09 de diciembre de 2022

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

¿Soldados, hordas…?

Como asesinos de civiles, como violadores, como torturadores, los soldados rusos no tienen rival. No lo han tenido nunca

De sorpresa en sorpresa, el que fuera considerado segundo ejército del mundo (o, en la más pesimista de las valoraciones, el tercero) ha exhibido la bravura de un soldadito de plomo. Desbaratado, en la primera semana de invasión, el plan relámpago de tomar Kiev, asesinar a Zelenski y a sus ministros, fusilar para ejemplo a unos aleatorios miles de ucranianos, violar y devastar cuanto se les pusiera en el camino, los soldados de Vladímir Putin han caído de bruces en un abismo para el cual no se atisba fondo. Y que es ya la mayor derrota –por encima de la de Afganistán– sufrida por Rusia desde la Segunda Guerra Mundial.
El plan de guerra ruso era, sin embargo, brillante. Lo parecía. Descabezado Kiev en cuarenta y ocho horas, rotos todos los canales de comunicación y aprovisionamiento de las fuerzas armadas ucranianas y desmoralizada la población, Moscú contaba con imponer sus condiciones óptimas de paz: Gobierno títere en Kiev, bajo el protectorado de Putin; raya fronteriza, trazada a tiralíneas, desde la frontera rusa, Lugansk y Donetsk, hasta la frontera moldava. El mar de Azov sería un lago privado del Kremlin y el control de la costa norte del mar Negro permitiría a Rusia ejercer, con pivote en Sebastopol y Odesa, hegemonía absoluta sobre el paso al Mediterráneo. Y el sueño de retorno al imperio, perdido cuando se licuó la URSS, estaría al alcance de ese Putin que lleva años empeñado en ser un Stalin con retórica zarista.
Era sencillo sobre el mapa. Sólo se precisaba aquello que todos dábamos por sentado: la existencia de un ejército ruso, tan eficaz como despiadado. La segunda habilidad se ha cumplido: como asesinos de civiles, como violadores, como torturadores, los soldados rusos no tienen rival. No lo han tenido nunca. Quienes recuerden las prácticas de violación y matanza masivas ejercidas por los rusos en mayo del 45 sobre una población berlinesa ya derrotada y rendida, saben que nada nuevo hay en las atrocidades que se están cometiendo ahora en Ucrania.
Pero no basta ser cruel para ganar una guerra. Se requiere eficacia. El espectáculo de los tanques abandonados sin gasolina, la ausencia de previsión logística, la incapacidad para romper las líneas de un ejército muy inferior, y, sobre todo, la impotencia para mantener las propias líneas de defensa cuando ese enemigo inferior ha contraatacado, hundirían en el fango a cualquier mando militar con un resto de vergüenza. En su Nuevo arte de la guerra, el general Rafael Dávila insistía brillantemente sobre esa primacía de ética e inteligencia, sin las cuales el militar no existe: «De soldado a general, todo debe estar basado en el conocimiento y dotado de los conocimientos necesarios para que cada cual cumpla con su deber». Y ningún deber puede llevar jamás a un soldado a masacrar a los civiles. Pero el ruso no es un ejército. No lo ha sido nunca. Es una horda.
Queda la amenaza última. Siempre. Putin dispone de una fuerza nuclear aterradora. ¿Va a usarla? Abandonado Jersón por sus soldados y previamente desplazada la parte de la población que simpatiza con Rusia, la tentación de recurrir a alguna variedad táctica de armamento nuclear es muy alta. Queda por saber si ese arsenal atómico se encuentra hoy en un estado tan defectuoso como el resto de la máquina militar rusa. Recemos por que así sea.
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