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MAÑANA ES DOMINGOJesús Higueras

El rico Epulón y el pobre Lázaro

No se trata de medir lo que tenemos, sino de preguntarnos cómo miramos al que sufre y qué lugar ocupa Dios en nuestras prioridades.

El Evangelio de este domingo nos presenta una de las enseñanzas más estremecedoras de Jesús: la del rico Epulón y el pobre Lázaro. El contraste no puede ser más radical. El rico se vestía de púrpura y lino finísimo, banqueteaba cada día y vivía como si nada le faltara. A sus puertas, Lázaro, cubierto de llagas, deseaba alimentarse de lo que caía de la mesa, pero sólo los perros se acercaban a lamer sus heridas. Sin embargo, al morir, la balanza se invierte: Lázaro es llevado al seno de Abraham, mientras que Epulón sufre en el abismo.

Esta parábola nos recuerda con claridad que la justicia de Dios siempre se cumple, aunque en la vida presente no siempre lo parezca. En la tierra, muchos sufren sin tener culpa y otros disfrutan sin límites. El riesgo está en pensar que la desigualdad es definitiva. Jesús nos muestra que no: el juicio de Dios revela la verdad escondida y pone cada cosa en su lugar. Nada queda impune, nada queda olvidado. Lo que en la vida parecía insignificante adquiere un valor eterno.

La enseñanza principal no se centra tanto en lo que uno posee, sino en cómo queda configurado el corazón en el momento de la muerte. El rico no es condenado por tener, sino por haber cerrado sus ojos y su corazón. El problema no es la abundancia material, sino la indiferencia que genera cuando se convierte en absoluto. Lázaro, en cambio, con toda su miseria, se mantuvo abierto a la espera, sin amargura, dejando que su pobreza se transformara en confianza. Y esa apertura humilde es la que Dios premia.

Hay aquí una advertencia muy seria: tenerlo todo puede convertirse en la mayor pobreza. La abundancia, sin un corazón agradecido y generoso, acaba por empachar el alma. El que vive saciado en todo corre el peligro de endurecerse, de volverse incapaz de desear lo esencial. Epulón, rodeado de lujos, había perdido la capacidad de ver al que estaba a su puerta, y por eso tampoco supo ver a Dios.

Por último, conviene subrayar que incluso lo que no hemos recibido puede ser providencial. En el plan de Dios, la carencia no es un castigo, sino muchas veces un camino de purificación. Los dones de Dios son para todos. Lo que no hemos podido disfrutar en el tiempo lo tendremos en la eternidad. Así sucedió con el pobre Lazaro y así sucederá con nosotros.

La parábola de Lázaro nos invita a revisar nuestro corazón. No se trata de medir lo que tenemos, sino de preguntarnos cómo miramos al que sufre y qué lugar ocupa Dios en nuestras prioridades. Al final, será la justicia de Dios la que revele dónde está el verdadero tesoro.

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