25 de septiembre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Zheng He con esteroides

Rusia no tiene fuelle como para acabar cambiando a medio plazo nuestro modo de vida, China sí, y da bastante miedo

Cuando los europeos éramos todavía una especie de bárbaros poco adeptos a la higiene, los chinos ya habían inventado la pólvora, la imprenta de tipos móviles, el papel (y el papel higiénico), el reloj mecánico, el cepillo de dientes… Su civilización era la más sofisticada del mundo.
Pero luego nosotros dimos el estirón, como tan bien ha explicado Niall Ferguson en su libro «Civilización». A mediados del siglo XV, China se encerró en sí misma y fuimos los europeos quienes acabamos conquistando el mundo. Lo hicimos mediante las armas de la ciencia, la competencia, el imperio de la ley, la medicina, el consumo, la ética de trabajo y el afán evangélico cristiano. El resultado es que creamos las sociedades más prósperas y libres del planeta. Esas de las que ahora muchos reniegan, cuando no parece que hayan aparecido todavía otras mejores.
Ma He, un niño musulmán nacido en 1371, castrado a los doce años por sus captores de la dinastía Ming, acabaría convirtiéndose en el más legendario héroe chino (aunque hoy el oficialismo local ya empieza a pregonar que el mayor es otro: Xi Jiping). El eunuco Ma He mutó con el tiempo en el gran almirante Zheng He, brillante guerrero, diplomático y explorador. En el arranque del siglo XV, gobernando el emperador Yongle, el almirante He organiza la colosal «Flota del Tesoro», con 300 barcos y 27.000 tripulantes, una auténtica urbe flotante. El mundo no volvería a ver nada igual hasta la I Guerra Mundial. La nave capitana medía 120 metros de eslora, era por tanto cinco veces más larga que la «Santa María» de Colón. La flota china surcó el Pacífico, el Índico y el mar Arábigo. Costeó el Este de África y según las versiones más míticas incluso cruzó el cabo de Buena Esperanza y subió hasta Cabo Verde.
¿Cuál era el móvil de las expediciones del almirante Zheng He? Su añagaza consistía en agasajar a los mandatarios que visitaba con obsequios y maravillosos espectáculos de bailarinas y acróbatas, a cambio de que ellos reconociesen la supremacía china. Como estamos ante un pueblo con memoria, curiosamente esa misma estrategia late hoy tras la llamada «Iniciativa de la Franja y la Ruta», o «Nueva Ruta de la Seda», un colosal plan de inversiones e infraestructuras en 70 países que lanzó en 2013 el Gobierno del Partido Comunista Chino.
Zheng He prefería la diplomacia, pero reforzada siempre por la amenaza de la fuerza, que aplicaba cuando la vía de la seducción no funcionaba. El rey de Sri Lanka no quiso saber nada de los visitantes chinos, temeroso de que le robasen la gran reliquia nacional, un supuesto diente de Buda. El almirante chino envió entonces a dos mil soldados, lo apeó del trono y problema resuelto.
A partir de la muerte del emperador Yongle, en 1424, sucede algo que sorprende a todos los historiadores. Las grandes expediciones navales se suspenden súbitamente. China se repliega sobre sí misma y se centra en su vida doméstica y sus cuitas con sus vecinos más inmediatos. Incluso se emite un edicto que llega a condenar con pena capital a quien construya un navío de más de dos mástiles. No sé sabe a ciencia cierta por qué se olvidó China del mundo. Tal vez porque a la postre las aventuras ultramarinas no resultaron rentables. O porque los sabios confucianos se asustaron al ver las extrañas novedades que había traído Zheng He del extranjero, incluido algo tan pasmoso como una jirafa. Mientras los pensadores confucianos chinos postulaban una adaptación racional al mundo, los europeos ya estaban en otra cosa: el dominio racional del mundo.
China se quedó atrás, retraída en su inmenso yo. Encaró una larguísima cuesta abajo, cuya sima fue la humillación por parte de las potencias europeas durante las Guerras del Opio del siglo XIX. En febrero de 1912 abdica Puyi, de la dinastía Qing, el famoso último emperador de la película de Bertolucci. Es el réquiem a dos mil años de imperio chino. El país se había convertido en un juguete de los occidentales. La jerarquía nacionalista que manda hoy en China tiene tatuada a fuego en su memoria aquella afrenta y trabaja para vengarla. Con calma, pero sin tregua.
Siete siglos después de las aventuras del almirante Zheng He, China ha vuelto a donde solía. Pero lo que tenemos ahora es Zheng He con asteroides. Un poder que da miedo, con una cúpula entregada al veneno del nacionalismo, con un rearme constante, con un robo sistemático de nuestros secretos industriales y una competencia desleal. Pero sobre todo, con un modelo político que es el reverso de nuestros sistemas de derechos y libertades. Una dictadura con un control social por vías digitales que hace reales las peores pesadillas orwellianas, donde se practica un exageradísimo culto al líder, donde se reprime sin pestañear a la mínima disidencia. La novedad es que como en los días del emperador Yongle, la jerarquía del PCC –a la que no hay que confundir con el pueblo chino– vive en la convicción de que su modelo es el superior. Creen que la dictadura del hombre fuerte y el control total de la ciudadanía resultan mucho más eficaces que las democracias occidentales, que ellos consideran decadentes y poco operativas.
Y todo esto es lo que en realidad está en juego en la crisis de Taiwán, pórtico del que será el gran debate del tiempo presente: ¿Cuál será el modelo imperante en el mundo a finales de este siglo: la autocracia china o la democracia occidental?
Rusia no tiene fuelle, método ni paciencia como para acabar cambiando nuestro modo de vida. China sí, y a algunos nos intimida, aunque me temo que todavía somos demasiado pocos. Se mira mucho el dedo (Putin), pero poco la luna que señala: Xi. El problema no ha sido Pelosi, sino la ambiciosa potencia que la ha usado como coartada para empezar a exhibir lo que de verdad lleva dentro.
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