02 de julio de 2022

De todas las intervenciones memorables de Pedro Sánchez, hay una inigualable que debería proyectarse en los institutos para que los chavales, al llegar a Aristóteles o Spinoza, entendieran a la perfección el concepto de ética con un ejemplo de ausencia de ella.
Desde el atril del Congreso, dirigiéndose técnicamente a Rajoy pero mirando a la Historia como hace seis veces al día, justificó la moción de censura interpuesta tras sendas derrotas electorales, un año de bloqueo y la sensación de que estaba más acabado entonces que hoy Nada Calviño; apelando a la necesidad de transparencia, regeneración y dos huevos duros.
Lo hizo con un ejemplo que, visto todo con cierta perspectiva, pone las puntas de pelo, por utilizar la terminología preciosa de María Jesús Montero con los Seprupuestos Nerejales del Esdato. Se refirió a un ministro alemán dimitido por falsear su currículum, hinchando datos menores o directamente inventándoselos como Zapatero con el déficit.
De esas palabras emergió el Faro de Alejandría de Pozuelo, acompañado espiritualmente por el juez de Prada y su sentencia fake; para prometer, solemne, que con él se acabarían los abusos, el clientelismo, la opacidad y otros dos huevos duros más.
Huelga recordar cómo gestionó luego el episodio iniciático de la Larga Marcha Sanchista que aún recorre España como la lava de La Palma: le pillaron plagiando su tesis doctoral, aprobada por un tribunal de amiguetes, convertida luego en libro a pachas con uno de sus examinadores y redactada por un negro tan negro que probablemente hoy sea embajador de España en Guinea, Tanzania y Kenia a la vez.
No dimitió, quizá porque no se sentía muy alemán en ese momento, y en su lugar difundió desde La Moncloa, utilizando recursos públicos y cobertura institucional, un supuesto estudio antiplagio que nunca enseñó y nunca aclaró de dónde venía ni quién lo pagaba.
Aunque horas después, casualidades de la vida, Lo País publicó uno de idéntica conclusión y semejante rigor científico en su sección de nacional, aunque todos creímos leerlo en las páginas volanderas de masajes tailandeses con final feliz.
De un presidente que es doctor por la patilla, tras utilizar la regeneración como coartada para lograr en los despachos lo negado en el campo de juego, puede esperarse todo: que te meta un 155 o se la deje meter 155 veces.
O que, a las 24 horas de que el Tribunal Constitucional declare ilegal todo lo que hizo en la pandemia para luchar más contra los españoles y la oposición que contra el virus; se permita comparecer a dar lecciones morales al Rey pretérito, al Rey presente y a la Reina futura tras conocerse que su Fiscalía Delgada iba a tener que archivar la caza de brujas a Juan Carlos I.

Casi duele observar las similitudes entre Austria y España, entre Pedrito Trolas Castejón y su homólogo, y el antagonismo en las consecuencias

Ahora Austria, que es una Alemania en pretemporada, da una lección impagable con la dimisión de su canciller con nombre de Marlon Brando en “Apocalypse now”.
El tal Kurz ha hecho el petate presionado por la Fiscalía, tras conocerse que se pagaba con dinero público la propaganda de su Gobierno en medios de comunicación afines y que había enchufado en la Administración hasta al apuntador del apuntador del apuntador, pero sin llegar al nivel de nuestro Pedro, capaz de meter en Correos a su jefe de Gabinete sin saber ni pegar un sello.
O de viajar a África a promocionar el español que ilegaliza en Cataluña coincidiendo, vaya por Dios, con la creación de un centro africano dirigido por su discreta Begoña, tan experta en la materia como Belarra en cualquier cosa.
Casi duele observar las similitudes entre Austria y España, entre Pedrito Trolas Castejón y su homólogo, y el antagonismo en las consecuencias. Allá no hay una Lola mirando a Logroño para salvar el trasero a su promotor.
Y acá, cuando todo eso pasaba en nuestras narices, la prensa generalista respondía al plagio difundiendo un bulo remunerado: “Salimos más fuertes”.
Y dos huevos duros.
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