08 de febrero de 2023

TribunaJosep Maria Aguiló

Los barojianos

Para todos los barojianos, incluidos los miles que lo son también fuera de España, Baroja es no sólo un grandísimo escritor, sino también ese buen y noble amigo que siempre está ahí, que siempre nos acompaña

Uno de mis grandes amores literarios no es en realidad una persona sola, sino prácticamente una familia entera, la familia Baroja, si bien con una especial predilección por don Pío Baroja y también por su sobrino Julio Caro Baroja. Mi admiración por el autor de El árbol de la ciencia es tal, que es el único escritor del que tengo sus Obras Completas en mi pequeña biblioteca, en la edición de José-Carlos Mainer para Círculo de Lectores, que se publicó entre 1997 y 1999.
«Si se pudiera, se haría uno de la familia Baroja. De Serafín, el patriarca, al último, están bien todos. Divertidos y originales, con personalidades definidas. Ni presumidos ni apocados. Una mezcla de solitarios y conversadores, viajeros y estables», escribió recientemente el maestro Andrés Trapiello en un bellísimo artículo publicado en El Mundo. En caso de que algún día, de alguna forma, Trapiello pudiera hacer finalmente realidad ese deseo de ser un Baroja más, quizás podría interceder luego por mí, por la fraterna y afectuosa hermandad que suele haber casi siempre entre quienes somos barojianos, pues a mí también me gustaría poder formar parte de algún modo de la familia Baroja. Ahí queda dicho.
Para lanzar ya desde ahora mismo mi candidatura a ese anhelado ingreso familiar, puedo decir también que desde la adolescencia he sido siempre un barojiano irredento, algo que yo diría que no es poca cosa. En realidad, lo que quería decir inicialmente es que ser un barojiano irredento «no es moco de pavo», pero así como están hoy las cosas, no sé si alguien del Gobierno o de la oposición, o de alguna posible entidad proteccionista del pavo, me podría acabar quizás denunciando por decir o pensar algo así.
Soy barojiano no sólo porque considero a Pío Baroja uno de los más grandes escritores españoles de todos los tiempos y porque es una verdadera delicia leer sus novelas, sino también porque la mayor parte de los protagonistas de sus libros son, en cierta forma, un poco como somos o como nos gustaría ser a muchos de sus lectores: rebeldes, románticos, aventureros, filósofos a tiempo parcial y soñadores a tiempo completo.
Gracias a las personas que conocieron y trataron a este insigne representante de la Generación del 98, sus admiradores hemos ido descubriendo que la idiosincrasia de la mayoría de personajes de las novelas de Baroja contrastaba, paradójicamente, con el carácter del propio autor, esencialmente tímido, melancólico y solitario. De ahí que sus más fieles seguidores nos lo hayamos imaginado a menudo paseando entre las brumas y las nieblas de la casa familiar de Itzea, recorriendo el Parque del Buen Retiro en los días grises y otoñales de Madrid o haciendo tertulias con unos pocos amigos en una mesa camilla, al caer la tarde, con un pequeño brasero o junto a una chimenea.
Esa manera de imaginarnos a Baroja la hemos hecho a veces también extensiva a casi todos los miembros de su familia, aunque hasta ahora no hayamos tenido la suerte de llegar a conocer a ningún Baroja o a ningún Caro personalmente. En mi caso, mi conocimiento es sólo literario-biográfico, gracias sobre todo a Los Baroja, de Julio Caro Baroja. «Estas páginas –pensaba– interesarán, tal vez, en lo futuro, a un número pequeño de españoles que recuerden con simpatía ciertos ambientes y figuras de la primera mitad del siglo XX», escribió en 1971 el propio Caro Baroja en el prólogo de este excelente libro.
No sé si hoy aún se debe de leer a Baroja en los institutos, como se hacía en mis ya lejanos tiempos de estudiante, pero me gustaría que así fuera. Descubrir libros como por ejemplo La busca o Las inquietudes de Shanti Andía cuando somos aún adolescentes, es una de las mejores cosas que nos pueden suceder en esa época de nuestras vidas. «Cuando se lee un libro de Baroja, tenemos la sensación de que estamos andando y de que, en estas andanzas, la vida, intensa vida, nos circunda», escribió su gran amigo Azorín. Esa es exactamente la sensación que tuve la primera vez que leí a Baroja, una sensación que se fue consolidando con los años, conforme le fui leyendo más y más.
Como barojiano desde hace ya más de cuatro décadas, una de las mayores alegrías que he tenido como lector a lo largo de estos años ha sido ir descubriendo que la mayor parte de mis escritores, ensayistas o periodistas favoritos son también barojianos o admiradores del autor vasco en mayor o menor medida. Además de los ya citados Trapiello y Azorín, ahí están también José Ortega y Gasset, Josefina Carabias, Camilo José Cela, Manuel Alcántara, Víctor Márquez Reviriego, Juan Pedro Quiñonero, Soledad Puértolas, Fernando Savater, Luis Antonio de Villena, Manuel Hidalgo, Pedro García Cuartango o Antonio Muñoz Molina.
Algunos de mis amigos me han dicho en más de una ocasión que yo tengo algo de personaje barojiano, tanto por mi carácter y mi manera de ser como también por los avatares que han ido jalonando mi vida desde que era un adolescente. Nunca he llegado a saber si lo dicen como mera constatación, como tímido elogio o como suave crítica, pero para mí es un pequeño orgullo que de verdad piensen algo así.
Alguien dijo en cierta ocasión que en las novelas de Baroja empiezan a aparecer por vez primera como protagonistas las personas más olvidadas, las más desarraigadas, las más humildes, que en su caso eran tratadas siempre con gran compasión, ternura y respeto. Esa manera de entender y de valorar la vida, de intentar comprender sin juzgar y de no dejarse llevar casi nunca por apasionamientos excesivos, es muy barojiana. Quienes amamos a Baroja, solemos entender y valorar la vida también así.
Para todos los barojianos, incluidos los miles que lo son también fuera de España, Baroja es no sólo un grandísimo escritor, sino también ese buen y noble amigo –o futuro familiar– que siempre está ahí, que siempre nos acompaña.
  • Josep María Aguiló es periodista
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