivos gobiernos, tan modernos ellos, pasaron de invertir en los caminos de hierro, hasta que a todos los trenes les sucediera como se decía del de Arganda, que más pita que anda. Y es que eso de las inversiones a largo plazo les viene como muy grande a estos politiquillos cuatrianeros, sin más horizonte que las próximas –siempre próximas, malhaya– elecciones. Y así los trenes se van escachifollando día sí, día también; las «catenarias» se rinden y, para colmo de males, el sistema informático –el cerebro que lo ordena todo para nuestra seguridad– se cae y anda renqueando, añorando los tiempos en los que el jefe de estación daba la salida con bandera y silbato. «Viajeros al tren». No me sean cagones.

Y por si no bastara con Renfe, Correos ha pasado de institución modélica a puerto de arrebatacapas perdiendo aceite por todas sus costuras, por no hablar de las carreteras, autovías, autosuyas y hasta sendas de herradura, que se andan resquebrajando hasta convertirse en barbechos imposibles. Dicen que, actualmente, el presupuesto que sería necesario para, al menos, parchear las carreteras se aproxima a los trece mil millones. O sea que prepárense para lo peor, que los mandamases no tienen tiempo de ocuparse de chapuzas cuando andan en preocupaciones trascendentes y necesarias, como tirarle de la levita al moro o de la verga al judío, que para eso es gente circuncidada.

Si los trenes se paran. Si las carreteras se convierten en pistas de saltos de obstáculos. Si la luz se apaga, los montes se queman, los ríos se desbordan y los volcanes escupen lava enterrando vidas, casas y pueblos, lo único importante es buscar un culpable a quien escupir y poner en la picota para que concite las iras del pueblo. Siempre habrá un Puente dispuesto a rebuznar para entretener al personal y desviar la atención; un juez a quien ofender o un marginal a quien tapar la boca. Hasta ahora el presupuesto que nunca existió nos ha costado no se cuantísimos millones, concesiones y traiciones varias. Ahora, para mejorar la cosa y conseguir el disputado voto del trío de la tizne de la Yoli, la Siro y el Urtasun, le andamos enredando en la entrepierna al León de Judá y besuqueando a los terroristas de Hamás hasta en la vuelta ciclista que es como el Giro y el Tour, pero en paleto. Que los dioses nos sean benignos.

Al final sólo nos quedará la oca y saltar de puente a puente, hasta que, en alguna pirueta de las suyas a Pedro Sánchez se lo lleve la corriente. Hagan juego.

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