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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Zapatero, la culpa pudo ser de Netflix

Un futuro personal incierto en un mundo forjado de ilusiones de prosperidad o la encrucijada de un expresidente, mientras vuelve la polémica sobre la selección y otro suspense de cadáveres se cultiva en la continuación de 'Yellowstone'

El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero

El expresidente José Luis Rodríguez ZapateroEuropa Press

La culpa de la corrupción española la tiene seguramente Netflix. Ocurría con los alemanes del Este antes de la caída del muro. Los cantos de sirena escupidos por las antenas parabólicas, con los anuncios de coches de lujo en las teles vecinas, les hacían añorar la libertad dorada de sus envidiados hermanos libres. Y el sistema comenzó a resquebrajarse por su base, con aquellas incontenibles ansias de lujos prohibidos apuntando hacia otra vida distinta, más confortable.

Ahora ocurre algo parecido, también aquí. Mientras Mercadona anuncia que próximamente cerrará sus pescaderías (la clase media ya no puede permitirse el lujo de pedir que le limpien en condiciones una lubina salvaje para llevársela a casa), las series norteamericanas, las que la gente ve realmente, ofrecen por contra la estampa opulenta de esos hogares estadounidenses donde no falta de nada, empezando por el imprescindible espacio, donde empieza la auténtica libertad.

Los privilegiados moradores de estas casas con las debidas proporciones planifican vacaciones de ensueño en destinos como Taormina, cuyo Four Seasons, desde que lo sacó White Lotus en su segunda temporada, ya no da más abasto para acoger a los turistas del norte, dispuestos a dejarse mil quinientos euros por noche sin grandes agobios.

Para llegar hasta allí, además, las principales compañías aéreas de USA están empezando a desguazar el interior de sus naves con el propósito de reducir al mínimo los asientos de la hacinada clase turista. Nadie desea viajar ya enlatado, porque ellos pueden permitirse las comodidades premium y las obsequiosas atenciones de business, que además también suele contar con las auxiliares más atractivas.

Una de cada seis familias norteamericanas es rica. Y el profundo estado de Misisipi, donde un pobre negro humillado salía cantando Ol' man river hasta hace nada, va camino de superar en renta per cápita a Alemania, si no lo ha logrado ya. Aquella melancólica ensoñación del progresismo, hoy alimentada por grandes capas de la sociedad, ha fracasado una vez más.

El imperio norteamericano no está en declive. Su economía se encuentra lejos de hundirse. Puede incluso permitirse vaivenes imprevistos como los de las guerras de Trump, y sus chicos, gente normalmente acomodada de Wisconsin, siguen presentándose periódicamente en Madrid con la visa a tope para disfrutar de los restaurantes que aquí la mayoría de los jóvenes solo pueden permitirse si son futbolistas, toreros de éxito o influencers famosos.

Por eso, cuando a un expresidente, al que le han pasado por delante decisiones que implican la obtención de miles de millones, para este y para el otro, casi siempre los mismos, le dicen que una de las opciones profesionales que le quedan después de la Moncloa es pertenecer al consejo de Estado, por 100.000 euros al año, con la imposibilidad de hacerlo compatible con otras actividades, le da la risa floja.

José Luis Rodríguez Zapatero, en imagen de archivo

José Luis Rodríguez Zapatero, en imagen de archivoEFE

Con eso no le alcanza para el spa y el brunch de las niñas, durante los fines de semana, ni casi para unos churros. Se dirá que es una cantidad apreciable (a descontar los impuestos), sobre todo para quienes tienen que lidiar diariamente en hospitales y escuelas públicas con la administración de la penuria actual, evidente en la masificación, el deterioro de las propias infraestructuras y la impaciencia de los usuarios, que exige servicios de primera, o una atención al menos «como la de antes», por poco más de un salario mínimo, que incluso en Francia es 600 euros mayor.

Pero en el caso de los expresidentes al menos tienen una salida. Si no vuelven a sus antiguas profesiones (Rajoy, quizá menos ambicioso o con una mejor oposición, lo hizo), con sus incompatibilidades, pueden zascandilear libremente por el extranjero si se arriman a buena sombra, para no menoscabar los presupuestos del Estado con inventos de lobbies o fundaciones.

González se procuró la de Carlos Slim, un coloso entre los empresarios hispanoamericanos, y Aznar pasó la gorra de su fidelidad atlantista entre otros acreditados patrocinadores como Rupert Murdoch, para el cual 300 mil dólares anuales por un puesto en uno de sus consejos seguramente resultaban bastante menos de lo que solía gastarse en propinas para los camareros.

Ambos antiguos mandatarios tenían además muy presente la penosa situación personal por la que atravesó Adolfo Suárez, casi hasta el final de sus días.

Los expresidentes del Gobierno Felipe González (d), José María Aznar (c) y José Luis Rodríguez Zapatero (i) durante el funeral de estado por Adolfo Suárez González

Los expresidentes Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero en el funeral de Adolfo SuárezGTRES

Zapatero, menos instruido, según el propio González, al que su situación le procura «tristeza», o afirman exministros suyos como César Antonio Molina, que lo creía incapaz de ingenierías financieras por propia estulticia, no acertó en sus compañías. Ni las locales ni mucho menos las de fuera.

Porque mezclar los posibles negocios con trasnochados ramalazos de ideología, como si respaldar al camarada Maduro, o a los hijos de Mao, lo justificara todo al situarse «en el lado correcto de la historia», no podía resultar más que un despropósito.

El expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, junto a Nicolás Maduro

El expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, junto a Nicolás Maduro(EPA) EFE

En la hora incierta se atropellan ahora los reproches, quizá sin atender a lo esencial: la pendiente de miseria por la que se precipita el país se debe, en buena medida, a que las personas elegidas para intentar situarnos en los niveles auténticos de prosperidad que nos restriegan las plataformas en las series de EE UU, dedican casi más tiempo, desde el principio, a pensar en cómo apuntalar su propia economía personal para cuando al teléfono ya no se les ponga nadie del Ibex, que en mejorar la economía de sus semejantes, lo único relevante. Aquello en lo que deberían concentrarse para poder acertar y sacarnos del pozo.

Todos mal pagados, desde el conserje hasta el propio Rey (como por otra parte ya se vio).

La selección de todos, ¿de verdad?

Ya se ha vuelto a montar. Otra vez volvemos a las andadas como con el atrabiliario Luis Enrique. Algo debían maliciarse en la federación sobre el resultado del desatino cuando, una vez más, se empeñaron en sacar de la cama al rey Felipe para que le diera al imposible regate un algo de legitimidad sobrevenida.

Esta es la selección que nos representa a todos, aseguran los conjurados en la vendetta. ¿Cómo procurarlo si, ya de entrada, se ignora y desprecia a los jugadores del mejor club de la historia, que quizá no hayan tenido su mejor temporada pese a haber quedado segundos en la Liga y casi apear al Bayern de Múnich del paso a semifinales de la Champions, si otra vez más no llega a mediar la injusticia arbitral a última hora (igual que en el reciente atraco del Pireo)?

¿Qué delantero entre los convocados ahora mismo por De la Fuente puede exhibir más instinto goleador que Gonzalo, el nuevo Santillana, cuando le dejan? ¿O tenemos una defensa tan sólida, compacta y resolutiva que nos resulta imprescindible aparcar en Ibiza a Asencio, Huijsen y Fran García, habituales de la escuadra menos goleada?

Luis de la Fuente no convocó a ningún jugador del Real Madrid para el Mundial

Luis de la Fuente no convocó a ningún jugador del Real Madrid para el Mundial

Por no decir que cualquier combinado nacional con solera y algo de clase hubiese reservado si quiera un dorsal para un jugador simbólico, con la experiencia para aportar estabilidad, madurez y garra a un vestuario joven y, en caso necesario, rendir sobre el terreno hasta la extenuación, como los héroes verdaderos (bien lo sabe Portugal, y por eso lleva a Cristiano Ronaldo). En ese modelo encajarían idealmente desde Carvajal hasta el siempre aguerrido Sergio Ramos, eternos humillados del arbitrario nuevo régimen.

Ojalá les vaya bien con lo que tienen porque en cualquier situación, incluso contra quienes se empeñan en destrozarla, hay que apoyar a la selección nacional. Pero no será extraño que, entre la legión de aficionados del Real Madrid, y los que naturalmente desprecian este tipo de conductas miserables, se encuentren quienes no parezcan dispuestos ya a animar con el mismo brío o fervor los caprichos de un seleccionador devorado por los complejos, o algo peor.

Y que para este nuevo enjuague se dediquen a implicar hasta al Rey… Qué papelón, ¿otra vez?

La nueva 'Yellowstone' es otra cosa

Se ha estrenado lo que se vende como una continuación de Yellowstone, la serie de mayor éxito de los últimos años en todo el mundo. Muerto el patriarca, al que encarnó con laureles de César renacido para la ocasión, Kevin Costner, las nuevas historias pretenden reivindicar ahora el protagonismo esencial para la hija preferida, Beth.

En realidad, ya era esta mujer uno de los principales activos del original, junto a su pareja más estable, Ripp, el viril capataz rescatado del arroyo de una infancia descarriada para servir lealmente al patrón. De paso, se aplicaría también a la tarea improbable de «domar» a la chica, rea a su vez de demonios que malograron fatalmente su adolescencia, con caricias verdaderas de las que no adornan los callos del alma, y una eterna complicidad forjada entre infortunios.

Kevin Costner en Yellowstone

Kevin Costner en YellowstoneGTRES

Yellowstone triunfó por la historia y las buenas actuaciones, que son lo esencial en estos casos. Pero su incontestable popularidad, más allá de las matemáticas de tramas y subtramas con sus giros bien medidos, tuvo mucho que ver con la ideología, o eso que se denomina la batalla cultural.

De hecho, su creador, Taylor Sheridan, se lo hubiera propuesto o no, pavimentó semana a semana el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, aportándole en forma de ficción la munición necesaria para derribar en buena medida los cimientos bastardos del edificio «woke».

Donald Trump sujetando la Copa del Mundo en la Casa Blanca

Donald Trump sujetando la Copa del Mundo en la Casa BlancaGTRES

Lo logró con mayor efecto en la estilización visual de sus postulados, de inapelable calado estético, empleados casi como cargas de profundidad a modo de sutiles parábolas, que las consignas del movimiento MAGA, más vulgar en sus formas y enunciados.

Mejor que cualquier tratado sociológico, los diálogos y situaciones que daban sentido a los guiones de esta serie situaban al norteamericano medio frente al espejo de algunas de sus principales contradicciones presentes.

Allí se cuestionaba desde el laberinto absurdo en el que se ha convertido la identidad, o los excesos de la falsa ecología de salón, hasta la ridícula impostura en la que tantas veces incurre la corrección política, incapaz de llamar a las cosas por su verdadero nombre para no causar innecesario disgusto, cuando la amabilidad mal entendida eleva la peor hipocresía, el disimulo y la contorsión al rango de único comportamiento verdaderamente aceptable en sociedad.

Sheridan labró legítimamente su éxito. Se mudó a un rancho de 400 millones de dólares y desde allí sigue surtiendo de ficciones bien recibidas los vastos predios de la Paramount.

Taylor Sheridan es el creador de Yellowstone

Taylor Sheridan, creador de Yellowstone

Su factoría ha optado por la especialización, y ahora empaqueta sus contenidos según el objetivo: la acción pura y dura se concentra en Marshalls y en Lioness, con mujeres fuertes y decididas que pegan tiros a veces con algo más de sentido y acierto que sus compañeros, y anticipan operaciones como la de Venezuela.

La retirada de las últimas brasas del wokismo las reserva ahora para su implacable retrato del pijerío típico de la costa Este, en su versión más pura del alto Manhattan, concebida para The Madison, donde la única redención posible para sus damas patrocinadoras del Met exige un regreso a los pastos incontaminados de Montana, donde los hombres aún lo parecen con todas sus implicaciones positivas.

Michelle Pfeiffer protagoniza The Madison

Michelle Pfeiffer protagoniza The MadisonParamount+

Mientras, su nuevo 'Rancho Dutton' se ofrece en principio como una vuelta de tuerca a la seminal Yellowstone, con menos postulados ideológicos y algo más de suspense, porque lo de Trump no se sabe muy bien cómo acabará, pero la gente se mantiene adicta a las pistolas y el enigma de un cadáver en el armario.

De lo que se ha ofrecido hasta ahora (van los dos primeros episodios), lo que apunta más interés, para quienes se fijan en estas cosas, se encuentra en las posibilidades que ofrecen los dos nuevos personajes encomendados a la sección geriátrica de Hollywood, donde hoy se relega a sus mitos ya solo susceptibles de un último tributo cuando los reclama la tele para darse algo de lustre innecesario, pero postinero.

La estupenda Anette Bening se nos ofrece como una suerte de némesis de Beth, con sus mismas agallas y amor por la familia, pero menos implicada en el bienestar del prójimo. Y al gran Ed Harris, otro coloso de los secundarios, se le reserva el papel de un improbable trasunto del malogrado Dutton, algo más modesto, sobre el que Beth irá descubriendo capas que le desvelan a un tipo recio, con la nobleza añorada de su padre. De él podría hasta llegar a enamorarse si su corazón no estuviera ya ocupado. Aunque quién sabe lo que nos pueda deparar el genio Sheridan.

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