07 de octubre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La mala idea de aparcar a Dios

Cuando se olvida toda dimensión trascendente del ser humano se acaba convirtiendo en fe el veganismo, o el progresismo, o la obsesión por el físico… pero no sirven ante la cita final

La gran epopeya de Elvis Aaron Presley a finales de los años cincuenta continúa interesando, porque constituye un hito cultural y sociológico del siglo XX. Además, las cartas de cuna del protagonista eran pésimas. A priori, sus posibilidades de convertirse en un mito universal resultaban nulas, lo que aporta a su aventura un cierto aire mesiánico, como tan bien han reflejado los excepcionales libros de Greil Marcus. Fruto de esa perenne fascinación, cada año siguen estrenándose películas y documentales sobre «El Rey». En uno de ellos, que puede encontrarse estos días en las plataformas, se viaja a sus raíces sureñas. Todavía hoy son tierras de pobreza. Allí puede verse la casa natal del cantante, en Tupelo (Mississippi). Aunque está señalizada, cuidada y bien pintada, no puede esconder su modestia. Elvis nació y vivió hasta los trece años en una casucha de tablas de dos habitaciones, una chabola. Él y sus padres no vivían mejor que sus machacados vecinos negros. La familia recibía ayuda del Estado para subsistir y todo empeoró cuando su padre, Vernon, pasó una temporada en trabajos forzados en una dura penitenciaría por haber tratado de colar un cheque falso.
Realmente aquella gente no tenía nada. O tal vez sí. Contaban con tres fabulosas agarraderas: la iglesia, la música y la familia. La fe en Dios aportaba un sentido a sus vidas y un sentimiento de comunidad. La música les daba alegría, y también proporcionaba una válvula de escape para expresar el sufrimiento. Hay quien cree, y lo comparto, que al final existe algún tipo de relación entre la música, las matemáticas y Dios. En cuanto a la institución de la familia, por entonces simplemente era como respirar, el núcleo natural que lo sostenía todo.
A Elvis, el dios mundano de los golpes de cadera sensuales y la voz mágica, la iglesia de su infancia se le metió muy dentro. Nada le gustaba más que cantar las tonadas espirituales que había aprendido de niño en el templo. Como toda la gente rural de su generación, sentía a Dios como una presencia próxima, evidente. Cuando el éxito, primero, y más tarde las drogas con receta médica lo devoraron, su consuelo era cantar sus himnos góspel en la soledad de las madrugadas de Graceland y los hoteles de las giras.
Pero unas décadas más tarde, el mundo tuvo la mala idea de aparcar lo trascendente. «Dios ha muerto», afirma la conocidísima cita de Nietzsche, que también se asocia a veces a Dostoyevsky y Hegel. Entonces se sembró un gran problema. Tras perpetrar el acto de suprema soberbia de eliminar a Dios de la ecuación de nuestras vidas, el mundo no ha encontrado nada mejor. Al darle la espalda, lo que ha quedado es un vacío engorroso, enorme, insatisfactorio, que trata de rellenarse convirtiendo algunas fijaciones contemporáneas en un sucedáneo de la religión. Sin Dios, que para los creyentes es perdón, amor, salvación y esperanza, algunos abrazan como si fuese una fe el ecologismo, o el veganismo, o la causa LGTBI… o, en general, esa panoplia llamada «progresismo», que condensa el intento de construir una religión sin Dios. El gran YO egoísta se convierte en la medida de todas las cosas, aunque paradójicamente los progresistas dejan la liberación individual en manos del Estado, convirtiéndose así en siervos cuando más libres se creen. Ya lo vio a finales del XVIII, con su agudísima mente, el gran liberal francés Benjamin Constant de Rebecque: «Quieren que el individuo sea esclavo para que el pueblo sea libre». Su reproche se ajusta como un guante a lo que hoy soportamos en España. Constant detestaba a esos mandatarios que se proponen hacernos más felices legislando sobre nuestra privacidad y hurgando en ella: «Rogamos a la autoridad que se mantenga en sus límites, que se limite a ser justa. Nosotros nos encargaremos de ser felices».
La seudo religión «progresista», con todas sus variantes, cada cual más falsamente moderna, presenta un problema que la deja desnuda y la hace papilla. Y es que no tiene nada que decir ante el gran telón final al que todos llegaremos: la muerte, cuya hora desconocemos. La «perspectiva de género», la «resiliencia» pedante, las obsesiones estéticas, el rencor social, la furia guerracivilista con retrovisor, la visión histérica del sexo… todo eso se convierte en paparruchas cuando al ser humano le toca jugar la partida final con la parca, como aquel caballero de El Séptimo Sello de Bergman, que se medía con la muerte ante un tablero de ajedrez. Cuando se agota nuestro tiempo, todos tropezamos de bruces con algo que el hombre intuyó desde el origen de sus días y que hoy ya no quiere ver: sin Dios no somos nada, solo polvo en el viento, juguetes sin historia ni huella. Elvis lo proclamaba cantando a solas en la madrugada. Bach con sus catedrales corales. Nosotros como buenamente podemos… Pero creo que es así.
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