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14 de julio de 2024

Ojo avizorJuan Van-Halen

Normalización de la mentira

Sánchez ya se ha cargado el futuro del PSOE y hace lo posible por acabar, lenta pero persistentemente, con nuestra democracia de ciudadanos libres e iguales

Actualizada 01:30

Según Sánchez el fango lo ponen otros pero él –o en ocasiones algún siervo– es quien amenaza, chantajea, insulta, señala enemigos con los que hay que acabar, y ataca a familiares de sus adversarios políticos, no acepta el resultado de las urnas –pierde siempre pero se ufana de que gana–, se vale de partidos que bautiza como progresistas pese a que fueron siempre carcundia integrista, trabucaire y racista. Sánchez parece haberse convertido también en el «puto amo» del Diccionario. Lo emplea como quiere, censura lo que le conviene, y cuenta para ello con la ayuda nada disimulada de la presidenta del Congreso. Sánchez ya se ha cargado el futuro del PSOE y hace lo posible por acabar, lenta pero persistentemente, con nuestra democracia de ciudadanos libres e iguales. En esa ofensiva incluyo como damnificados a la unidad en lo interior y a la valoración de España en lo exterior.

Me costó entender en la noche electoral esos millones de votos que sumó el PSOE. Después de lo que habíamos vivido. Hay una marea de votantes que le perdonan todo sencillamente porque no están enterados. O son errados persistentes. Me llegaron un par de reportajes grabados a las puertas de mítines socialistas y me sorprendió la lejanía de la realidad de esa buena gente que opinaba, algunos con mejor humor y educación que otros, pero sus respuestas me parecieron sinceras. Sánchez no había hecho nada mal, las críticas a su gestión o no existían o eran inventadas por los ricos (sic) y por los fachas, la corrupción nada tenía que ver con el PSOE que había acabado con ella, y casos como el de Begoña Gómez eran inventos para acabar con ese gran político. Varios aseguraron que vivían mejor gracias al Gobierno y desde luego, negaron que España tuviese una deuda que llegará a nuestros nietos y que hubiese más paro juvenil que en el resto de la UE. Tuve que seguir el vídeo varias veces para asimilarlo.

A Churchill se le deben algunas frases, inteligentes como suyas, sobre la democracia. La más conocida: «La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás». Me quedo, en el contexto del artículo, con otra frase no menos relevante y cierta: «El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio». Recordé las respuestas de los asistentes al mitin socialista. En lo que se basaban era falso y estaba demostrado que lo era, pero ellos se lo creían. La mentira se había abierto camino en sus cotidianidades y no se sentían capaces de diferenciarla de la verdad. Lo cierto es que a fuerza de mentir Sánchez y los suyos tendrán ya serias dudas de si lo que sueñan, imaginan y dicen es verdad. Creen sus verdades mentirosas tanto como que la economía española va como un cohete.

Jonathan Swift, el irlandés que llegó a deán de la catedral de San Patricio, en Dublín, y pasó a la historia literaria por sus obras satíricas, la más conocida «Los viajes de Gulliver», una crítica mordaz de la sociedad de su tiempo que ha acabado de lectura para niños, publicó en 1712 «El Arte de la mentira política», un ensayo satírico escrito con las dotes del observador minucioso y la intención de quien maneja un escalpelo para diseccionar a la sociedad, desde la misantropía, la desconfianza y el desprecio por el comportamiento humano. Borges escribió que Swift trató siempre de «desacreditar al género humano». Cito a mi admirado Borges y vuelvo a inolvidables cafés con él y María Kodama en el viejo Madrid lopesco y cervantino. Ese arte de la mentira política, como reflejo del Swift implacable desde sus complejos de infancia y adolescencia, podía haberse inspirado en nuestro tiempo en el ejemplo del nuevo Pinocho monclovita, no se sabe alzado sobre qué complejos o patologías.

Padecemos la normalización de la mentira como equipaje político, como materia natural de la que muchos políticos se valen no ya para manipular la verdad, también para disfrazar lo falso de auténtico con el respaldo de personajes desaprensivos, a los que no detienen el pudor, la profesionalidad, o el futuro. Cada cual quedará en el lugar que le corresponda. Pienso en los juristas que dieron por buena la condición constitucional de la Ley de Amnistía, en los letrados de las Cortes Generales que lo avalaron, en los diputados socialistas que no pocos votarían desoyendo a sus conciencias. Y, perdóneseme acaso una ingenuidad: quiero confiar en que un jurista con tanta veteranía como el presidente del Tribunal Constitucional no ensuciará su biografía, ya a la altura de los 74 años, con nuevas togas manchadas por el polvo del camino.

Al residente en Moncloa, entre fangos y mentiras, le recomiendo releer a Churchill del que siempre se aprende: «La democracia es la necesidad de inclinarse de cuando en cuando ante la opinión de los demás». Le gusta poco o nada, pero que pruebe. La opinión de los demás no le interesa. Acaso cree que no miente porque ha perdido la percepción del mentiroso, o cree que siempre está en posesión de la verdad. Pero eso sólo lo creen los tontos o los locos.

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