Retirarse a tiempo. Sí al maestro Morante
Retirarse a tiempo… lo hizo Adolfo Suárez González, el presidente-comodín de Torcuato Fernández Miranda y ejecutor, bajo la batuta del Rey Juan Carlos, de la hoy vituperada Transición «para evitar que la democracia en España fuera una vez más un paréntesis» o sea, a saber…
Se quitó –que no se cortó– la coleta el maestro Morante de la Puebla y la plaza de Madrid que tantas veces –¡ay ese dichoso, cansino y descreído tendido del siete!– le había negado el pan y la sal, se volvió loca sacándole en loor de santidad por esa puerta grande tantas veces negada y hoy, como escribe el maestro Fernando Valbuena: «Una puerta grande, dolorosa y falta de respeto. Cristo camino del Calvario chorreándole sangre el alma a la puerta del Wellington». Dicen que se ha retirado, aunque un torero nunca se retira del todo, ni siquiera Morante siempre asomado a la angustia insondable de su desgarro interior. Pero supo hacerlo; arrancarse la coleta mientras Madrid se estremecía, escribir una página que muchos tardaremos en olvidar. Retirarse a tiempo, el gran dilema, el ser o no ser final de un hombre grande.
Hace tiempo, (lo cuento por si hay algún lector escandalosamente joven que no lo recuerde) cuando corría nada menos que el año del Señor de 1968 –antes de ayer para mí, la edad media para mis nietos– el catedrático y presidente del Madrid, diario de la tarde, Rafael Calvo Serer publicó un artículo titulado: Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle. Inmediatamente, se desataron las furias del infierno, las autoridades entendieron que donde ponía De Gaulle, ponía en realidad Franco y el entonces ministro de Información y Turismo, Don Manuel Fraga Iribarne –años después ferviente demócrata converso– suspendió la publicación y no paró el burreo hasta que, unos años después, la sede misma del periódico en la calle del General Pardiñas voló por los aires para convertirse en un edificio de apartamentos de estética discutible. Y es que el general Franco y mucho menos los franquistas no tenían mucho sentido del humor y hacer chistes sobre la retirada del nombrado por-la-gracia-de-dios, era casi traición, que para eso había ganado una guerra, o eso creían entonces –coitadiños– porque actualmente a la luz de la «memoria histórica» sabemos que fue ignominiosamente derrotado.
Cuentan que, en la primera república, el presidente Estanislao Figueras i Moragas, harto ya de estar harto, espetó a sus ministros en sesión del consejo: «Señores… ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!» y se marchó directamente a la estación para tomar el primer tren a París. ¿Conocería Morante la anécdota?
Retirarse a tiempo… lo hizo Adolfo Suárez González, el presidente-comodín de Torcuato Fernández Miranda y ejecutor, bajo la batuta del Rey Juan Carlos, de la hoy vituperada Transición «para evitar que la democracia en España fuera una vez más un paréntesis» o sea, a saber… aunque todos tengamos nuestra propia versión de sus ocultas razones uniformadas.
El propio Manuel Fraga Iribarne, cuando vio que no conseguía la Presidencia del Gobierno de España, se retiró a sus cuarteles gallegos de invierno y cambiando la seda por el percal, acabó sus días toreando a ritmo dos gaiteiros. Su sucesor José María Aznar no se retiró formalmente, pero, fiel cumplidor de las normas que se había dado se negó a trasponer el límite de los ocho años de gobierno que él mismo se había impuesto. Y por fin Albert Rivera, en su día esperanza blanca del centro derecha, se retiró con armas y bagaje una vez que el cacareado sorpasso al PP devino en nada. Ignoro si cuando la historia se repita el cosijoso Abascal hará lo propio.
No, no es fácil retirarse a tiempo. Y si nos quedaba alguna duda fijémonos en un ejemplo cercano: Érase una vez un hombre que, colándose por la gatera de una moción de censura pagada a los sacamantecas de siempre, consiguió llegar a la presidencia del gobierno. Nunca jamás en su historia consiguió ganar una elección con mayoría suficiente, es más, en alguna ocasión consiguió limpiamente el peor resultado obtenido por su partido en esta nuestra renqueante democracia, pero pacta pactando con lo peor de cada casa y traicionando todo lo «traicionable», se encaramó en el pedestal monclovita y, sin presupuestos, sin capacidad legislativa, sin el respaldo más que de quienes han visto la oportunidad de destrozar España con su anuencia, ahí sigue, con un par y, por si fuera poco, dedicado últimamente a tocar los cataplines al todopoderoso animalito rubio -israelitas aparte- que, de paso es el mejor valedor de su, vaya usted a saber qué, sátrapa de Marruecos que anda relamiéndose de gusto, mientras se afila las uñas.
Tenía todas las razones y una más para haberse retirado con cierta dignidad o, al menos, haber convocado elecciones. Pero…va a ser que no. Para retirarse o para jugársela en unas elecciones hay que vestirse por los pies –discúlpenme, mis amables señoras el símil machuno– o, al menos, ser una persona de bien. Y no es el caso. «Se acabaron los gitanos que andan por el monte solos» escribió Federico García.
Retirarse a tiempo. Sí a Morante el de la Puebla. Gracias, maestro.