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GaleanaEdurne Uriarte

La propaganda de la amenaza ultra

La propaganda izquierdista de la amenaza ultra es ridícula, pero funciona, porque crea un objeto fóbico que es la derecha

Tenemos un gobierno de ultras que alerta sobre la amenaza ultra. Es una propaganda intelectualmente ridícula, pero funciona; es éticamente lamentable, pero arrastra a mucha gente; es políticamente antigua, pero sobrevive. Y esto pasa porque la derecha no ha sido capaz de desmontarla, y me refiero tanto a la derecha política como a la intelectual. Y el problema es que se trata de uno de los dos ejes de la propaganda sanchista, tanto para aguantar ahora como de cara a las próximas elecciones.

El primer eje es el discurso de los desfavorecidos, de la oposición entre el pueblo de la izquierda y la élite poderosa de derechas, y el mensaje de que solo la izquierda garantiza un Estado del bienestar fuerte y unas instituciones públicas que protejan a los más necesitados. Pero el segundo eje es el de los ultras, esos extremistas que son todos de derechas y que amenazan la democracia. Cualquiera que siga las sesiones de control del Congreso, habrá comprobado que todas las intervenciones del Gobierno incluyen habitualmente ambos mensajes, y que no hay sesión sin varias invocaciones a los ultras. Cuanto más apurado y falto de argumentos está el ministro de turno, más repite la palabra ultra, con la idea de que cualquier desmán del Gobierno será justificado para evitar la llegada de los ultras.

Y esto funciona porque no tiene respuesta. Porque nadie sabe muy bien cómo contrarrestarlo. Recuerden lo que ha pasado con la palabra «socialcomunista», un concepto que refleja con corrección la composición del Gobierno, y que tiene el interés de usar la palabra comunista, una palabra que hasta evitan los propios comunistas, conscientes de que les causa algunos problemas de aceptación. «España, el país donde los comunistas no dicen comunismo» titulé mi capítulo sobre España en el libro La extrema izquierda europea que dirigí con Ángel Rivero. Pero hasta yo dejé de usar el adjetivo socialcomunista ante la reacción mayoritaria, también de la derecha: mira que llamar comunistas a los comunistas, qué exagerados sois.

Algo parecido pasa con la palabra ultra, que hasta la derecha ha interiorizado el mensaje izquierdista de que son ultras, es decir, extremistas, dudosamente democráticos y tendentes a la violencia, los de derechas. Y así es como España se divide oficialmente entre lo que Sánchez llama mayoría progresista y la derecha ultra. Los progresistas incluyen a independentistas que odian a España, a comunistas amantes de las dictaduras cubana y venezolana, a simpatizantes de la historia criminal de ETA y a socialistas que arremeten contra el Estado de derecho y los medios de comunicación críticos, mientras que los ultras son los que respetan las instituciones democráticas, defienden la libertad de expresión y condenan las dictaduras y los terrorismos.

Pues esto funciona, porque crea un objeto fóbico, que es la derecha. No importa la realidad, importa la emoción, el miedo y el rechazo al monstruo ultra. Y de momento, estamos como con lo del socialcomunismo, con sonrisitas de superioridad y tipos que te llaman exaltado si tildas de ultras a Pedro Sánchez y a sus socios.

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