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TribunaLuís Javier Montoto de Simón

Baroja, el hombre bueno de Itzea

Ha sido uno de los pocos hombres sinceros que han pisado este planeta; un hombre franco y de comportamiento natural debido a que estaba persuadido de que con su actitud no engañaba a los demás

En estos tiempos de mediocridad moral y evidente marasmo intelectual y crisis de capacidad de reflexión y criterio, la figura del escritor vascongado acude a mi memoria como un referente del espíritu de rectitud en la vida, de su antihipocresía en el hacer y decir de sus personajes novelescos, que no eran otra cosa que el auténtico reflejo de su personalidad manifestada en su conducta a lo largo de su peripecia vital.

En los primeros días de su asentamiento en el pueblo de Vera de Bidasoa (Navarra), los chiquillos de las casas de los alrededores le incordiaban continuamente y no respetaban su tranquilidad y silencio. Hasta que poco tiempo después los llegó a «espantar como a los gorriones», según comentó después en algunos de sus escritos. Hubo alguno que, al verle salir y cruzar la verja de su casa para dar su paseo más frecuente por la carretera de Francia, gritaba diciendo a sus padres: «Ése es el hombre malo de Itzea». Pero lejos de tal cosa lo que a Baroja le molestaban eran los pelmas, de cualquier edad. Con su sobrino Julio Caro, con el que convivió mucho, tuvo mucha paciencia cuando era niño; no se exasperaba con él. Todo ello derivó, con los años, en una gran confianza, siendo en quien más confiaba con el paso de los años. Al niño le gustaba pasear con su tío. Conversaciones con preguntas y respuestas; preguntas, a veces insulsas, otras más agudas. Respuestas lo más precisas posibles, rectificando el mundo de las creencias infantiles. «No, los sapos no escupen veneno a las personas; los lagartos no son animales peligrosos que se echan a la cara; no hay animales que sean de Dios y otros del diablo». Y así, cada dos por tres, con razones claras y sencillas, los porqués se disipan dando paso a los cómos. Quizá el escritor con esos diálogos deambulantes se liberaba de tristezas, amarguras y cansancios. Con frecuencia se hacen retratos de las personas con argumentos baratos y superficiales, diciendo melonadas de tamaño inverosímil. Recientemente hemos escuchado a toda una «señora ministra» decir que hombres y mujeres somos de distinta especie, y no sigo más.

Pero a lo que iba; al inicio de este comentario opinaba que Pío Baroja pudiera ser un antídoto de la falta de sinceridad de los protagonistas de la vida política actual. La información diaria nos trae infinidad de noticias bélicas, insultos y amenazas por doquier cuajadas de mentiras por todos los poros. Este mundo está necesitado de que haya personas que llamen al pan pan y al vino vino, aún a riesgo de ser tachados de seres amargos e intratables, de no acomodarse al talante político actual, a la corriente woke, y a la relatividad de la verdad diluida en estado líquido y metida en un envase moldeable al que se le puede cambiar de forma, al antojo de las circunstancias.

Ser sincero en nuestro mundo resulta difícil, y puede considerarse que uno camina por un sendero sin destino concreto. Si se sustituye la sinceridad por la adulación y una estúpida y boba credulidad, nos instalamos en un mundo de hipócritas que confunden la diplomacia con sus propios intereses y no con los del colectivo social al que tienen que representar. En este sentido, Baroja ha sido uno de los pocos hombres sinceros que han pisado este planeta; un hombre franco y de comportamiento natural debido a que estaba persuadido que con su actitud no engañaba a los demás. Sus silencios, su postura ante los hechos que pasaban por delante y alrededor, sus conversaciones y, sobre todo, sus opiniones escritas en sus libros y en la prensa, estaban totalmente alejadas de las voces infladas y grandilocuentes, y de las frivolidades de tantos que se creen por encima de los demás y que pueden pasar por el poder mangoneando a su antojo las circunstancias que luego van a producir unas consecuencias tremendamente perjudiciales para la mayoría.

Por eso digo «el hombre bueno de Itzea», el ser humano capaz de decir cuatro verdades al lucero del alba, el antifrívolo don Pío que no quiso pasar por hombre grande en la vida aún siendo mayor que los insignificantes que pasan por ella aparentando parecer grandes.

En el prólogo de su novela César o nada, perteneciente a la trilogía de Las Ciudades, y ambientada en la ciudad de Roma, podemos apreciar una sencilla opinión de lo que vino a ser esencial en su credo de vida: « Lo individual es la única realidad en la naturaleza y en la vida. La especie, el género, la raza, en el fondo no existen; son abstracciones, modos de designar, artificios de la ciencia, síntesis útiles, pero no absolutamente exactas. Con estos artificios discurrimos y comparamos; estos artificios constituyen una norma dentro de nosotros mismos, pero no tienen realidad exterior. Sólo soy un ser vivo, es lo único que puede afirmar el hombre». Opinaba nuestro autor que las ideas de lo bueno, de lo lógico, de lo justo, de lo consecuente, son demasiado genéricas para representarse completas en la naturaleza. Decía que todo lo individual se presenta siempre mixto, con perspectivas un poco absurdas y contradicciones pintorescas, que nos pueden chocar porque intentamos enjaular a los individuos en principios que no les corresponden. Como colofón de sus ideas, se podría recapitular que lo perfecto en una sociedad sería que supiera defender los intereses generales y, al mismo tiempo tener en cuenta lo individual, que pudiera dar al individuo las ventajas del trabajo en común y la libertad para conservar cierto aislamiento personal.

  • Luis Javier Montoto de Simón es médico y escritor
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